Publicado: 19.11.2013 07:00 |Actualizado: 19.11.2013 07:00

Memorias de Suráfrica

La selección vuelve hoy a Suráfrica para un amistoso, tres años después de convertirse en reyes del mundo. Carlos Marchena, campeón en 2010, rememora todo lo vivido. Desde la convivencia en el hotel a las celebraci

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Ellos tienen ese recuerdo. Uno propio, especial, porque lo vivieron como privilegiados. Sobre el terreno, a escasos veinte o treinta metros. Cada jugador lo sintió a su manera y lo fue transformando con las celebraciones y la resaca. Pero, en realidad, el gol que marcó Iniesta en el minuto 116 de la final del Mundial de Suráfrica ante Holanda es un momento que permanece en la memoria de todos los españoles. De todos los que lo vieron frente a la televisión. Ese instante es colectivo, no pertenece a nadie.

"Yo no lo vi como Andrés", rememora Carlos Marchena en conversación telefónica con Público, campeón en el estadio Soccer City de Johannesburgo hace tres años, al que vuelve esta noche la selección para un amistoso de homenaje (20 horas). Un sitio por el que todos sienten cariño. Un lugar en el corazón. "Soy muy sufridor y conservador. Cuando marcó pensé: Bueno, aún queda partido. No era consciente del minuto que era y de que ya no se podía escapar".

Ni el gol ni el título sorprendieron a nadie. La selección llegaba a Suráfrica como favorita, como siempre. Pero esta vez por méritos propios. Venía de ganar su primera Eurocopa en más de cuatro décadas, y el planeta entero miraba a España y de verdad temía a los de Del Bosque. Su fútbol, el tiki taka, admirado por todos. Y un equipazo. "En la Eurocopa dejamos atrás los complejos de siempre. Íbamos al Mundial sin ellos y con la confianza y seguridad de que lo íbamos a hacer bien", afirma el sevillano, ahora en el Deportivo de La Coruña.

¿No había atisbo de dudas? "Llegamos con toda la ilusión, pero, ¡ojo!, también con precaución, sabedores de que no podíamos vivir de las rentas". La Roja aterrizó cargada de esperanzas y plantó su cuartel general en Potchefstroom, una ciudad a pocos kilómetros de Johannesburgo. Allí convivieron durante un mes, con poca relación con los nativos. Unos leían, otros jugaban a la PlayStation. Los partidos nocturnos de ping-pong también llegaron a hacerse habituales. Apenas salían del hotel de concentración. Algún safari, alguna expedición y poco más. "Pero la gente que trabajaba allí con nosotros era súper amable, divertida y simpática. Siempre había una sonrisa de oreja a oreja a cualquier hora y en cualquier momento".

Sin embargo, lo poco que viajaron y pisaron la verdadera Suráfrica les sirvió para ver un trocito de la realidad de la nación. La coexistencia de las miserias con cierta riqueza en el sur del continente. "Era un país potente, bien armado, pero también había muchas desigualdades, y eso realmente me llamó mucho la atención", señala. La competición llenó sobre todo los bolsillos de los de siempre: la FIFA y los ricos. Constructores, empresarios, probablemente políticos. Pero los lugareños se quedaron igual.

Antes de la final: "Todos buscábamos la mirada de alguien porque estábamos cagados"

Sin embargo, la experiencia era única. Como inigualables eran las sensaciones de jugarse un título en un Mundial. Porque nunca un español lo había vivido. "Había que aprovecharlo al máximo", afirma. Y vaya que si lo hicieron. Con mucho sufrimiento, apearon a todo rival que se cruzó en su camino y llegaron a la primera final mundialista de la historia de España tras eliminar a Alemania. Con sus predicciones, el pulpo Paul se encargó de dar más esperanzas a los supersticiosos, que los había. Llegados a ese momento, cada cual se agarraba a lo que fuera. Y en la expedición española eran más de uno los que daban crédito al molusco. "¡Pero es que era un pulpo!", se sigue sorprendiendo Marchena, que era de los escépticos: "Te lo tienes que tomar como un animal. Y como lo que realmente era: una chorrada".

