Publicado: 07.07.2014 18:45 |Actualizado: 07.07.2014 18:45

Fallece Alfredo Di Stéfano, el 'todocampista' genial

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Este 7 de julio de 2014 el fútbol se oscurece. La Saeta Rubia se ha apagado para siempre. Don Alfredo deja huérfana a la pelota. Di Stéfano, recién cumplidos los 88 años, nos dice adiós. Todo lo que pudieron resistir sus piernas, no lo ha logrado su maltrecho corazón. El sábado sufrió una parada cardíaca cuando salía de un restaurante cercano al Santiago Bernabéu, donde había celebrado su cumpleaños. El órgano vital le mandó al hospital Gregorio Marañón y tres días después se ha terminado por parar del todo. Su corazón ya le había avisado en la navidad de 2005. Sufrió un infarto cuando se encontraba en Valencia y se le implantó un cuádruple 'bypass'. Esta vez, el aviso fue definitivo. 

La familia del Real Madrid, club del que era presidente de honor y en el que logró sus mayores éxitos, llora su pérdida. Pero también su Buenos Aires natal. Pese a vivir la mayor parte de su vida en España, nunca perdió ese acento suyo argentino tan característico, casi entre dientes, ni tampoco el fino humor buonarense. A ambos lados del charco, la figura de Di Stéfano se venera por igual. Una figura de un solo molde. Una figura forjada a pruebas de imitaciones. Los que tuvieron la inmensa suerte de presenciar su fútbol conservan una herencia nostálgica impagable. Para el resto, los archivos mantienen recogidas sus gestas. Una pena que la tecnología no hubiera llegado antes para recopilar cada segundo de su paso por el pasto.

El fútbol moderno se debe a don Alfredo.  El cuarto mosquetero del fútbol mundial -junto a Pelé, Diego Maradona y Johan Cruyff- revolucionó el concepto del juego que se tiene hoy en día.  Fue el "todocampista" -como él mismo se definió- que mejor englobó todos los conceptos que hacen grande este deporte. Su esencia siempre fue el gol. Ese con el que se encontró en casi 700 ocasiones. Y sin el que se encontraba perdido. "Un 0-0 es como un domingo sin sol", consideraba de un partido sin goles.

Pero para llegar a él, Di Stéfano ofrecía un todo un repertorio de cualidad que le hacía el futbolista total. Conducía el balón, regateaba, se asociaba con los compañeros, bajaba a recibir, subía rematar, impartía genio, desplegaba derroche y ofrecía la solución más variopinta para que el balón siempre terminara alojado en la red contraria. Y todo ello con una consideración del fútbol que se expone como la idea más bella, la del concepto del toque. "Cortita y al pie", resumía a la perfección Di Stéfano.

Di Stéfano, que recibió multitud de premios individuales entre los que destacan dos Balones de Oro, siempre tuvo claro que el fútbol es un deporte colectivo. Por eso, nunca fue amigo de los halagos personales y siempre rehuyó de los homenajes. Sin los otros diez compañeros sobre el campo, su fútbol nunca se hubiera entendido. "Ningún jugador es tan bueno como todos juntos", decía. Con ellos llegó a ganar cinco Copas de Europa y ocho títulos de Liga en la década de los 50 y mitad de los 60. En un Real Madrid convertido en una máquina de ganar. Temible e imparable con aquella delantera de la que también formaban parte Kopa, Rial, Gento y Puskas. Del húngaro se deshacía en elogios: "Manejaba la bola con la pierna izquierda mejor que yo con la mano".

En el club blanco Di Stéfano trasladaba al campo lo que Santiago Bernabéu exigía desde el palco. Aunque este matrimonio futbolístico estuvo a punto de no celebrarse. El Barça podía haber sido el destino definitivo de aquel joven argentino que se dio a conocer en el Millonarios colombiano. Pero finalmente recalcó en Concha Espina y no pudo coincidir con su gran amigo Kubala, del que aseguraba que "tuvo la suerte de morir joven". De blanco completó once temporadas, con 307 goles y 510 partidos oficiales. Club en el que se consagró con el apodo que le pusieron en Argentina. Esa 'Saeta Rubia' que tenía como referencia aquellos modernos aviones de los años 40 y 50 con propulsión trasera a reacción.

Paradójicamente, en estos días en los que el Mundial de Brasil 2014 dirime qué dos selecciones disputarán la gran final, un campeonato así es el gran debe de Di Stéfano. Nunca, por unas u otras razones, llegó a disputar ni un solo partido mundialista. Y eso que disputó partidos oficiales tampoco con la albiceleste argentina como con la roja española. 

En 1964, con 38 años, colgó las botas tras perder su última final de la Copa de Europa. Y, como muchos, dio el paso hacia el banquillo, en el que nunca se encontró cómodo. Y eso que pasó por unos cuantos: Se estrenó con el Elche y luego dirigió al Boca Juniors, Valencia, Real Madrid, Sporting de Lisboa, Rayo Vallecano, Castellón y River Plate.

Su vida lejos de los campos corrió como una película. Su fama le llevó a sufrir un secuestro en agosto de 1963 en Caracas por un grupo guerrillero venezolano y llegó a asegurar que la mafia había extorsionado a su familia. Pero sus dotes también le pusieron delante de una cámara. Rodó varios filmes como Once pares de botas, La saeta rubia, La batalla del domingo o Sinfonía española.  

Una de sus máximas fue la libertad. Tanto la que disfrutaba dentro del campo como fuera. Nunca quiso ataduras y siempre habló sin tapujos. Su genio, su complicado humor y su carácter también formaron su personalidad. En la intimidad tampoco quiso muros. "Cartujo nunca fui", reconocía, como también aseguraba -con fanfarronería- que "marcar goles es como hacer el amor, todo el mundo sabe cómo se hace, pero ninguno lo hace como yo".  Eso, incluso, le llevó a enemistarse con sus hijos, los que se opusieron no hace mucho a su boda con Gina González, su secretaria personal costarricense y 50 años menor que él. Su mujer de toda la vida, Sara, había fallecido en 2005.

Pero lejos de sus escarceos, su forma de ser o las calles, estadios o plazas que guardarán su nombre, lo importante es que Di Stéfano ya no está. Los campos están silenciosos. El balón -el cuero, que decía él- llora de pena. Don Alfredo, transformando la frase que acuñó, jugó como nunca y perdió como todos (ante la muerte).


http://www.quoners.es/debate/cual-ha-sido-el-mejor-jugador-de-todos-los-tiempos