Publicado: 21.10.2014 08:00 |Actualizado: 21.10.2014 08:00

Luis Enrique o Rocky Balboa

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Tienen la misma edad. Pertenecen a la generación del 70. Jugaron juntos cinco años en un Barça en el que Frank de Boer, que era una autoridad en Europa, un libre zurdo con tanta reputación como Baresi, descubrió lo difícil que es triunfar en el Camp Nou.

De hecho, Frank no llegó a triunfar en el Barça. En aquella defensa de tres, con Reiziger y Abelardo, no siempre llegaba a tiempo. Su cintura fue presa de feas ironías. Vivió cinco años dispares en aquel Barça en el que Luis Enrique tampoco era de los mejores. Al menos , futbolísticamente, incapaz de igualarse a gente como Rivaldo, Kluivert o Figo. Pero la diferencia es que aquel Barça no sabía vivir sin Luis Enrique.

Entonces cimentó lo de hoy. Aprendió a ser algo más que un futbolista, a no poner pegas a nada, a jugar de lateral derecho o de delantero centro. Su corazón fue el de la gente. Sus ojos, los de la pelea. Sus declaraciones, inmensos motivos de celebración y hasta sus pijamas eran azulgrana. Jugaba con fiebre y a la grada no le importaba que se equivocase. Luis Enrique vendía más de lo que valía, capaz hasta de raparse inesperadamente la cabeza y de no contradecir, bajo ningún concepto, la literatura de Eduardo Galeano: "Está bien que nos llamen locos; en parte lo somos".

Frank de Boer, de su misma generación, no fue así. Él fue otra cosa en el Barça. Vino porque Van Gaal se empeñó en que viniese hasta el punto de aceptar que Ronald, su hermano gemelo, viniese con él. Pero Frank no fue en el Barça ni una cuarta parte de lo que había sido en el Ajax de Van Gaal. Quizá porque en esa época no era fácil ser holandés en un Barça, repleto de holandeses en el que algunos como Overmars, Bogarde o su hermano Ronald fracasaron clamorosamente.

El legado de Cruyff se rompió en aquellos años en los que el Barça sólo ganó claramente una Liga. En ese escenario, Frank de Boer se convirtió en un hombre inseguro. Sin saber por qué, se dejó vencer en un equipo en el que una vez recordó que era difícil "porque cada jugador quería marcar la diferencia. Figo era una estrella, Kluivert era una estrella, Rivaldo era una estrella... No teníamos solidaridad. No siempre presionábamos juntos".

Todo eso hizo un daño incurable a la figura de Frank. Algo de lo que él mismo se dio cuenta el día en el que pasó la alternativa a ese recién llegado que entonces era Carles Puyol. "Comprobé que en el fútbol, lo decisivo no es la técnica, sino la mentalidad. Puyol mostraba un entusiasmo tan grande que no perdió nunca... Salía y siempre daba el 300%".

En realidad, Puyol, sin jugar en la misma posición, se convirtió en el heredero de Luis Enrique en el césped. Un tipo que en ese Barça, que menospreciaba a Frank de Boer, se convirtió en Rocky Balboa. "¿Cómo que no puedes? No existe el no puedes, esa frase no existe". Por eso Luis Enrique se convirtió rápidamente en un hombre para dar consejos a todo el mundo.

No tenía la elegancia social de Frank. Tampoco esos aires elegancia. Ni esa pinta de intelectual. Pero tenía esa fibra, ese carácter latino que hizo de él un estandarte en un Barcelona en el que Luis Enrique era tan interesante como el que más. Podía ser a la vez, como decía aquella frase de Billy Wilder, "policía, comadrona, psicoanalista, adulador y bastardo", pero siempre era Luis Enrique. Quizá por eso la pasada primavera cuando Zubizarreta fue a verle a su casa de Gavá, Luis sólo reclamó su derecho a la intimidad. El sí iba de serie: estaba en su mirada.

Para entonces, Frank de Boer ya se había retirado de la puja con unas declaraciones que probablemente fuesen un reflejo de su pasado en el Camp Nou. No importó que ya se hubiese doctorado en el Ajax. No le importó cerrarse una puerta. "¿Que se le puede enseñar a jugadores como como Messi o Iniesta?". Al momento, se desmarcó de la lista de candidatos, sin engañarse a sí mismo. "Quizá el Barça necesita más un gestor que un entrenador, pero yo soy más entrenador que gestor".

Así que Frank continúa otro año más, cuarto seguido, en el Ajax, donde se le valora como entrenador tanto como se le valoraba como futbolista. Algo que rara vez ocurrió en el Barça, en ese Barça de Luis Enrique, donde existe otro carácter. Tal vez por eso Frank sabe que, como esta noche, su lugar en el Camp Nou siempre estará en el banquillo de visitante. Hay recuerdos de los que la memoria no se libra fácilmente.