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Goles de doble lectura

El Real Madrid logró su primer triunfo de la temporada (4-3) ante un Numancia que llegó a inquietar, por momentos, al último campeón de la Liga.

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El Numancia encontró la manera de hacer daño al Madrid, pero no la de cubrirse. Fue capaz de propinar puñetazos de sorpresa hasta por dos veces. También de marcar un tercer gol cuando a su sueño no le quedaba mucha vida. Y hasta de obligar a su enemigo a escuchar el pitido final colgado del larguero. Pero no descubrió la forma de contener la pegada del campeón cuando se le antojó desplegarla.

Los de Soria se adelantaron primero por la vía del laboratorio y el estudio, hurgando en la fragilidad local a balón parado, en sus célebres despistes: un simple saque de esquina y el cabezazo a placer de un propio que aparece solo por arte de magia en el lugar exacto por el que cae el balón. Y después, por un camino menos preparado, un remate perfecto y brutal desde la frontal de Barkero, prodigios de los que sólo ocurren de vez en cuando, uno de cada cien intentos.

Pero hasta esa producción de sustos suman poco bagaje en el Bernabéu, el escenario donde el Madrid descuelga con naturalidad y suficiencia su descomunal pegada. De poco le valió finalmente al Numancia su presión ocasional sobre la salida del balón. Ni su empeño en tocar con paciencia e intención en el centro del campo, huir del regalo fácil de la pelota. Ni su esfuerzo en el repliegue y su disposición a juntar líneas cuando el adversario lograba cruzar la línea central del campo.

El Madrid llegaba siempre cómodo y fuerte a la otra acera. En todas las situaciones del partido. Con el marcador en contra, con el empate y con el viento ya a favor. En cuanto quiere. Su posesión, cuando busca el gol como objetivo, es un laberinto para la defensa de enfrente no sólo por la calidad de los que la manejan, sino sobre todo por su constante movilidad. Robben irrumpe por cualquier flanco, Van Nistel-

rooy baja y vuelve, Higuaín cae a la banda, los laterales llegan, Guti se incorpora, los mismo que Van der Vaart. Hasta Diarra se queda unas veces y otras se adentra en el área, eso sí, de forma meramente testimonial. Las variaciones de posición convierten en imprevisible la munición del Madrid.

Tuvo mérito el primer tiempo blanco (aunque no le invalida la obligación de mirarse los defectos defensivos, la desidia en la recuperación), por su serenidad ante los contratiempos y su capacidad para golear y remontar. Esta vez no fue necesario ni el toque de corneta. Con un ritmo muy convencional, puso el duelo de su parte ya sobre la media hora y aparentemente cerrado poco antes del descanso.

La bondad del marcador jugó en su contra. Su segundo tiempo fue desastroso por relajado, inofensivo y especulativo. Todo el contenido de ese periodo lo puso el Numancia, empeñado en hacerse notar en su paso por el Bernabéu. Kresic buceó en las modificaciones tácticas, siempre con intención ofensiva, y sus chicos conservaron la fe y la tensión hasta el último minuto. Pese a su buena voluntad, incluso pese al extraño tanto de Moreno (Casillas se comió su lanzamiento centrado), el Madrid vivió en realidad tranquilo, con más incertidumbre en el marcador que en el corazón. Concluir la cita colgado del larguero no afectó a su victoria pero sí a su reputación. Acabó silbado.