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La chapuza internacional

La permisividad con Hamilton, que adelantó al coche de seguridad, arruina la carrera de Alonso, octavo tras el incidente. El español aspiraba a podio, en una carrera que gana Vettel, flanqueado por los dos McLaren

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Al paso que va, la única regla seria de la F1 será la que limita el tiempo de cada carrera. Pase lo que pase, dos horas, ni un minuto más. Si acaban antes, bien. Si no, se corta y a otra cosa. El resto de leyes que rigen un gran premio varían cada semana, son regateadas por algunos, conculcadas por otros y, lo más grave, se aplican, si acaso, según el voluble criterio de Charlie Whiting, director de carrera. Una nefasta decisión suya allanó el triunfo a Vettel, regaló el segundo puesto a Hamilton y, sobre todo, arruinó la carrera de los dos Ferrari.

El esperpento nace de un escalofrío, el que recorrió a todos los presentes cuando Webber, acelerado tras una pésima salida, embistió por detrás a Kovalainen en su desesperado intento por adelantar posiciones. El Red Bull del australiano despegó, literalmente, dio una vuelta de campana en el aire y aterrizó con violencia y boca abajo. El golpe hizo rebotar al coche que, destrozado, volvió a su posición original y, sin control, se deslizó hasta impactar con el muro de neumáticos. Milagrosamente, los dos pilotos implicados no sufrieron daños, pero la pista quedó sembrada de piezas rotas.

El coche de seguridad se hacía imprescindible. Pero tardó más de la cuenta en salir, lo hizo después del paso de Vettel, líder destacado, y justo cuando Hamilton, segundo, circulaba por la recta. El inglés lo vio y, lejos de frenar y dejarle pasar como ordena el reglamento, siguió a su infernal ritmo y, fruto de la diferencia de potencia entre ambas máquinas, le sobrepasó como una exhalación antes de que entrase en pista, mientras aún circulaba por el carril de aceleración.

Alonso, que llevaba varias vueltas enseñándole el alerón delantero a su ex compañero inglés, y Massa, que seguía al español, sí frenaron tras el safety car. Y ahí terminó su aventura en Valencia.

Cuando después de una vuelta tras el coche de seguridad entraron a cambiar neumáticos, media parrilla se les había adelantado. De golpe y porrazo, el español pasó de luchar por el podio, incluso por la victoria, al undécimo puesto. Y Massa se hundió hasta la decimoquinta posición. Alonso esperó una reacción desde el muro, pero Ferrari sufre preocupantes ataques de inopia impropios de su prestigio, así que fue el asturiano el que, a la vez que buscaba a todo trapo la remontada, les tuvo que sugerir por radio que hablaran con Whiting y le preguntaran por la maniobra de Hamilton.

Pese a que la F1 tiene una cámara en cada esquina del trazado, en cada ángulo de los coches, el director de carrera tardó doce vueltas, unos diecisiete minutos, en abrir la pertinente investigación. Al inglés de McLaren ya le había dado tiempo a poner tierra por medio, a fabricarse un colchón de tiempo que aún engordó mientras conoció la sanción, tres vueltas más, y la cumplió, cuatro giros más tarde. Es decir, entre la infracción y la ejecución de la sentencia, un paso por el pitlane, pasó un escandaloso período cercano a la media hora.

Hamilton enfiló hacia los garajes, cruzó pegado al muro y, tan pancho, salió de nuevo a pista en la misma posición y con una cómoda e insultante soledad por delante y por detrás. Oculta bajo el casco, la sonrisa de Lewis al otear el horizonte despejado -en la carrera de ayer y en el Mundial- tuvo que ser esplendorosa.

Whiting, sabedor del escándalo que anidaba en los boxes, se sacó otro sibilino as de la manga. Anunció otra de sus interminables investigaciones, esta vez referida al comportamiento de nueve pilotos durante la polémica salida del coche de seguridad. Todos ellos rodaron más rápido del tiempo mínimo establecido por el famoso reglamento. Los comisarios estuvieron reunidos más de dos horas y, cuando les pareció, dictaron para ellos cinco segundos de sanción. Alonso ganó un puesto a costa de Buemi y acabó octavo; De la Rosa perdió dos, su único punto y descendió hasta la 12ª; y Alguersuari subió un par de escalones para acabar 13º.

La frenética actividad en los despachos eclipsó la innegable mejoría de Ferrari. Red Bull aún parece inalcanzable, pero durante las diez vueltas de carrera normal Alonso, escoltado por Massa, tuteó al McLaren de Hamilton e incluso se disponía a presentar la batalla que ansiaba la grada. Pero Webber voló y con el Red Bull del australiano también se hizo añicos las escasa credibilidad que arrastra desde hace años la reglamentación de la F1. Un deporte tan universal exige una urgente revisión.