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Los héroes viven con 670.000 euros

El Mirandés, con un espléndido Pablo Infante, elimina al Racing

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En plena crisis, el Mirandés. Jaque mate para el Racing, que dio varias vueltas de campana. Tuvo a Munitis para aprender a soñar. Pero después no supo vivir y el Mirandés se sintió como en su tierra. Jugó con limpieza la pelota. Ganó en casi todos los lados y tuvo a un futbolista muy especial que se ofreció a marcar diferencias. Fue Pablo Infante que, contra pronóstico, vive en Miranda. Visto su modo de proceder en esta Copa, podría hacerlo en Londres o en Turín. Pero resulta que la vida es tan sospechosa de ser injusta que el fútbol es su segundo trabajo. El primero, más estable, es de empleado de banca, donde la poesía pone más reparos.

Sin música, liquida las mañanas entre hipotecas, fondos de inversión y planes de pensiones. Términos que se ocultaron bajo la noche de Santander, en la que el Racing fue un paisano infiel. Incapaz de cambiar el mundo, trató al balón con violencia. Abandonó las ideas buenas y conoció las malas. Ahogado por todas partes, hasta por las bandas, donde Arana, derecha, y Cisma, izquierda, no tuvieron nada de noticiable. El resto fue el peregrinaje de Stuani en el área de Nauzet. La dura vida del inmigrante. Jamás encontró sustento y ni uno solo de esos remates francos que tanto le gustan.

El partido no aceptó la abundante diferencia que se supone. Hay que pensar que, en uno solo de sus años buenos, Munitis o Colsa han superado los 670.000 euros que cobran entre todos los futbolistas del Mirandés. Quizá ahora hasta superen esa cifra. Y no fue culpa de ninguno de los dos, que destinaron corazón a la pelea. Y en el caso de Munitis, algo más. Hizo de hermano mayor en la penumbra. Encontró un gol como los de antes y de los que ya le quedan pocos. El pase de Tziolis le abrió el mundo y Munitis viajó al pasado. Venció a Caneda con pericia y Nauzet, el portero, ni se tiró al suelo. No tenía derecho a esa derrota el Mirandés, que llevaba el partido ordenado. Pero lo peor no era eso, sino que quedaba un mundo hasta pisar tierra.

Muy militarizado, el partido fue como un tablero de ajedrez. Los jugadores del Mirandés disfrutaron como cosacos. Va en la naturaleza de la gente de campo, de la que aprendió a vivir con poco. Incluido su entrenador, el señor Pouso que si se relaja, como dice, escuchando Yesterday de los Beatles, debe ser un tipo inteligente. Luego, fue cosa de esperar el momento. Y en ese sentido el Mirandés jugó con ventaja. Tiene a Pablo Infante, que supo ocultar la pelota en el área del Racing. De Torrejón sacó el penalti, que resultó definitivo. Y, al fin, estabilizó la eliminatoria para el Mirandés. Fue un gol optimista, un sueño antes de cenar. Rosana lo llamaría “un trozo de cielo”. Tampoco se equivocaría. Pablo Infante ha aceptado este invierno que lo bueno dura para siempre. Ha alquilado un lugar en la calle esperanza, todo lo contrario que el Racing. Murió con poco orgullo.