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Cid, una veterana en el reino de los adolescentes

Ante sus cuartos Juegos, la gimnasta española explica los motivos de la precocidad en deportes técnicos como el suyo 

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Almudena Cid tiene 28 años, una prolongada y exitosa carrera a sus espaldas y un futuro deportivo cada vez más corto. A su edad, Cid es la gimnasta más veterana de estos Juegos, un extraño caso de longevidad en un deporte, la rítmica, en el que las niñas suelen iniciarse alrededor de los diez años y jubilarse apenas superada la veintena. 'En nada, me retiro. Todo el mundo se pregunta cómo he llegado hasta aquí', dice la mejor gimnasta española de la historia. 'Pero a mí, me parece algo normal', prosigue; 'si sigo aquí, es porque hago lo que me gusta, nunca me he sentido maltratada ni explotada y mi cuerpo aún resiste'.

Su caso, dice, debe servir de ejemplo para los que consideran una irresponsabilidad rayana en la explotación que niños como Tom Daley, olímpico y campeón de Europa de trampolín con 14 años, o las clavadistas chinas Chen Ruolin y Wang Xin, campeonas olímpicas con 15 y 16 años respectivamente, compitan profesionalmente con gente que les dobla la edad.

'El caso de las chinas puede ser diferente, como lo es todo en el país, pero no creo que nadie obligue a Daley a hacer lo que hace', comenta Cid. 'Hay deportes como el mío, que requieren que empieces de niño. No todo el mundo está preparado para la élite: ahí se ve quién vale y quién no. Hacerlo más tarde, sería perjudicial', apunta la veterana gimnasta, antes de desgranar los motivos.

'A determinadas edades', explica, 'el cuerpo ya no puede adaptarse a las necesidades del deporte. Y, además, para hacerse un nombre internacionalmente y que los jueces y los rivales te conozcan y te respeten, necesitas tiempo'. 'Yo he visto frustrarse la carrera de muchas gimnastas con la tipología perfecta porque, por los motivos que sea, no las han integrado a tiempo en un grupo de alto rendimiento y se les ha pasado el arroz. Su cuerpo ya no servía para competir en la élite', añade Cid.

El de Cid, esa figura estilizada con la suficiente grasa como para que su metabolismo no haya sufrido ninguna alteración, empezó a adoptar posturas imposibles a los siete años, cuando la gimnasia rítmica se convirtió en una actividad extraescolar más. A los 11, la vitoriana ingresó en un club convencida de que ése era el deporte que quería practicar, como su hermano mayor jugaba al fútbol y el pequeño, a baloncesto. 'Yo creía que mi deporte era como los otros', afirma Cid que, a los 13 años, afrontaba ya sus primeras competiciones internacionales con la selección y a los 15, su debut en un Mundial. 'Y nunca pensé que mis padres fueran unos irresponsables por dejarme practicarlo', asegura. 'Al contrario, siempre se han preocupado por mí y tener su apoyo ha sido fundamental'.

Quizá porque, de entre todos los sacrificios que le ha implicado mantenerse tantos años en la élite, no crecer junto a su familia -abandonó la casa de sus padres en Vitoria a los 14- es el que más le ha costado.

'Ver crecer a trompicones a mis hermanos, descubrir que, de repente, les había cambiado la voz, o estar pensando en si mis padres estarían bien es lo que me ha hecho estar más triste', admite la gimnasta española, finalista en los Juegos de Atlanta, Sydney y Atenas. 'Pero, al final, ver lo orgullosos que todos se sienten de mí hace que lo positivo pese más que todas las renuncias', prosigue.

No es el único motivo. Cid asegura que ingresar tan niña en la élite le ha servido para incorporar naturalmente la disciplina en su vida -'Yo lo veo por mis compañeras: los jóvenes de ahora vienen muy rebeldes y cuestionan demasiadas cosas a los entrenadores', se sorprende-, conocerse mejor a sí misma y crecer como persona. 'Me ha dado armas para ser muy fuerte, más optimista y madurar antes', señala Cid. 'Además, tengo la ventaja de que ahora disfruto de cosas de las que la gente de mi edad ya no disfruta', añade la vitoriana, que buscará su cuarta final olímpica consecutiva a partir del día 21. Acaba la conversación y solo con su toalla, en la Villa, aparece Tom Daley. El crío se proclama feliz.