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Épica como maquillaje

La igualada del Madrid tras ir perdiendo 1-3 tranquiliza a un Bernabéu que empezaba a corear "Calderón dimisión". El equipo de Schuster exhibió su debilidad defensiva terminal  

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La crisis cala al Madrid. Como la misma manta de lluvia que cayó sobre el Bernabéu. Se ha colado en todas las esquinas del club. Al único sitio que no alcanza es a la mística. A esos impulsos épicos que le han marcado su historia. Este domingo se fue el equipo de Schuster al descanso con la cabeza gacha (1-3.) Retumbaba el 'Calderón dimisión' y la grada ya la había tomado con Guti, que es la señal inequívoca de que el equipo está con la caraja.

La noche pintaba para una algarada que apuntaba a todos los estamentos. Sin embargo, se produjo una de esas descargas de electricidad que encienden a la hinchada y al equipo. Un penalti no señalado a Higuaín encabritó al argentino. Su siguiente jugada fue un arranque en el medio del campo y un derechazo cruzado raso que superó a Palop. Ya estaba la mecha encendida. Sólo un gol de distancia y el es posible flotando en el ambiente.

Y en esas el Bernabéu y el Madrid son ingobernables. Se crea una atmósfera cargante para el contrario, que se acongoja. Hay muy pocos equipos que no la hayan sufrido en sus carnes. De repente, todo el orden del Sevilla eran temores. Acrecentados cuando Gago empató el partido con un cabezazo certero. El mediocentro se ha convertido en el líder espiritual y táctico de este Madrid desorientado. Si no fuera por Gago, por los kilómetros que recorre para subsanar los despropósitos del equipo con el balón, el caos sería aún mayor.

Con el partido empatado, Robben se buscó una expulsión incomprensible y muy dañina, porque dejó toda la banda para Capel. El Sevilla empezó a rehacerse por ese costado y el Madrid a exponerse al tiro de gracia en una contra. Aun así, siguió mirando el partido con ambición. Higuaín estrelló un balón en el larguero que pudo ser la apoteosis. Otra noche mágica. No entró y llegó lo que más se temía la hinchada. Kanouté hizo una maniobra perfecta para que Renato desenchufara el voltaje que arropaba al encuentro. Se estaba desnudando el Madrid demasiado y al no concretar por completo la remontada acabó vencido.

Hasta ese arranque tan del Madrid, el equipo de Schuster había enseñado todos los males que le afectan. La plantilla tiene una debilidad terminal, probablemente por la crisis que envuelve a la entidad. A la primera que Navas intentó irse de Marcelo lo logró. Su centro pasado lo midió mal Casillas. En el segundo palo estaba Adriano tapado por los defensas del Madrid, pero ninguno logró impedir el remate.

Iban tres minutos y la noche apuntaba a una Vicalvarada. Raúl fue que cortó la primera hemorragia. Un cabezazo certero, adelantándose a la defensa tranquilizaba al personal. Por poco tiempo. Al poco de nuevo esa fragilidad crónica apareció. Marcelo no estaba para frenar a Navas y Cannavaro tuvo que hacerle la falta de los centrales que ya no responden a la velocidad del contrario. El menudo extremo le aceleró y el italiano le puso la cadera impotente. La tenía preparada la obstrucción porque intuyó que a la carrera otra vez le iban a sacar los colores. La falta sacó Navas y Romaric partió por dos la defensa posicional de los madridistas en la falta. Los arrolló y enganchó un cabezazo picado.

Sólo habían transcurrido tres minutos desde el empate de Raúl y el Madrid ya estaba otra vez a remolque. El volcán pareció que empezaba a humear con el tercer gol del Sevilla. Su afición jaleaba cada toque. Corría el Madrid de lado a lado persiguiendo la pelota. Hasta que fue a parar al centro del área. Allí la recibió solo Kanouté, que le buscó el contrapié a Casillas.

Fue el momento en el que el estadio ya no aguantó más y pidió la dimisión del presidente. Tendrá que estar agradecido Calderón a la reacción del equipo y a la historia legendaria que envuelve al Madrid porque al final del partido los gritos no se repitieron. El Madrid perdió, pero la épica amansó a la grada. Otra cosa es la realidad. A nueve puntos del Barça y el Camp Nou hambriento.