Publicado: 21.01.2014 07:00 |Actualizado: 21.01.2014 07:00

El hijo de la pianista que se salvó en Guernica

Marcado por la ikurriña, los tacos y la Harley Davidson de Dennis Hooper, Javier Aguirre es incontrolable con la palabra. Hoy, vuelve ante el Real Madrid en Copa del Rey tras cuatro partidos de sanción

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Hay entrenadores que también son un libro de historia, como Javier Aguirre, un hombre distinto, con acento mexicano y sangre vasca. De hecho, sus padres le hablaban a menudo en euskera y su madre, Mari Carmen, que fue una buena pianista y concertista, también le contaba lo que significó el bombardeo de Guernica en 1937 por la aviación alemana nazi. Ella estaba allí, tenía siete años y en una ciudad, en la que se llegó a los 1.600 muertos, Mari Carmen, la madre del entrenador, salvó milagrosamente la vida.

Su padre Basilio era de un pueblo muy próximo, Ispaster, y una vez que conoció a la que sería su esposa, emigraron a México en 1950, donde nacieron cinco hijos, entre ellos Javier Aguirre (Distrito Federal, 1958), el entrenador que esta noche volverá a sentarse en el banquillo del Espanyol tras cumplir cuatro partidos de sanción por dirigirse a un asistente a su manera: "Eso es amarilla, hijo de puta". Pero así es Javier Aguirre, un hombre capaz de alborotar las salas de prensa con su jerga poseída por los tacos y que, según él, tampoco hay que pasarse: no son ni la mitad de los que se escuchan en un programa como Sálvame Deluxe. "Son buenísimos", dice, "y no se calientan ni en su puta madre...".

Javier Aguirre es, por lo tanto, un hombre sin hipocresías, cuyas palabras han desatado muchas tormentas, como la que provocó en México antes del Mundial de Sudáfrica 2010 cuando era seleccionador y se hizo célebre por aquella frase, "el México que se jodió", y que era su avanzadilla para reconocer abiertamente que, una vez que terminase el Mundial, regresaría a Europa como fuese, porque no estaba dispuesto a soportar la inseguridad del país. Al momento, matizó, "hombre, no es Haití", pero la política ni el turismo se lo perdonaron, porque "sus palabras no ayudan a reactivar nuestra imagen".

Sin embargo, ese es el precio de ser Javier Aguirre, un tipo de 55 años, una edad que le presta un buen currículum como futbolista y ahora como entrenador, donde es un tipo de fiar. Jamás fracasó en ningún lado con esa amalgama de culturas que va unida a su destino. Siempre dice que él es un hombre dividido entre dos mundos desde que veía la ikurriña en su casa de Distrito Federal. "Mi familia siempre tuvo ese espíritu vasco". Un espíritu que él no perdió nunca y que justifica que sus tres hijos, pese a ser mexicanos, tengan nombres vascos (Iker, Ander e Iñaki) como homenaje a las raíces de sus padres y a ese Guernica que marcó a su madre. "Y, claro, gracias, también a Silvia, mi mujer, que aceptó".

Así es Aguirre, el entrenador de que no deja de decir tacos ni en las salas de prensa, tan coloquial siempre. Quizá porque él también se parece al sonido ronco y especial de esa Harley Davidson que conducía Dennis Hopper en aquella película , Buscando mi destino, que adora. Hopper era un personaje que no siempre cuidaba las consecuencias de sus actos. Una cosa que, quizá inconscientemente, a menudo le sucede a Javier Aguirre a pesar de las lecciones que le ha dado la vida. En ese sentido promete que su biografía es un ejemplo fiel desde sus tiempos de futbolista. Siempre recordará aquel partido con su selección frente a Honduras y jamás se le olvidará aquel hondureño que tenía la pierna derecha torcida y que le había complicado el partido. "En una jugada se me acercó a la banda y le dije: 'cojo de mierda'. Cuando terminó el partido, el chico me dijo: 'Profe, no vuelva a decirme eso, por favor, esta cojera es por una deficiencia que tuve de chico'. Nunca me he sentido peor por decirle esto a un chico que no me había hecho nada, sólo jugar bien".

Desde entonces, han pasado unos veinte años. Nunca le ha vuelto a ocurrir algo así. Pero a otra escala hay cosas que están en uno y que le persiguen toda la vida, y Aguirre, el hombre que reconoce que, "como hacía don Camilo José Cela" se echa la siesta en pijama, siempre tendrá esa facilidad para irse de la lengua. Nada de eso entorpece su merecida fama de hombre culto en la que no entra en cabeza humana pensar en fútbol las 24 horas del día. "Sé que hay gente que lo hace y la envidio mucho, pero mi forma de ser no me lo permite. No sólo desatendería a mi familia. También a mi afición por la literatura, el cine, el béisbol, el tequila...". Y todo eso es lo que subyace detrás de un entrenador, que también podría ser un libro de historia, siendo como es capaz de hacer una buena lectura del Guernica de Picasso y hasta de entender al artista. "La pintura es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo". Porque el fútbol (al menos, el fútbol de Javier Aguirre) tiene cierto paralelismo con esa idea.