A golpe del archiconocido cefalópodo, los de Del Bosque llegaron al domingo 11 de julio. No obstante, los jugadores no lo tenían tan claro como Paul. "Estábamos muy concentrados, no podíamos fallar. Piensas en que no puedes pensar, porque si piensas bien donde estás, no te vas a concentrar en lo que tienes que hacer. Es un trabalenguas, pero es que ese lío es el que tenía por dentro", trata de explicar entre carcajadas. El andaluz lo resume claramente: "Todos buscábamos la mirada de alguien porque estábamos cagados".

Como contábamos antes, un choque tan extraordinario se vive de manera distinta en función de donde estés. Marchena se encontraba en el banquillo, con gente como Arbeloa, Silva, Mata, Llorente o Reina. Y el portero del Nápoles, que, como en las celebraciones, no paraba, era el que más tensión traspasaba a sus compañeros. "Pero todos nos agarrábamos y gritábamos en cada fallo u oportunidad. Estás tan metido en el partido que lo pasas muy mal, porque un gol puede decidirlo. No es una situación desagradable, pero sí angustiosa", relata.



Y llegó el tanto. Y no del habitual prototipo de héroe. Tampoco de Villa, el goleador y salvador en muchos encuentros. La suerte o el fútbol quiso que fuera Iniesta, que siempre contó que antes de golpear al balón supo que marcaría. El día más feliz de su vida. Marchena, más frío, confiaba en Andrés, pero no lo vio tan claro: "Yo hasta que no está dentro no lo canto". "Eso sí, mejor que le llegara la pelota a él que no me llegue a mí, sinceramente", reflexiona entre risas.

"Si a Iniesta alguna vez en la vida se le tenía que ir la cabeza, creo que el del gol era el momento"

Lo que vino después ya lo sabe y lo vio todo el mundo. Forma parte de la memoria de toda España. El chaval de Fuentealbilla estalló en éxtais, como con aquel gol ante el Chelsea, y dejó ver una camiseta que recordaba al malogrado Dani Jarque. "Es muy calmado, pero si alguna vez en la vida se le tenía que ir la cabeza, creo que era ese el momento". Estaban en la cima del mundo, eran reyes por un día. "Nos encontrábamos en una nube. No éramos realmente conscientes de lo que estaba pasando y de lo que habíamos conseguido. Ahora se disfruta más", asegura el sevillano, al que todavía se le pone la carne de gallina evocando aquellos momentos.

Los lloros, abrazos, besos y felicitaciones protagonizaron los segundos, minutos y horas posteriores al pitido final. El sevillano casi no recuerda nada, por su estado emocional. Apenas llegó al vestuario buscó un cuartucho cercano. "Y rompí a llorar con mi madre". La tensión contenida de un mes explotó en ese momento. No se acuerda siquiera de la visita de Rafa Nadal o de la reina. "Yo estaba por allí, ¡pero no vi a nadie! Luego cuando ves fotos de las celebraciones piensas: No recuerdo eso".

La locura se apoderó de todos, hasta del más calmado. Y prosiguió en el largo viaje de vuelta en avión a Madrid. Nadie durmió en las cerca de diez horas que duró el trayecto. Y eso dice mucho. "Fue un vuelo para recordar", se limita a decir. Tenían unas ganas enormes de festejar con los millones de personas que inundaban la capital, y viceversa. Y se notó. Durante los días que duró el campeonato, y especialmente la jornada de la final y las posteriores, las dificultades económicas se olvidaron un poco en España. O al menos se tuvieron menos presentes. El triunfo de los chicos de Del Bosque dio un par de días de felicidad a millones de personas que no tenían muchas razones para tenerla. "Sabemos que no arreglamos la crisis, pero a lo mejor hicimos olvidarse un poco a la gente de sus problemas. Veintitrés chavales les dimos un respiro, y eso es un orgullo".