Publicado: 30.09.2016 08:17 |Actualizado: 30.09.2016 08:17

Los niños del renacido español

Juanjo Méndez sufrió un brutal accidente y perdió un brazo y una pierna. Le dieron por muerto pero logró salir adelante para convertirse en una estrella paralímpica. Después, con su amigo de toda la vida, montó una escuela inclusiva de ciclismo y un equipo para ayudar a niños con diversas discapacidades a integrarse

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Juanjo Méndez (d), junto a dos de los niños de la escuela. PAOLO MARTELLI

Juanjo Méndez (d), junto a dos de los niños de la escuela. PAOLO MARTELLI

MADRID.- ¿Qué motiva a un “despojo humano” para perder el miedo y decenas de kilos y subirse sobre dos ruedas tras un accidente brutal? ¿Y a un joven a complicarse una vida sencilla para arrimar sus dos hombros, la espalda y buena parte de su cuerpo para sacar a su amigo de toda la vida del mayor atolladero en el que nunca se vio? ¿Qué lleva a un transportista de cuarenta y dos años a recorrer en bicicleta, cuando acaba su jornada laboral, los cerca de treinta kilómetros que separan Mollet del Vallès del norte de Barcelona?

La respuesta a las tres preguntas es una historia de superación, vinculadas todas por un proyecto cuyos destinatarios son por sí solos una epopeya de resiliencia pese a su corta edad.



El origen

En agosto de 1992 empezó todo. Mientras toda España estaba en cuerpo y espíritu en los Juegos Olímpicos de Barcelona, Juanjo Méndez circulaba con su hermano en moto, perdía el sentido y el control del vehículo y se estrellaba frontalmente contra un coche. La Guardia Civil, presente en el lugar, se disponía a llevarse a su hermano tras haber dado ya por muerto a Juanjo, que yacía cubierto con una manta. Pero se revolvió, se sacudió la muerte de encima y se lo llevaron al Hospital Taulí de Sabadell. Le hicieron un transfusión de cuarenta y ocho litros de sangre y le cortaron la pierna sin siquiera hacerle un muñón porque pensaban que no sobreviviría. El brazo izquierdo ya lo había perdido en el instante del accidente. “El médico le dijo a mi mujer y a mi hermana que era un despojo y que no sabían por dónde cogerme”, cuenta.

Volvió a nacer, sí. Pero, ¿cómo tira para delante una persona que se enfrenta a un trauma así? ¿Cómo supera sus temores propios y los ajenos? “Lo principal fue que no hice daño a nadie ni vi sufrir a mi familia. Un día me dije que tenía que salir adelante, pero no sabía cómo empezar”. En esa tesitura, su amigo Bernat le dio la respuesta: “Bueno, pues vamos a hacer lo que hemos hecho toda la vida: ir en bici”.

“El médico le dijo a mi mujer y a mi hermana que era un despojo y que no sabían por dónde cogerme”

Bernat Moreno conoce a Juanjo literalmente de toda la vida. Sólo se llevan cinco años. De niño, le gustaba salir a la calle para dar vueltas con la bicicleta. “Pero mis padres no me dejaban ir solo, así que él me acompañaba para que me permitieran salir”, rememora. “Llevamos juntos desde siempre”.

Por aquel verano de 1992, Bernat trabajaba como técnico en actividades acuáticas, enseñaba a nadar a bebés. Había seguido corriendo con la bicicleta, aunque como aficionado. El choque de Juanjo y su milagrosa supervivencia lo cambió todo. Dejó de montar y concibió un plan para que su amigo bajara de esos cien kilos con los que no se podía ni mover de la silla. Todo pasó por las dos ruedas. “Nunca pensamos en volver en serio a la bici, pero como engordó mucho…”. Comenzó a compatibilizar su trabajo con sus entrenamientos con Juanjo. Y, además, empezó a prepararse en serio. Estudió para ser entrenador de ciclismo y de alto rendimiento para personas con discapacidad.

Bernat Moreno, junto a uno de los niños de la escuela. PAOLO MARTELLI

Bernat Moreno, junto a uno de los niños de la escuela. PAOLO MARTELLI

El estrellato paralímpico

En la habitación del hospital en el que lloraba sus penas tras perder el brazo y la pierna izquierdas vio por primera vez unos Juegos Paralímpicos. “Aquello me hizo creer”, confiesa. Pero el camino no sería fácil. Perder los cien kilos que pesaba para poder montar costó mucho sacrificio y perseverancia. Cientos de horas de entrenamiento a las órdenes de Bernat. Cinco años después logró su primera victoria. No oficial. No había de por medio ninguna medalla colgada en su cuello. Un triunfo moral. Corrió el Campeonato de España y el Mundial y el resultado era lo de menos. “Me dieron una paliza, pero me vino bien. Me picó para competir”.

Otro lustro habría de pasar para sus primeros Juegos. Fue en Atenas, en 2004, donde se colgó una plata en persecución y comenzó así una carrera espectacular gracias a un tesón casi inigualable fuera del mundo paralímpico.

Llegarían después varias preseas en Mundiales y Europeos, y otros dos metales en la cita de Pekín de 2008. Decenas de medallas brillan en su casa, lo que le convierten en uno de los deportistas españoles más galardonados.

La escuela

Pero no es ese el logro del que más presume. Sí, la prensa le entrevista por su historia de superación para llegar a ser el deportista paralímpico que ha sido después de que le dieran por muerto. Pero lo que llena su día a día, fuera de esos pequeños, a veces diminutos, focos mediáticos, son varias decenas de pequeñas personas en un velódromo del norte de Barcelona.

