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Esos locos bajitos otra vez

Villa se incorpora al grupo y se estrena como goleador azulgrana en la Liga. Iniesta, autor de un extraordinario gol, se alía con un Messi omnipresente para liderar la primera victoria de un gran Barça

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En el primer día del curso, esos locos bajitos aparecieron de nuevo. Messi e Iniesta. Iniesta y Messi. E hicieron diabluras en los primeros minutos. Y dictaron las reglas. Y encauzaron el juego con dos goles de fábula. Y, luego, invitaron a Villa, otro loco bajito, a jugar. Y lo que perpetraron resultó tan bello y armonioso que a nadie se le ocurrió evocar a Serrat. ¡Niño, deja ya de joder con la pelota!, que cantaba el Nano. Niño, no pares de jugar e imaginar, debió de pensar Pep Guardiola cuando, sin apenas tiempo a sentarse en el banquillo para estrenar la nueva temporada, vio a Messi volar para marcar. Todo volvía a ser como antes.

En el regreso del Barcelona a la competición frente al Racing, el delantero argentino tomó el mando de las operaciones azulgrana y, plegado a la batuta de Xavi e Iniesta, compuso de nuevo su fabulosa sinfonía. Nadie se acordó de Ibrahimovic, ya en San Siro; ni de su altura, ni de sus goles ni mucho menos de su beligerancia, siempre tan a flor de piel cuando Messi andaba cerca.

Los azulgrana muestran un excelente tono y evocan al campeón

La Pulga, consciente de que al equipo aún le falta rodaje para recuperar los automatismos de aquel que salió campeón tras un vibrante pulso con el Madrid, decidió encauzar la contienda sin dar tiempo a que se abriera el debate ni a que el Racing, creativo y valiente durante todo el encuentro, creyera que le podía tutear. Apenas necesitó estar dos minutos sobre el césped el argentino para marcar el primer gol, una obra coral con rúbrica de genio.

Fue el tanto un puro producto de la factoría de los bajitos, que nació en los pies de Xavi y pasó por los de Iniesta cuando el manchego ya había visto los de Messi, que corrían a velocidad endiablada para zafarse del defensa, conducir el cuero y elevarlo, suavemente, con su pie derecho por encima de la figura de Toño. Un gol precioso. Un inicio de cine para comenzar una temporada que el técnico del Barça anunció, de nuevo, divertida, disputada, quizá menos bipolar.

El vigente campeón, por lo que se vio, no piensa bajar el listón de su exigencia. Ni alterar en exceso el patrón de juego y las jerarquías que le convirtieron en hexacampeón. Messi es la estrella y, como donde mejor se siente es jugando de falso nueve, ahí lo coloca Guardiola, por más que Villa se haya incorporado al grupo de geniales bajitos.

Villa se alía con Messi y hace olvidar a Ibra, ya en San Siro

En su estreno liguero como azulgrana, el asturiano se plegó a la conveniencia del genio y se entendió tan bien con él que nadie diría que llevan apenas unas semanas entrenándose juntos. El gol final de Villa fue un premio a su buen comportamiento y la confirmación de su tremendo olfato, desmostrado ya al filo del descanso, cuando el árbitro le anuló un tanto por un dudoso fuera de juego.

Al gol con mayúsculas, sin embargo, le puso la rúbrica un no goleador especialista en marcar los mejores goles, los más decisivos. Obras de arte como la que dejó al viejo Sardinero boquiabierto, preguntándose cómo ese rechace con el puño de su guardameta a un centro de Villa había acabado en su portería sin tiempo a bajar al suelo. Iniesta lo había atrapado al vuelo y, con el interior del pie derecho, lo había enviado al fondo de la red. Un tanto precioso, espectacular, del genio que es Iniesta, autor de un recital, ovacionado por la afición cántabra.

El Racing, valiente, planta cara y ve cómo Valdés le para un penalti

Inicia el curso el manchego con el tono subido y lo agradecerá seguro el Barça, que exhibió una versión muy convincente frente a un equipo que siempre le plantó cara. El Racing se desplegó con generosidad y atrevimiento, buscando el toque corto desde atrás, intentando replicar al Barça de manera tan loable como poco efectiva. Acabar las jugadas con cierto peligro resultó una misión imposible para el conjunto cántabro, eficientes como se mostraron los zagueros azulgrana.

Sólo le faltaba a los de Portugal que Valdés emulara a Pinto y, cuando Tchité le enfrentó desde el punto de penalti, su brazo izquierdo desviara el balón a córner. No perdieron el ánimo los cántabros. Simplemente, sucumbieron ante unos locos bajitos que no pararon de enredar.