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Nadal despierta a tiempo

El todavía número uno venció a Soderling con solvencia y dio mejores sensaciones que las mostradas en las primeras rondas

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Las dudas sobre Nadal eran lógicas, más que nada porque él mismo las ha esparcido por todo París. Los primeros cuatro partidos habían sido decepcionantes pese a la victoria y las cuitas se acumulaban en el discurso. Las principales hablaban de la cabeza, de la falta de concentración y las consecuencias que eso tiene en el tenis, especialmente en la movilidad, la aliada habitual de Rafa que parecía haberle abandonado. Hasta el miedo se deslizaba entre sus palabras, el pánico a no ganar.

Pero ayer, en cuartos de final, el número uno afiló las uñas, dejó los problemas en la bolsa de las raquetas y se puso a jugar de verdad. Justo cuando era necesario. Enfrente tenía a Soderling, ese sueco que ha jugado las dos últimas finales en Roland Garros a pesar de ser un especialista en pistas duras. El único jugador que ha ganado a Nadal en la tierra de París, en 2009. El número cinco del mundo. El que es coreado en la central del torneo francés cuando tiene a Nadal enfrente.

El español jugó bien, incluso muy bien a ráfagas. Y, sobre todo, demostró que está en condiciones de competir por cualquier cosa. Una de las muchas virtudes del español, quizá la mayor de todas, es su infinita hambre, su desmedida ambición. Esa constante, que parecía hundida, ayer saltó de nuevo a la superficie.

Soderling se dio cuenta pronto de que enfrente tenía a un Nadal de la mejor factura. E intentó lo que siempre busca en esa tesitura: acortar los puntos para que el español no coja ritmo. Mala decisión, pero quizá la única razonable. Nadal se pertrechó en la línea de fondo y empezó a variar su juego. Derecha y revés martilleaban a Soderling, al que las piernas no le funcionan tan bien como al balear. En un punto del tercer set el español consiguió llegar a una dejada imposible de su rival como si tuviese turbinas en lugar de piernas. Un movimiento que, por pura física, jamás podrá tener el sueco. La velocidad ha vuelto y en tierra esa característica marca las diferencias.

Otro síntoma positivo se vio justo al final del encuentro. En la primera ronda, contra Isner, Nadal se dejó dos tie breaks y en el resto de partidos ha sufrido tinta para ganar las bolas de rotura a favor. Ambas suertes tienen el denominador común de ser puntos de extrema presión, en esos en los que la soledad del tenista se magnifica y los nervios se sienten en todo el cuerpo. Ayer tuvo un tie break en el tercer set y lo solventó a lo grande, con fuerza y sin dudar. El miedo ya no atenaza y esa es la mayor alegría para Nadal.

Jugando así, la victoria el domingo es posible. En otro año se podría incluso dar por sentada, pero con Djokovic en el estado actual esa apuesta coge un riesgo que antes no tenía. Para pensar en ese domingo, antes tendrá que batallar mañana en semifinales. Será contra Murray, que ayer ganó a Chela (7-6, 7-5 y 6-2), un gran jugador al que el meteórico ascenso del serbio está dejando mal. Sigue siendo un aspirante, aún no es un campeón.