Público
Público

Lezak desborda el Cubo de emoción

El californiano consigue para Estados Unidos el triunfo en el último metro del relevo 4x100 libre y regala a Phelps su segundo oro

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:

Es difícil imaginar un momento de mayor emoción en una piscina olímpica. Once y media de la mañana en Pekín. Se disputaba la final del relevo 4x100 libre, última prueba de la jornada en el Cubo de Agua, desbordado ya de records impensables. Australia, Francia y Estados Unidos, en lucha por la medalla de oro de los relevos rápidos, una de las pruebas favoritas del público. La carrera tenía muchos ingredientes. Por un lado había mucho interés por ver el debut de los dos velocistas que han impactado este año con brusquedad en el libro de records: el australiano Sullivan y el francés Bernard.

Y por otro lado, estaba en juego el mantenimiento de un sueño, una esperanza que no sólo está en el corazón de un joven muchacho de Baltimore que se refugiaba en la piscina para no escuchar las discusiones de sus padres y que está dotado de un cuerpo diseñado para nadar, con un abdomen largo, inacabable. No es sólo su sueño. Es el de todo el Cubo de Agua, lleno hasta reventar de ilusión por sus ocho medallas de oro. Ya lleva dos.

La ya histórica prueba de relevos arrancó con la actuación del propio Phelps representando a Estados Unidos en la primera posta y enfrentándose al australiano Eamonn Sullivan. Éste último demostró estar en un gran momento de forma, nadó en 47.24, un nuevo récord mundial, y ya pueden irse preparando para presenciar su duelo con Jason Lezak en los 100 libre, porque volverá a caer el récord. Phelps marcó 47.51, récord de América.

En la segunda posta los australianos flojearon, Estados Unidos tomó la cabeza y Francia se situó segunda. El tercer relevo de los franceses, a cargo de Frederick Bousquet, fue sensacional (46.63 con salida lanzada) en lucha con el estadounidense -uno de los pocos nadadores de piel negra presentes en Pekín, junto a Bradley Ally, de Barbados- Cullen Jones.

Francia tocó la pared que ponía fin a la última posta con 59 centésimas de ventaja y con la tranquilidad de tener a Alain Bernard, el campeón europeo, en la última posta. El oro tenía que ser de los galos. El sueño de Phelps se rompía.

Bernard mantuvo su ventaja en los primeros 50 metros. Pero Lezak le persiguió con rabia en los últimos 50 metros, dignos de Alfred Hithcock, uno de los mejores espectáculos de emoción e incertidumbre que se han visto en una piscina. Lo que hizo Lezak en esos últimos 50 metros está ya en la historia de la natación. El californiano recortó metro a metro la desventaja y utilizó el factor psicológico de contar con una liebre, de poder graduar el esfuerzo con una referencia.

Bernard y Francia perdieron el oro en el último metro. 3:08.24 por 3:08.32. Una mano de ventaja para Jason Lezak. Pese a la falsa imagen que vimos, Alain Bernard no hizo un mal relevo. Su crono de 46.63 fue el segundo mejor de los 24 tiempos lanzados (excluyendo el primer relevista, que responde a la señal de salida) que se registraron en la final. Pero Jason Lezak hizo historia ayer. Voló en el Cubo de Agua y cubrió su prodigioso último relevo en 46.06. Una marca inhumana.

Los 4x100 libres de Pekín rompieron todos los pronósticos imaginables. Estados Unidos batió el récord del mundo ... ¡por cuatro segundos de diferencia! Pero también Francia, Australia, Italia y Suecia nadaron por debajo del récord mundial, precisamente los 3:12.23 que habían instaurado los americanos aquí en eliminatorias.

