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Frank, el chófer de hielo

  

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En Suráfrica, los conductores de autobús no gozan de mucha reputación. Al menos, entre los enviados especiales españoles. Son capaces de perderse una y otra vez hasta recorrer una distancia de 120 kilómetros en tres horas, de comerse un puente sin inmutarse por no medir la altura, de eternizarse con la más sencilla de las maniobras, de pasarse de frenada y recurrir a ciegas a la marcha atrás. Y todo con una parsimonia absoluta, sin alterarse.

Reciben reproches del pasaje en un idioma que no comprenden, pero la comprensión del resto de la humanidad. En Suráfrica nadie se excita al volante, se acepta a los domingueros con normalidad, el tiempo no importa. Esta gente es capaz de torturarte el oído a golpe de vuvuzela, pero no toca el claxon jamás. Y eso que lo chóferes dan motivos para formar una filarmónica.

Pasada la sugestión de los primeros días, ya se había instalado en el ambiente la certeza de que el mayor peligro de esta aventura no iban a ser los delincuentes malos sino los chóferes. Y Frank no parecía una excepción. El jueves, ya en Pretoria, se enredó con unos cables de electricidad al intentar girar a la derecha al salir del estadio. Le costó liberarse. Y sólo lo logró después de cuarto de hora de maniobra, saliendo por la izquierda, en dirección contraria a los demás coches. Dio igual, ni un claxon se lo recriminó.

El conductor ni se inmutó y no paró hasta llegar al hotel

Pero, ayer, Frank salió ovacionado. A eso de las dos y media de la madrugada, en el viaje de regreso a Potchefstroomdesde Pretoria, el autocar de la prensa sufrió un ataque en plena carretera. Una pedrada frontal contra el parabrisas pasó unos centímetros a la izquierda del conductor (aquí su asiento, como en Inglaterra, está a la derecha; se conduce por la izquierda).

Al parecer este tipo de agresiones es habitual. Se obliga a parar el vehículo de cualquier forma y, una vez detenido, los asaltantes operan. Pero Frank ni se inmutó. Ni un leve movimiento del volante, ni del acelerador.

El guardaespaldas que nos acompaña, que también conocía el procedimiento del ataque, le gritó al chófer que no se detuviera (no hacía falta) y llamó a la policía, que apareció a los pocos minutos. Un fotógrafo tapó de cualquier manera el agujero del cristal. Frank siguió a lo suyo, ajeno a los movimientos y al nerviosismo de los pasajeros. No paró hasta llegar al hotel. No entendió a qué venían los aplausos.