Publicado: 12.07.2015 08:44 |Actualizado: 12.07.2015 08:44

La mujer que llegó a 280 pulsaciones

Soñó con la medalla olímpica en triatlón pero una brutal arritmia de corazón obligó a evacuar a Pilar Hidalgo en helicoptero desde los Pirineos hasta Barcelona. "Sigo teniendo miedo, ya no me fío de mi corazón", asegura hoy, reconvertida en empresaria.

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Pilar Hidalgo en su participación en los Juegos de Atenas 2004. /EFE

Pilar Hidalgo en su participación en los Juegos de Atenas 2004. /EFE

MADRID.- Su corazón no pudo más. Aquel domingo, aquella tarde de domingo, llegó a las 280 pulsaciones “durante media hora” que a ella, a Pilar Hidalgo (Cee, A coruña, 1979) se le hizo eterna. Tenía 30 años y sueños de triatleta de elite por cumplir. Todavía creía en los Juegos Olímpicos de Londres para sacarse la espina del 13º puesto de los de Atenas 2004.

Sus días eran casi todos iguales. “A las siete de la mañana ya estaba tirándome al agua para nadar en la piscina”. Aceptaba esa esclavitud como la que más, porque entonces ella misma pensaba que “no podía vivir de otra manera”. Estaba concentrada en los Pirineos y ese domingo participó en el triatlón de Puigcerda sin otra ambición que la de sumar uno más. Pero entonces su corazón se separó de sus sueños y se tomó la revancha de tantos años de sacrificio. El drama la hizo pensar en la muerte.



"Sentía el pecho tan oprimido que hasta tuve que quitarme el bañador. Luego, en la ambulancia se pensaron que era un ataque de ansiedad, y me pusieron una bolsa de plástico"

“Tuve que bajarme de la bicicleta. No me llegaba el oxigeno al músculo”, recuerda hoy Pilar a Público.es. “Sentía el pecho tan oprimido que hasta tuve que quitarme el bañador. Luego, en la ambulancia se pensaron que era un ataque de ansiedad, y me pusieron una bolsa de plástico. Pero una vez que llegué al hospital toda la sección de Urgencias se tuvo que poner conmigo. No había manera de encontrarme el pulso. Me iba. Sentía que me moría y yo trataba de convencerme de que era pronto para morirme”, continúa con un relato que, pese a los años, se hace estremecedor. "Al final, tuvieron que evacuarme en helicóptero a un hospital de Barcelona, donde me ingresaron directamente en la UCI".

“Me quitaron de hacer lo único que sabía hacer de la noche a la mañana. De pronto, tuve que enfrentarme a una pregunta muy seria: ‘¿qué hago?’, ‘¿a qué me dedico ahora?’”

Hoy, han pasado seis años, Pilar tiene 36, hace ocho meses se convirtió en madre por primera vez, pero no ha sido capaz de derrotar totalmente al miedo. “Ha pasado tiempo y yo me encuentro bien, hago la vida normal, pero yo ya no me fío de un corazón tan atípico como el mío”. Supo reconquistar su vida y la prueba es que hoy ha creado una empresa con su propia marca de ropa de triatlón. Pero no se olvida de su corazón, que no se portó bien con ella y siempre le quedará esa sombra, esa sospecha. “Me quitaron de hacer lo único que sabía hacer de la noche a la mañana. De pronto, tuve que enfrentarme a una pregunta muy seria: ‘¿qué hago?’, ‘¿a qué me dedico ahora?’” Y tuvo miedo, quizá lo más lógico. Pero hoy, seis años después, ya se alejó del dramatismo de ayer; es más, cuando regresa al pasado, ya no cree que repetiría esa vida. “Si volviera a nacer no haría eso”, sentencia.

Pilar Hidalgo (centro) cuando terminó tercera en la prueba de la Copa del Mundo en Madrid en 2003. /EFE

Pilar Hidalgo (centro) cuando terminó tercera en la prueba de la Copa del Mundo en Madrid en 2003. /EFE

363 días al año

“Eran entrenos inhumanos cada día, cada hora 363 días al año peleando contra mi cuerpo, incluso contra mi salud”, explica. “Días en los que orgánicamente no me encontraba bien y seguía. Mañanas en las que amanecía con fiebre y aun así me tiraba a la piscina. Pero yo creía que sólo valía para eso”. La realidad es que Pilar tenía un gran talento. Fue, incluso, campeona del mundo sub-23. Acababa de ganar una prueba de la Copa de Europa en Varna, en Bulgaria, hasta que se vio luchando a solas frente a la muerte en la cama de un hospital. “No podía ni hablar. Estaba concentrada en mi respiración, en aguantar la carrera más dura de mi vida. Me acuerdo que luego, en el propio hospital, escribí una carta y sólo de recordarla todavía se me caen las lágrimas”.

"Empecé a ganar carreras de barrio en natación y de ahí fui a la selección. Y ganar empezó a parecerme fácil. Y cuando quise darme cuenta ya no sabía vivir de otra manera”

El tiempo curó, pero no perdió la memoria. Es más, invitó a preguntarse porque ella, hija de ingeniero industrial, hipotecó su vida de esa manera al triatlón. “De los 25 primos que éramos en la familia, ninguno hacía deporte. Pero yo empecé a ganar carreras de barrio en natación y de ahí fui a la selección. Y ganar empezó a parecerme fácil. Y cuando quise darme cuenta ya no sabía vivir de otra manera”. Ni siquiera supo hacer caso a su corazón que claro que le había avisado antes de aquella mañana de domingo en Puigcerdá. “Los primeros síntomas empezaron el verano de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. A raíz de entonces, empecé con cosas raras, taquicardia y demás, pero no lo dejé, porque somos así. Era feliz así. Había estudiado prótesis dental un poco por seguir la inercia de mi familia, en la que hay muchos odontólogos, pero yo prefería mi vida, mi deporte, mi línea de meta”.

"Nunca tengo suficiente"

“Tengo una niña de ocho meses y ya puede venir cualquiera y decirme lo que sea que no me derrumbo ante nada: ella sacó lo mejor de mí”

Fue algo más que eso, en realidad. Fue un estilo de vida, licencia para soñar despierta. “No llegué todo lo lejos que podría haber llegado”. Pero ya no es un debate que merezca la pena para Pilar, que supo salir de ese mundo, motivada e inteligente. Su vida cambió sin egoísmo.“Tengo una niña de ocho meses y ya puede venir cualquiera y decirme lo que sea que no me derrumbo ante nada: ella sacó lo mejor de mí”. Porque, en realidad, todavía perdura lo más noble de la triatleta olímpica que fue física y mentalmente. Su aspecto es casi como el de ayer. “Peso dos o tres kilos menos, porque he perdido mucho músculo”. Y en el mundo laboral una mujer como ella, que cotiza como autónoma, conserva la ambición de las horas en la bicicleta o en el agua.

“Nunca tengo suficiente”, explica como si volviese a competir mañana, “porque esto es así, la vida es así. En el mundo laboral, como en el deporte, tienes que ser luchadora, disciplinada, porque sino no vas a conseguir nada, todo el mundo pasará por encima tuya”. Y ella que, a partir de los doce años, se afincó en Barcelona está tan acostumbrada a luchar que no sabe vivir de otra manera. Un precio alto, un precio de mujer que supo ser más fuerte que sí misma y hasta reinventarse. Y por eso después de aquel domingo de septiembre de 2009 nunca, nunca más, volvió a competir. “Sigo corriendo, pero ya es diferente, a otro nivel”.