Publicado: 01.02.2014 14:41 |Actualizado: 01.02.2014 14:41

El legado de Luis que nunca olvidaremos

Fueron más de 50 años de fútbol, de una biografía espectacular y no siempre ejemplar, en los que sobre todo nos convenció de que se puede luchar frente a los prejuicios en el fútbol

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Hoy, el césped está muy frío y el balón llora de pena, herido por una noticia en dirección equivocada: la muerte de Luis Aragonés a los 75 años, con lo que no sólo ha muerto Luis, sino también la esperanza de volver verle en un banquillo. Una esperanza infiel en sus últimos seis años de vida , desde que volvió del Fenerbahce turco en 2009 y en los que existía el derecho a intuir que Luis ya no era el de antes, el hombre que desde 1974 no sabía ni podía vivir alejado del césped. Por eso, por esos casi 35 años fotografiado en el banquillo, ahora mismo no hay otro tema de conversación que movilice al mundo del fútbol que no sea Luis Aragonés.

Su biografía queda para siempre como ha dicho Xabi Alonso: "Su forma de ser nos marcó para toda la vida". O la de Carlos Marchena, ese defensa central andaluz que hizo pareja con Puyol en la inolvidable Eurocopa 2008 y que define a 'El Sabio' de manera cinematográfica. "Era un hombre que te hechizaba la cabeza, pero, sobre todo, te hacía saber que él no se sentía jugador, sino entrenador. Intentaba tener nuestra misma edad". Y ahora, pasado todo, nos damos más cuenta si cabe, de que Luis llevaba razón cuando explicaba a voz en grito, si hacia falta, que "la vejez se lleva en la cara, no en el alma".

Mendiondo:  "No se parecía a nadie. Estar a su lado era como acudir a un Master de fútbol"

Hoy, sin embargo, todo eso ya es pasado: ya no hay posibilidad de escuchar a Luis ni a sus malos modos ni a ese discurso suyo en el que casi siempre había un rato para la vehemencia. Ha muerto a los 75 años un hombre que, según César Mendiondo, uno de sus últimos ayudantes en la selección, "no se parecía a nadie. Estar a su lado era como acudir a un Master de fútbol". En realidad, fue el precio de una biografía enorme y no siempre ejemplar. Pero esos contrastes, a veces crueles, también forman parte de la vida de Luis Aragonés, un hombre incapaz de resignarse a nada. Un entrenador casi siempre convincente, desobediente ante la derrota y ante los prejuicios. Quizá por eso encontró la forma de cambiar esa historia derrotista del fútbol español en la Eurocopa de Austria con un equipo en el que la estatura física era lo de menos.

"Cuánto más grandes son los futbolistas, más les cuesta que las órdenes de los pies lleguen a la cabeza". Y ese es el testamento que ha dejado Luis a todo el fútbol español, más allá de lo que sólo le pertenezca al Atlético, donde ahora mismo no se sabe qué era más importante, si Luis Aragonés o el balón. Fueron diez años de jugador (64-74) y miles de épocas de entrenador en las que no había manera de enfadarse con él. Luis, en realidad, estaba por encima del bien o del mal en el Calderón.

Todo esto, en un día tan difícil como éste, representa una historia a corazón abierto, la despedida definitiva de un entrenador milenario al que en España sólo le faltó entrenar al Real Madrid. Y pudo y estuvo a punto de hacerlo en los ochenta, en la época de Ramón Mendoza de presidente, pero se quedó a la orilla. Sí dirigió al Barcelona, al Valencia, al Betis, al Sevilla, a la selección y, por supuesto, al Atlético, donde jamás se perdía la esperanza de volver a verle otra vez. Porque Luis Aragonés era así, un entrenador para toda la vida como explica José Armando Ufarte, ex compañero en sus tiempos de futbolista, ayudante en la de entrenador y vecino en Alcobendas. "Luis nunca fue viejo para entrenar, porque los entrenadores no somos los que tenemos que correr", explica, "pero a lo mejor en estos últimos cinco años Luis no recibió una oferta que le convenciese. Él era un hombre que, en realidad, tenía que entrenar al equipo que quisiese". Quizá por eso, o porque no se dieron las circunstancias, Luis desapareció de repente, una vez regresado de Turquía, enemigo casi siempre de grandes entrevistas y hasta de esa autobiografía que nunca quiso hacer y que siempre se echará de menos. "No me he reído en mi vida con nadie tanto como con Luis", explica Pepe Reina, al que el entrenador eligió hace seis años como portero suplente.

Pepe Reina: "No me he reído en mi vida con nadie tanto como con Luis" 

La realidad es que Luis fue algo más que un entrenador. Fue un motivador en chandal, capaz de moderar genes tan rebeldes como el de Samuel Etoo, de echar a Romario de un entrenamiento o de comparar a todos los futbolistas del gremio con los actores de cine, porque "siempre buscan el gol por la escuadra". En sus momentos de máxima serenidad, Luis dejó una herencia, por encima de lo futbolístico, de lo ganado o de lo perdido, en la que sólo aspiraba a "que me reconozcan como un gran defensor de la verdad". Hoy, tiene todo el derecho del mundo este entrenador, al que cuesta desprender de ese viejo cigarrillo, de esos dedos amarillentos o de su añeja dentadura. Fue, o supo ser, un hombre escandaloso, capaz de apuntarse a un bombardeo con tal de tener trabajo. Al menos, en otro tiempo, antes de ser campeón de Europa y de derrotar al pasado con España, en el que Mendiondo jamás se olvidará en la final, en el túnel de vestuarios del Ernst Happel de Viena, verle como se "acercaba a Metzelder y golpeaba en el pecho a un hombre bastante más alto que él. Para todos fue una señal de que ese partido lo íbamos a ganar".

Por eso Luis siempre liderará esa clase de entrenadores vehementes capaces de acudir al entorno para motivarse ("nos han pegado hostias de todos los colores") o de menospreciarse a sí mismo. "Sería un mierda si no gano este campeonato". No siempre fue un triunfador, pero jamás fue un perdedor. A veces cómplice y otras cruel, casi nunca hubo término medio en la personalidad de ese hombre que fue capaz de acabar con el pasado en la selección. "Cuando llegué había demasiados egos que erradicar". Cuando se marchó dejó una herencia en la que hoy, seis años después, se siente reflejado. "Antes buscábamos la furia, ahora se busca tocar y ausentar los egos". José Armando Ufarte también se siente reflejado en la selección de hoy. "Construimos un equipo maravilloso que no podía ser cosa de un solo día". Ufarte jamás olvidará aquella época. Y no fueron días tan fáciles para Luis. "Se me puso todo en contra menos un equipo maravilloso", decía y uno de los que le escuchaba, a solas, era Ufarte con el que todavía coincidía a menudo por Alcobendas fuese dando un paseo matutino o yendo a tomar un café. Algo que, desgraciadamente, ya no podrá pasar y quizá por eso hoy el balón se siente tan indefenso: llora de pena, incapaz de hacerse a la idea de que Luis Aragonés ya no está entre nosotros.