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La exigencia ahoga a Jiménez

El Deportivo visita el Pizjuán en medio del debate sobre el futuro del técnico andaluz, que ayer no quiso hablar

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Manolo Jiménez calla. El entrenador del Sevilla se saltó el protocolo habitual y no compareció ayer ante los medios en la previa de un partido. Optó por el silencio en un momento en el que su trabajo al frente del equipo está en cuestión después de la eliminación en la Copa de la UEFA y el empate liguero del pasado domingo ante Osasuna.

El Deportivo va a convertirse en el juez del técnico. Gallegos y andaluces se enfrentarán tres veces en una semana: la primera esta noche en la Copa del Rey (21 horas, La Sexta). Aunque el club guarda el secreto de confesión, la sensación es que un tropiezo en los próximos siete días podría precipitar un cambio.

Y es que al Consejo de administración y a Monchi le quedan ya muy pocos salvavidas que lanzarle. La homilía oficial de la confianza ciega hacia el entrenador ha pasado a ser una versión apócrifa de la realidad. Las muestras de apoyo ya no son tan rotundas como hace unas fechas.

Sí, fue contundente la afición el pasado domingo al mostrar su enfado tras la vulgar imagen que ofreció el equipo ante el colista. La grada del Pizjuán se ha acostumbrado a exquisiteces, su paladar ya no soporta el sabor del juego barato y de rebajas. Ganar y jugar bien es el único plato que tolera su estómago. Se relamió de gusto al saborear el fútbol pata negra que regaló cinco títulos al club.

De nada vale que el equipo sea cuarto en Liga, que hace una semana fuera segundo, que sea uno de los menos goleados. El público quiere espectáculo.

Jiménez no ha sabido colmar el apetito de la afición en el año que lleva en el primer equipo. Mientras media grada corea '¡Jiménez, menudos huevos tienes!', la otra mitad manda callar. No ha sido capaz de quitarse el cartel de entrenador interino, sospechoso de ser un técnico válido para Segunda y para entrenar a jóvenes.

Es el fantasma de Juande, el de los títulos. Cada partido en el Pizjuán se celebra un Domingo de Ramos. Pese a quien pese, hay un patrón que marca la frontera entre el buen y el mal juego por mucho que se le haya intentado borrar de la memoria colectiva.

Las señales que transmite el equipo cada vez son más preocupantes. Ha resultado imposible hacer un cambio de cromos con Keita y Alves. Monchi no ha conseguido el milagro de contratar a dos jugadores de dimensiones parecidas. El asunto Mosquera, amenazó a un periodista por sus críticas, también se le ha ido de las manos a la dirección deportiva.

En cuanto a la relación plantilla-Jiménez se refiere, hay síntomas de que la convivencia no es la mejor. Parece evidente que no hay química entre Luis Fabiano y el entrenador. Adriano se marchó el domingo jurando en hebreo después de un cambio y hasta el mismo Palop, el capitán y sancta santorum del vestuario, regaló un gesto despectivo hacia Jiménez en la noche fatídica de la eliminación de la UEFA en Génova.

La directiva ha vendido ilusión y expectativas: 'ganar sí o sí, mejor plantilla de la historia. Sólo vale sumar de tres en tres'. La exigencia acorrala a Jiménez desde la tribuna y desde el palco. No hay medias tintas, ni grises. Fue Monchi el que tuvo que corregir al entrenador y calificar de fracaso la eliminación de la UEFA. Las segundas lecturas y los rodeos lingüísticos ya no valen.