Tras el brutal suceso de 1992, Juanjo y Bernat tomaron dos decisiones muy personales: volver a correr y ayudar a la gente en su situación. “No queríamos que les pasara lo que a mí, que no sabíamos ni cómo hacer las cosas”. Esa fue el germen de la única escuela inclusiva de ciclismo en España, según defienden.

Comenzaron en 2002 con lo justo gracias al boca a boca. Padres y amigos de estos paraban a Juanjo por la calle para preguntarle por la iniciativa y así fue como llegó Manel. Con seis años, parálisis cerebral y un autismo profundo, fue el primero de muchos niños. Ahora, han conseguido que monte en bici. Y que se ponga el casco. “Nunca se lo ponía y gracias a esto conseguimos que lo hiciera con toda normalidad para viajar con su madre”, explica Bernat, de cuarenta y siete años.

"Los padres me preguntan: '¿Podrá mi hijo hacerlo?'. Y yo les digo: 'Joé, si lo hago yo, que sólo tengo un brazo y una pierna, ¡cómo no va a hacerlo tu hijo!'”

La progresiva ascensión en la carrera de Juanjo, acompañada de medallas, les abrieron muchas puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas aunque las tocaran. Fueron consiguiendo espónsors, subvenciones del Ayuntamiento de Barcelona y el apoyo de dos importantes organismos: la Fundación Cruyff y la de BH. Así hasta que hace cinco años se constituyeron también como equipo ciclista. El Génesis.

Hoy son cerca de cuarenta chavales, de los cuales una docena tiene algún tipo de discapacidad mental o física. Suelen entrar contando cuatro o cinco años y les enseñan a montar sobre las dos ruedas, como cualquier niño de su edad. Como cualquier niño de su edad, tienen miedo de no saber o de caerse. También sus padres. “Cuando vienen los padres, no se lo creen. Me preguntan: ¿Podrá mi hijo hacerlo?. Y yo les digo: Joé, si lo hago yo, que sólo tengo un brazo y una pierna, ¡cómo no va a hacerlo tu hijo!”, relata Juanjo.

Un momento de una clase de la escuela. PAOLO MARTELLI

Un momento de una clase de la escuela. PAOLO MARTELLI

Con los discapacitados tienen clases de diferentes grados en las que aprenden a montar, primero, y después realizan ejercicios de coordinación básica, como subir, bajarse, arrancar o frenar. El tiempo que tarden en lograrlo depende sólo de ellos mismos. Los que tienen minusvalías físicas lo consiguen habitualmente en dos sesiones. Quienes tienen discapacidad intelectual pueden llegar a tardar seis meses.

Uno de ellos es Nuria, que tiene doce años y una discapacidad intelectual no severa. Su madre, Montse, la apuntó a la escuela –cuya cuota es de 250 euros anuales- hace cuatro, cuando el club de Juanjo y Bernat organizaron en su colegio un proyecto para aprender a montar en bici. “Como nos quedaba cerca de casa, entramos”, explica Montse. La primera media temporada, Nuria tenía un acompañante en la escuela. Pero ahora ya no lo necesita.

En el velódromo de Horta, donde los chavales acuden dos días a la semana durante dos horas, Nuria y el resto de niños discapacitados son uno más. Cuando aprenden, se mezclan con la treintena de jóvenes de su edad. “Cuando juega, juega como los demás, y cuando se cae, se cae como los demás. Y se caen mucho, aunque llevan casco”, añade, feliz, la madre.

“Cuando juega, Nuria juega como los demás, y cuando se cae, se cae como los demás"

Han conseguido también, después de mucha insistencia, un circuito adaptado de BMX al lado del velódromo. Imagínense a los niños a los que les falta alguna pierna o algún brazo ahí. “Tú los ves en medio del grupo saltando y ni te das cuenta de que no tienen. Y eso es lo bonito”, afirma Juanjo, que ahora cuenta cincuenta y dos años.

Nada sería posible sin la ayuda gratuita que prestan los cuatro monitores y familiares ocasionales. Ninguno cobra; sólo les compensan por los desplazamientos. Como el que realiza cada semana desde hace cuatro años Juan de Dios, que recorre con su bici los cerca de treinta kilómetros que hay de su domicilio en Cornellà hasta Mollet del Vallès, donde se emplea como transportista. Cuando finaliza su jornada, vuelve a subirse sobre las dos ruedas y hace otra treintena de kilómetros hasta el velódromo de Horta.

Juande, como le conocen, comenzó a montar con seis años, fue ciclista amateur hasta 2002 y un año profesional. Entonces lo dejó. “Lo más importante es que jueguen, que se lo pasen bien. Es sorprendente lo que pueden hacer, como cualquier crío normal. Para mí no es ningún esfuerzo. Cuando los ves progresar, es muy gratificante, un orgullo”.

La nueva temporada del insólito Génesis comienza la semana que viene y hay días en los que Juanjo aún ni se lo cree: “Lo que Bernat y yo hicimos es un logro. Es mejor que muchas medallas de las que he ganado. ¡Y mira que he ganado! Poder ayudar a un niño y ver su cara de satisfacción no se paga con dinero”.

Varios niños y monitores, en la escuela. PAOLO MARTELLI

Varios niños y monitores, en la escuela. PAOLO MARTELLI