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La épica también es roja

España conquista el título en la prórroga tras remontar por dos veces a la República Checa. Nunca un país había logrado el cetro continental sub-21 y sub-19 en el mismo año

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La épica también forma parte del gen ganador que alumbra la hegemonía que ostenta el fútbol español. Los sub-19 que conquistaron ayer el Europeo firmaron un ejercicio en el que el toque dejó paso al empeño y al juego más emocional. Mas allá del estilo, fue una victoria en la que se reconoce el sentimiento de indestructibilidad que empapa a La Roja desde los juveniles a los mayores.

Por dos veces se vieron los jugadores de Ginés Meléndez por detrás en el marcador, se fueron a una prórroga con un equipo físicamente superior y aun así se metieron en la historia y agrandaron la de la selección. Nunca un país había conquistado en el mismo año el cetro continental sub-21 y sub-19. Alcácer, el cazagoles del Valencia, fue el futbolista que propició la remontada con dos goles que le definen su yo. Dos controles orientados y dos remates certeros. Con la presión de la derrota en el cogote, al chico no se le achicó la portería cuando le llegó la hora de justificar su fama de certero depredador del área. Su doblete resolvió un partido que no discurrió por los caminos en los que España se mira el ombligo y se siente fuerte. Aunque era previsible que la propuesta de los checos fuera la que planteó.

En la medida que España ha consolidado su estilo en todas las categorías, los rivales han estandarizado los antídotos, desde los juveniles hasta los mayores. El respeto ganado ha parido un paisaje muy habitual. La República Checa, como tantas otras selecciones, decidió protegerse para evitar una circulación fluida que la desarmara. Tapó la salida del balón de los centrales y los mediocentros españoles y estos leyeron mal la solución. Todos abusaron del recurso de la patada larga y cruzada. En vez de juntarse alrededor del balón, los futbolistas españoles se alejaron. Se olvidaron de generar superioridades en los espacios reducidos y de la paciencia.

El resultado fue un primer tiempo inconexo, sin apariciones estelares de los más desequilibrantes. No hubo fútbol ni para Sarabia, ni para Juanmi, ni para Deulofeu. A este último se le apreció la valentía del encarador empedernido y convencido, pero también una preocupante ausencia de pausa. Se cegó en varias incursiones que requerían la cabeza tan alta como fría. Fue una amenaza constante, pero ese defecto le privó de ser una solución eficaz.

España no se hizo tan amiga del balón y pagó esa desnaturalización. El primer gol que encajó reflejó esa mala relación con la pelota que caracterizó su primera hora de juego. Rubén Pardo hizo una mala entrega hacia atrás que Krejci llevó hasta las redes de Badía con la displicencia de la defensa española, que le dejó hacer en su carrera hacia el gol. El mediocentro de la Real se desquitaría con el remate que desvió Aurtenetxe para empatar a uno y con un gran pase que supuso el tanto de la victoria.

Para entonces ya jugaba a su lado Campaña, que fue el futbolista que entendió que España necesitaba algo más que juego vertical. Fue el sevillista el que ayudó a unir el medio del campo con las bandas y a darle sentido al juego por dentro. Cada uno de sus pases tuvo una intención y una precisión que no habían aparecido hasta su entrada. Campaña le dio al juego variables y sorpresas que fueron definitivas para el crecimiento del equipo.

Con todo, los checos volvieron a aprovecharse de otra concesión bizcochona de la defensa española para adelantarse en el minuto seis de la prórroga. No variaron su apuesta, dejaron a España la pelota a la espera de que el tiempo pasara. Les destrozó Alcácer, cuyo manual parece contener uno de los grandes secretos de los grandes del área: las urgencias no le confunden el olfato ni le desvían el punto de mira.