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Tras la estela de Alonso

El asturiano y Hamilton, segundo, aprovecharon el accidente de Webber y la rotura de motor de Vettel. El español gana, se aúpa al liderato y puede ser tricampeón del mundo en el GP de Brasil

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En el pantanoso descampado de Corea, tirados a su suerte en medio de la nada, los pilotos de la actual parrilla de F1 fueron sometidos al más exigente y despiadado examen del curso. La prueba, una rumba para la mayoría, certificó la jerarquía que sólo los necios rebaten: Fernando Alonso ganó, lidera el Mundial y es el único que puede proclamarse campeón tricampeón dentro de dos semanas en Brasil, penúltima cita del torneo. Cualquiera que sea el resultado final, el español es el mejor y sólo Hamilton, segundo, se le aproxima.

Apenas abrió el ojo en la cama del hotel, Alonso supo que su plan inicial se había ido al traste. El sábado anunció al mundo que atacaría a los Red Bull en la curva tres, pero el cielo jarreó agua sobre el tierno asfalto de Yeongam y abortó la operación salida. Con todo, el asturiano no se alteró.

La prueba coreana arrancó una hora y media tarde por culpa de la lluvia

El circuito, inaugurado a toda prisa y sin garantías, se mostró incapaz de drenar cualquier lluvia y, después de arrancar tras el coche de seguridad diez minutos después de la hora prevista y de dar tres vueltas, ondeó la bandera roja. Los bólidos aparcaron en sus respectivas posiciones de parrilla y apagaron los motores. 'Son las peores condiciones en las que he corrido nunca', sentenció Alonso por la radio. Luego, imperturbable, descendió del Ferrari y, como el resto, se dispuso a esperar la reanudación.

La intensidad de la lluvia decreció, pero el polémico Charlie Whiting, director de carrera, tardó una eternidad cerca de media hora en decidirse. Y cuando lo hizo, el miedo pudo más que la razón. Los contendientes volvieron a salir en caravana y completaron otras 14 interminables vueltas tras el coche de seguridad.

Vettel, en cabeza, y Webber, segundo, enviaban a través de la radio diáfanos e intencionados mensajes de inquietud. Les interesaba asegurar al máximo unas condiciones idóneas para amarrar sus excelentes perspectivas. Hamilton, en cambio, bramaba su impaciencia por la inexplicable tardanza en relanzar la carrera. Circulando en cuarta posición le convenían incertidumbre y riesgo para remontar. Alonso, tercero, controlaba pulsaciones y mecánica en silencio.

Un mal cambio de neumáticos estuvo a punto de arruinar la carrera del astur

Hora y media después de lo previsto, Whiting levantó la barrera y comenzó el baile. Los Red Bull, desbocados, quisieron huir del amenazante Ferrari de Alonso, quien, a lo suyo, se dispuso a martillear sin prisa a los rivales, aplicándoles ese ritmo despiadado y preciso que tan nervioso les pone. Webber, de hecho, apenas aguantó un asalto. Pluriempleado en atacar a Vettel y, a la vez, defenderse de Alonso, sólo dio una vuelta antes de pisar la hierba artificial, perder el control del coche y derrapar fatalmente hasta estrellarse con el muro. Hizo añicos el Red Bull, buena parte de sus opciones de título y se llevó por delante a Rosberg. Y lo hubiera hecho también con el español si este no llega a ejecutar un sutil y apenas perceptible contravolante con el que burló el cruce letal con el bólido del australiano.

Alonso se remangó, escrutó el acuoso horizonte e inició el acoso tranquilo a Vettel. Los tiempos se fueron apretando, la pista secándose y, aprovechando la enésima salida del coche de seguridad, los dos primeros entraron a cambiar las gomas de agua extrema por las intermedias. El alemán volvió al liderato sin problemas, pero al asturiano se le apareció, cómo no, el eterno fantasma de la tuerca. La rueda delantera derecha se atascó, uno de sus tornillos rodó por el paddock y Ferrari perdió unos segundos preciosos en colocar la de repuesto. Resultado: Hamilton, que había cambiado las gomas con antelación, le arrebató el segundo puesto. Sin problemas ni aspavientos, Alonso se situó a rebufo, le enseñó el morro y un giro más tarde el inglés se coló al entrar en una curva y el Ferrari, con insultante naturalidad, siguió la trazada buena y las aguas volvieron a su cauce.

Con 11 vueltas y menguante luz, todos daban por bueno el estado de las cosas. Todos menos Alonso. Él sabe esperar. Y conoce el valor de un motor cuidado, de unas ruedas mimadas. Así que elevó el ritmo con progresión serena y milimétrica, fue acercándose a Vettel y, a nueve vueltas de la meta, el Red Bull explotó. El ovetense no tenía aún nada que celebrar. Se preocupó de mantener a raya a Hamilton, ganó y comenzó a pergeñar la cita de Brasil. Los campeones son así.