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Müller arrebata a Villa el Pichichi

El alemán gana el título de máximo goleador por haber jugado menos. A igualdad de goles, el trofeo se definió por el tiempo en cancha

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Tan etéreo como el gol es el olfato. Algo genético. Un don egoísta. Una sensación que se siente más que se entrena. Porque el gol nace en la cabeza y en la interpretación del impulso incide sobremanera el destino geográfico. Así se ha manifestado durante un mes de fútbol entre Villa, Müller, Forlán y Sneijder, el póker de máximos goleadores del Mundial. El gol es chispa en Villa, como el carácter latino. Una mecha educada en Mareo. El niño que, a los 4 años, se perdió las carreras por el patio durante dos meses. La culpa fue de una fractura de fémur que estuvo a punto de dejarlo cojo. El éxito fue de un médico que prefirió ponerle una escayola a operarle.

Tras aquel sacrificio, muy de guaje, Villa descubrió su pólvora entre el consejo de su padre. 'Si corres con las dos piernas, ¿por qué disparas sólo con una?', le repetía cada día a la vuelta del trabajo. De esa decisión nacieron sus cinco goles en Suráfrica. La producción que dejó a España en semifinales y al Guaje a un tanto del récord absoluto de Raúl con la Roja. Eso sí, el madridista necesitó 102 encuentros para anotar 44 goles; Villa, tan solo 63.

Para Sneijder, sin embargo, el gol es una cuestión más de academia. Como lo fue con Cruyff o Van Basten. Una lección que aprendió a diario en la escuela del Ajax. En Holanda, el gol aparece con el buen gusto que creó la Naranja Mecánica hace 32 años. El fin después de mucho mimo al balón. Así es Sneijder, un jugador efectista con el cuero. Además, el Principito de Utrecht es uno de los líderes del grupo, al punto que obligó a todos sus compañeros a usar unas pulseras de metal ('magnéticas') para tener buena 'energía'. 'Un Mundial se gana con detalles y estas pulseras pueden ser uno de ellos, ¿por qué no?', decía el sábado. El fútbol rácano, un día después, de su selección desimantó el amuleto en el que puso tanto empeño.

El gol en Müller escenifica el armisticio entre el sudor y la estética. El empuje típico alemán aderezado por el buen gusto que predica la nueva hornada de jugadores teutones. Su olfato, castigado ante España en semifinales, por una amarilla en cuartos, volvió a desatarse en el partido que ninguna selección quiere jugar. El de la medalla de bronce. La que consiguió Alemania por culpa, entre otros, de Müller. Él marcó el primer gol a los uruguayos. Un tanto con el que el alemán de 20 años llegaba al techo individual de goles en el campeonato y que le convertía en Bota de oro por un matiz estadístico: Müller, elegido también mejor juagdor joven del campeonato, ha conseguido los cinco tantos en menos minutos que los otros tres aspirantes.

Forlán se subió al cuarteto con una volea, que sólo él sabe interpretar, en la final de consolación. Sus goles siempre encierran habilidad, disparo, trabajo y mucha fe. La forma de ser que se derrocha en cada barrio por el que corre un balón en Suramérica.

Allí el fútbol, como el gol, es otro estado. Más festivo. En especial, en Brasil. Allí nació el máximo goleador de la historia de los Mundiales. Los 15 goles de Ronaldo no se mejoraron en Suráfrica. Klose llevó su amenaza hasta los 14.