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El fútbol premia un salto ejemplar

La contracrónica del Alemania-España

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Calienta Schweinsteiger. Cabecicubo, pelo a cepillo y rubicundco. Flexiona el tronco y se pone en cuclillas. Las venas parecen que van areventar en las vainas de sus gemelos. No hay duda, juega Alemania. Aunque es otra. Lahm encabeza la fila india que se forma para el himno. Es chaparro, no tiene la estampa altiva e imponente de Ballack. Suena el himno alemán y también aparece esa otra Alemania. Khedira, Boateng y Ozil no cantan. No lo hacen por respeto a sus raíces; son hijos de la inmigración que buscó la prosperidad en el país motor de Europa.

La pelota es roja. La realidad del partido dice que ha vuelto la vieja Alemania. Aquellos complejos casposos de tiempos en lo que lo verde empezaba tras los Pirineos desaparecieron en Viena. Esa camiseta blanca y negra, esa mística no resiste a la técnica, al baile. Puyol se cita por primera vez con su gloria. Iniesta centra un ladrillo, pero a Puyol le da igual. Melena al viento y en el aire no se sabe si es felino en salto depredador.

Del Bosque observa de pie en la banda. Sonreía en el banquillo antes de empezar el encuentro. Había cierto aire de disfrute, de quitar dramatismo a un momento histórico que parecía querer saborear antes de la tortura de impotencia que padece todo entrenado en cuanto el protagonismo y el desenlace empiezan unos metros más allá del área técnica.

En el segundo tiempo Alemania sigue corriendo detrás del balón. El alemán parece Xabi Alonso. Enseña su disparo de media distancia con derecha y con izquierda. Maldice entredientes las trayectorias desviadas de sus golpeos.

Un córner, una curva al punto de penalti, tres pasos y un salto infinito de Puyol. Un impulso y un cabezazo violento en el que se empieza a romperse el cascarón del sueño de un país entero para convertirse en realidad. La historia es insólita. Generaciones de fútbolistas y de aficionados han pasado sin presenciar nada igual. España empieza a pensar para el campeón del mundo. Hay un guiño al pasado.

El heroe es Puyol, que en ese remate evoca el famoso Sabino a mí que los arrollo. El fútbol premia y hace justicia con un deportista impecable. Un ejemplo de ética del trabajo en un deporte en el que el vedettismo está a la orden del día. En la cuenta atrás los fantasmas son inevitables. Alemania empieza a producir toda la causística de su leyenda: córners, rechaces, centros a la olla... Pedrito se emborracha de gloria del inexperto cuando tiene a Torres al lado para matar el partido.

Es inevitable el fatalismo. La mística germa puedeaparecer en cualquier momento. No, está Puyol. Su cabeza no tiene precio. Es la más buscada cuando el árbitro dice que España está a 90 minutos de coronarse campeona del mundo.