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El ejemplo de una mujer al límite

Esther Guerrero vive sola en su pueblo, trabaja también los fines de semana y aun así lidera el ranking mundial de su prueba de 800 metros. "Podría vivir en un centro de alto rendimiento y no poner ni una lavadora, pero prefiero hacerlo yo".

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Esther Guerrero

"En medio de la lucha no te puedes hacer pequeña". También hay mujeres como ella, Esther Guerrero (Bañolas, 1990), que mañana martes cumple 27 años.

Silencio, brisa y cordura destinada a demostrar que por todos los caminos se puede llegar a Roma. "La idea es intentarlo, sí",  acompaña a su pasión de atleta con la que logró enamorar al mundo en los Juegos de Río de Janeiro.

Entonces su derrota, que se resistió hasta los segundos finales, fue como las que se narran en el cine. Un golpe de mujer que ella misma aún no concibe "la importancia mediática que se le dio" y que aterrizó en su vida sin avisar. "Gente, que no me conocía de nada, empezó a interesarse por mí". Aunque ella se quedó con una lectura más práctica y menos emotiva, la de su entrenador. "Le llamé y no estaba contento. Me dijo que me había cansado demasiado pronto. Me recordó que me había equivocado".

Esther Guerrero en una de sus pruebas

Pero esta vez ya no es la nostalgia de ayer sino la realidad de hoy la que ha devuelto a Esther Guerrero al primer plano.

La semana pasada establecía en Boston en pista cubierta la mejor marca mundial del año en 800 metros

La semana pasada establecía en Boston en pista cubierta la mejor marca mundial del año en 800 metros, 2'01"72. Un hito que  invita a pensar en ella y a volver a su vida, a la clase media, a su piso de soltera en Bañolas, en Girona, donde sigue sin cambiar nada y eso, que los demás llamamos humildad, ella lo llama "realismo". De ahí que el éxito no cambie las cosas de sitio.

"Claro que podría ser mileurista", dice y deja la duda de si ella lo es a la vez que es capaz de liderar hoy un ranking mundial. Se dice y no se cree en Bañolas, donde sus silencios ponen paz a su instinto que ya tiene 27 años de antigüedad: "En medio de la lucha no te puedes hacer pequeña". Valiente manera de resumir su lucha con el reloj.

"Claro que me lo dejo todo en la pista y claro que he cogido pájaras entrenando. Pero, en general, tolero bien el ácido láctico. Supongo que he entrenado a mi cuerpo para eso desde los siete años. Al final, la vida es costumbre, entrenamiento".

En su atletismo no se distingue entre hombres y mujeres ni se reivindica esa palabra, feminismo, "que no uso ni mucho ni poco, si acaso lo justo, tal vez porque no he sentido apenas esa necesidad de hacerlo". Quizá sólo sea el retrato de una mujer que no abusa de su imaginación y que prefiere atacar a la élite mundial desde su pueblo en el que no hay ni siquiera pista de atletismo.

"La más próxima, efectivamente, queda en Olot, a 35 kilometros de distancia". Sólo va en contadas ocasiones, "y cuando mi entrenador dice que no queda más remedio que ponerse los tacos", pero ni siquiera eso le impide liderar hoy el ranking mundial de los 800 metros.

"Podría vivir en un centro de alto rendimiento en Madrid o en Barcelona. Pero entonces sería diferente. No sería la vida que quiero".

"Podría vivir, efectivamente, en un centro de alto rendimiento en Madrid o en Barcelona. Pero entonces sería diferente. No sería la vida que quiero".

Hoy, no se sabe si esto es un alegato al romanticismo. "Nadie me pone una pistola en el pecho para vivir en mi pueblo. Soy yo. Por lo tanto, no tengo ningún mérito especial, sólo la posibilidad de compaginar mi vida de atleta con mi trabajo. Es más, yo nunca llegué al atletismo pensando en ganar dinero. De ahí que siga viendo este deporte como una forma de divertirme. Tendré mis nervios y tendré mis dudas, pero creo que sé controlarlas".

La realidad es que hoy ya ha llegado lejos. "O no", replica ella. "Nadie puede asegurar que vaya a ganar la siguiente carrera. Por eso me niego a ver el atletismo como una obligación. La obligación está en la seguridad y esa es la que me da mi trabajo", agrega Esther Guerrero, cuya vida laboral es imprescindible.

"Soy coordinadora del club de atletismo en la escuela municipal de mi pueblo. Llevo toda la parte administrativa y, efectivamente, trabajar cansa; cansa, incluso, más que entrenar. Pero eso es lo que hay y la fortuna de que lo haya. Todos hemos nacido para trabajar y solo unos pocos para ser campeones olímpicos".De ahí que la diversión sea la de intentarlo y hasta la posibilidad de reconocer un momento como éste, a los 27 años, en el que Esther acepta que tal vez pueda aspirar a grandes cosas.

La pista se lo ha demostrado y, si no es ahora, tal vez ya no sea nunca. "He decidido reducir la jornada laboral a 30 horas semanales no para entrenar más, sino para descansar más y he tenido la suerte de que me han permitido esa conciliación".

El alto rendimiento es exigente como una familia. "No se puede tener todo. No se tiene tiempo para todo. Al menos, yo, con esta vida, trabajando incluso fines de semana, he tenido que reducir mucho mi entorno social". De lo contrario, no se puede viajar a Boston y ser la mejor entre las mejores del mundo. "Yo antes entrenaba a niños desde los seis hasta los 18 años. Tenía su estrés, su paciencia. Sí, claro. Había muchos días en los que podía empezar mi entrenamiento a las diez de la noche y no había problema porque lo hacía. Siempre he seguido a rajatabla lo que me pedía mi entrenador. Pero entiendo que si a las diez de la noche ya puedo estar descansando, en vez de empezar a correr, mis resultados pueden mejorar".

Esther Guerrero es la coordinadora del club de atletismo en la escuela municipal de su pueblo

Esther es un caso interesante. Una mujer que vive en un pueblo, "aunque Bañolas tiene 20.000 habitantes", que se desplaza en bicicleta a trabajar desde la que lo tiene controlado. "Tardo ocho minutos justos". Calidad de vida desde la que también se atreve a igualar sueños. "No lo sé", replica ella.

"Me muevo en un mundo que también es como una caja de sorpresas. Sin ir más lejos, en esta última carrera en Boston. Resulta que acababa de salir de una gripe con anginas que me tuvo diez días con antibióticos en enero. Resulta que planeé el viaje con una semana, casi en el último minuto, y voy, y a la primera, hago la carrera que no me salió en todo el año pasado. No se puede ni explicar".

En realidad, el atletismo es un reflejo de las inseguridades de la vida. "Por eso prefiero vivir cada momento. Es mejor así. Si tengo que entrenar, entreno. Y, si hace falta, entreno a muerte. Pero si hay que desconectar también sé hacerlo. No puedo renunciar a esos momentos". De ahí la paz que marca su vida.

"Sí, ya sé que podría vivir en un centro de alto rendimiento donde me lo darían todo hecho. No tendría que poner una lavadora ni pisar un supermercado ni hacer yo misma la casa. Pero a mí no me molesta tener que hacer esas cosas. Quizás porque al final también me ayudan a desconectar. Al fin y al cabo, cuando voy a la compra, como cuando entreno a niños, no pienso en mí. Vivo otra vida que no tiene relación con la atleta y que también es interesante. No puedes estar todo el día pensando en tí. No sería vida. Al menos, la vida que yo pretendo. Prefiero compartirla".