El Cubo se desbordó de records. Aparte los dos de los relevos (el parcial de Sullivan y el global de Estados Unidos) hubo otros dos. Pero nadie esperaba el primero de los records. Aunque ya se ha demostrado que el agua de la piscina olímpica facilita la consecución de grandes marcas, lo cierto es que no es habitual presenciar un récord mundial en las semifinales, cuando los grandes favoritos no suelen apurar hasta la última gota de energía sino que reservan fuerzas para la final. Pero el nivel en estos Juegos es elevadísimo y la competición adquiere una fiereza inusual incluso para buscar la mejor calle en la final: la idolatrada calle cuatro.

Kirsty Coventry, la nadadora de Zimbabwe, de origen anglosajón, blanca de piel y africana de espíritu, salió a su ritmo habitual (28.86 al paso por los 50 metros, sólo una centésima más rápido que el parcial de la estadounidense Coughlin en la primera serie) en su segunda semifinal pero pero en el segundo largo desplegó un largo antológico. Se separó sin esfuerzo de sus rivales -entre ellas la española Zhivanevskaya, que estuvo inmensa y se quedó a sólo 31 centésimas de la final- y tocó la pared en 58.77, rebañando 20 centésimas al récord de Natalie Coughlin. El duelo entre las dos en la final anuncia una nueva plusmarca mundial.

El segundo récord de la mañana (que llegó a las 4,30 de la madrugada española) no fue tan sorprendente, aunque sí lo fue su protagonista. El gran favorito para la final era el noruego Alexander Dale Oen, que había logrado sendos records olímpicos en las dos rondas eliminatorias. Oen salió con fuerza, realizó el viraje de los 50 en primera posición (27.85) perseguido por el plusmarquista mundial, el estadounidense Brendan Hansen, y el duelo parecía servido entre los dos. Pero entonces apareció el talento de otro gran veterano de la braza, el japonés Kosuke Kitajima.

Realizó un viraje sensacional, emergió en cabeza y se fue en cabeza hasta lograr una sorprendente medalla de oro. Su crono fue espectacular. 58.91. Se convertía así en el primer hombre capaz de nadar los 100 braza por debajo de los 59 segundos. Toda una hazaña si recordamos que sólo han pasado siete años desde que el ruso Sludnov rompiera en Fukuoka el muro del minuto. Con esta victoria, Kitajima revalida el título que ya lograra cuatro años atrás en Atenas. Fue allí cuando se hizo famoso por sus exuberantes gritos en la piscina y por su frase mítica: 'cho-kimochi-ii,' que, en japonés significa 'me siento mega-bien'.

Con anterioridad se había presenciado otro momento muy relevante, aunque no se tratara de ningún récord. Michael Phelps nadaba la semifinal de los 200 libre. El que se presume como rey de los Juegos de Pekín perdió gas al final y detuvo el crono de su calle en 1:46.18, lejos de los 1:45.76 con los que ganó en su semifinal su compatriota Peter Vanderkaay.

El problema para Phelps es que, ahora, la final de los 200 libre se convierte en su prueba más difícil. Señaló el cuarto mejor crono de las semifinales (sorprendente en una distancia en la que posee el récord del mundo) y no podrá partir por la calle cuatro en la final, pero tampoco por la tres ni la cinco, las tres consideradas más rápidas. Será interesante -y extraño- observar a Phelps nadar alejado del centro. Pero de su impresionante clase se puede esperar todo. En los relevos sufrió como nunca.

España logró por fín su primer finalista. Aschwin Wildeboer estuvo sensacional en las semifinales de los 100 espalda. Volvió a batir el récord de España, esta vez con 53.51 y señaló el cuarto mejor crono de todos los participantes, un registro que le sitúa al borde del podio.

Aschwin es el último producto barcelonés de la familia Wildeboer, una dinastía de nadadores de origen holandés, que no cesa de dar grandes alegrías a la natación española. La medalla está difícil porque tanto el ruso Vyatchanin (53.06) como el australiano Stoeckel (52.97) o el estadounidense Grevers (52.99) parecen un peldaño por encima suyo. Y se debe contar siempre con Peirsol (53.56 esta mañana). Simplemente porque es el plusmarquista mundial.