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La gloria en un segundo

Alonso, tercero tras los dos Red Bull, llega a la última cita con ocho puntos de ventaja sobre Webber y 15 sobre Vettel. Cualquiera de las dos primeros puestos en Abu Dhabi concederían el título al español

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La gloria casi siempre se hace esperar. Y si alguien sabe aguardar paciente hasta asestar el zarpazo definitivo, ese es Fernando Alonso. El español lo tiene todo controlado y sigue exprimiendo al máximo su Ferrari. Los cálculos figuran precisos en su cabeza, así que sólo le queda aterrizar en Abu Dhabi, hacer su trabajo y sentarse a contemplar la que se prevé grandiosa trifulca en Red Bull. Exactamente lo que hizo hoy.

El español, que partía quinto, se deshizo de Hamilton, cuarto, en un suspiro. Aprovechó el enésimo error del inglés y se fue a por el increíble Hulkenberg. El joven alemán de Williams sorprendió el sábado con su primera pole, pero hoy no aguantó ni un asalto ante la embestida de los dos Red Bull. Vettel y Webber se colocaron en cabeza y se lanzaron en pos de un doblete que certifica el primer título mundial de constructores para la joven escudería austríaca.

Por detrás, Alonso no se arriesgó ni a un arañazo en la roja pintura de su Ferrari. Sorteó mediante un volantazo burocrático el derrape de Hamilton y enfiló hacia Hulkenberg. El germano se hizo de rogar durante siete vueltas y apretó al asturiano hasta obligarle a tirar de su manual de mago.

Sucedió, cómo no, al final de la famosa S de Senna, una serie de curvas encadenadas que honran el apellido del mito brasileño. Alonso se fue hacia la derecha, amagó con adelantar al Williams y, cuando este maniobró para intentar proteger ese flanco, el Ferrari cambió bruscamente de dirección, se fue a la izquierda y rugió. Ambos bólidos circularon unos segundos en paralelo hasta que Hulkenberg, vencido, sacó la bandera de la rendición.

Alonso no se arriesgó ni a un arañazo en la roja pintura de su Ferrari

A partir de ahí, la carrera fue un monólogo lineal donde quedó retratado el prodigioso pulso que acompañará al campeonato hasta su conclusión, dentro de seis días.

Por delante, la supremacía de los dos Red Bull y una alucinante guerra interna que, pese al título de escuderías ya rubricado, amenaza con arruinar el de pilotos. Vettel y Webber, presuntos compañeros, a toda pastilla haciendo girar sus respectivos motores con saña. El alemán, intentando poner metros de por medio con el australiano; este, aplastando el acelerador para intentar achuchar a Vettel.

Por detrás, Alonso. A lo suyo, como siempre. Buscando los límites controlados del coche a base de un ritmo creciente que acaba asustando. Dejando que la preocupación de los rivales fluya sola, asomándose a sus retrovisores a la espera de un error o un fallo mecánico provocados por esa presión. Hoy no ocurrió nada, pero Webber vivió unas últimas vueltas de angustia creciente, con el ovetense recortándole décima a décima la ventaja.

El resultado mete en un monumental enredo al equipo energético. Cuando su principal cuita del domingo debería ser cómo buscarle las vueltas a Fernando Alonso para recortar la desventaja con la que llegan respecto al español, se pasarán la semana templando gaitas y sudando sangre para que la situación no se desmadre sin remedio.

Volatilizada la excusa del campeonato de marcas, Red Bull no puede disimular

Volatilizada la excusa del campeonato de marcas, Red Bull no puede disimular. La justicia lógica de lo conseguido hasta ahora debería favorecer a Webber, pero el rostro del australiano finalizada la prueba de hoy le delata. No es él el elegido para la gloria. Tiene más puntos, le bastaría ganar y que su compañero Vettel se interpusiera entre él y Alonso, pero el alemán no esperó ni una hora para postularse como legítimo aspirante al título, toda vez que las matemáticas avalan sus menores posibilidades.

Así que el español, que ha memorizado todos los escenarios posibles y sus infinitas variantes, jugará hasta donde pueda con su último motor en condiciones y sus ocho puntos de renta. Por una vez, ser segundo es la gloria.