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Contra la histeria, Kun

El gol del argentino saca del atolladero al Atlético con un gol que rompe la racha de derrotas

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Con Agüero, 0-1, rivales desquiciados y tres puntos vitales en el bolsillo. Sin el Kun, sustituido con mil golpes en las piernas para evitar la caza definitiva, pavor, sudores y dos tiros al larguero del Zaragoza en cinco angustiosos minutos finales. El argentino lo es todo.

Porque en el Atlético, cada amanecer es una aventura. Una sosa partida de bingo en la que nunca sabes si el dueño del bombo, Quique, va a cantar tu bola. Ayer, vigésima tercera jornada y vigésima tercera alineación diferente. El entrenador rojiblanco desempolvó a Domínguez y, como sobresalto del día, alineó al canterano Koke. Elías y Juanfran, refuerzos invernales de lujo, a su lado en el banquillo, mirando incrédulos sus respectivos cartones sin explicarse por qué sus números salen cada vez con menos frecuencia.

El futbolista necesita en todo momento saber a qué atenerse. Si se considera titular, agarrarse al puesto con uñas y dientes. Si se ve suplente, luchar a sangre y fuego por levantarle la plaza a un compañero. En el Atlético, sólo De Gea y Perea parecen hoy intocables. El resto, en diferentes grados, son conscientes de que pueden entrar en la rueda de rotaciones, libranzas o decisiones de Quique. Incluso Kun.

El técnico madrileño inocula intranquilidad en cada once y, además, transmite histeria a pie de campo. Y, con todo, el equipo arrancó ayer de forma notable. Dominó el partido desde el primer minuto, apabulló a ráfagas al Zaragoza y creó ocasiones a mansalva. Más o menos claras, casi una cada cinco minutos. Por eso resultó extraño el rostro desencajado del técnico y, sobre todo, sus aspavientos exagerados tras un peligroso disparo lejano de Gabi que voló escasos centímetros por encima de la escuadra izquierda colchonera.El equipo aragonés, también en el alambre, se asustó ante el ímpetu madrileño y estuvo a punto de sucumbir, pero la falta de tino rojiblanca y el acierto de un estimulado Leo Franco sacaron de la depresión al grupo de Aguirre.

Aparecieron Ponzio y Gabi, la pelota se sosegó, y el peligro colectivo atlético pasó a ser monopolio exclusivo y esporádico del de siempre, el único: Kun Agüero.Blando y quebradizo, cualquier ruido hace temblar al Atlético. Y si no oye nada, se lo imagina. Volvió del descanso hecho un flan. Regaló el balón al Zaragoza, se echó atrás con descaro y la defensa, proclive al esperpento, amenazó de naufragio en un par de ocasiones. Curiosamente, Quique, sentado en el banquillo y extrañamente anestesiado, pareció contemplar sin inmutarse el prólogo de otro fracaso.

Hasta que apareció Agüero. Forlán, que aún no ha vuelto de las vacaciones de Navidad, abrió el juego hacia la derecha, donde esperaba el Kun. El argentino detuvo la noche durante un segundo, oteó el horizonte y certificó lo que sabe desde hace tiempo. Está solo. Así que, como en un fogonazo, arrancó, pisó el área, dejó tirado en la cuneta a Ponzio y superó la salida de Leo Franco con un latigazo a la red. Luego, sus piernas sostuvieron, literalmente, al equipo. Le brearon y, cuando se fue, el Zaragoza estuvo a punto de remontar.