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Nadal no entra en el claustro

Federer impone su maestría en Londres (6-3, 3-6 y 6-1) en el enésimo capítulo del mayor duelo del tenis.

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Federer fue mejor. Cuando su tenis está afilado es el favorito en cualquier encuentro. Incluso con Nadal de por medio. Y Federer está en ese nivel pleno. Se mueve con soltura y pega con la elegancia, precisión y fuerza que sólo él ha tenido en la historia de este deporte.

Existen más factores, claro, pero el principal es ese. Se puede hablar del cansancio de Nadal, que sin duda existe, pero es consecuencia de su propio juego. Si el balear apareció en la final con cuatro horas más disputadas fue sólo porque no pudo someter a sus rivales con la soltura que ha tenido el suizo en Londres.

Se puede pensar que es por la pista, dura y cubierta, un terreno en el que Federer es maestro y Nadal, aún, aprendiz. Y es cierto, pero las condiciones son las que son y nada ha cambiado desde que este torneo empezó una semana antes.

Con todo, Nadal puede estar contento. Cierra una temporada de ensueño y da un paso más en una carrera forjada en oro y diamantes. Hace sólo un año parecía un jugador decadente con sólo 23 años. Precisamente en Londres tocó fondo perdiendo sus tres partidos sin sumar un sólo set. Doce meses después ha reafirmado la idea de un hombre especial, ungido por las musas para figurar entre los más grandes. Quedó en la final, pero perdió contra el gran maestro.

El de ayer no fue, ni mucho menos, el capítulo más glorioso de la mayor rivalidad de la historia del tenis. Los dos mostraron buen nivel, pero no el más alto. La tarde no tuvo el ritmo y la constancia que se recuerda de otras veces. Hubo épica, pero con cuentagotas. A pesar de la menor gloria de la cita, no dejó de ser un Federer-Nadal. Algún día todo esto se echará de menos.

La calidad del juego, su antagonismo con una raqueta en la mano, el eterno respeto mutuo entre dos que saben que la suya es una rivalidad especial. Ellos pasarán, y habrá otros tan buenos o mejores, pero los momentos que vivieron juntos quedarán indelebles en las retinas de todos los que alguna vez amaron el tenis por el espíritu de una rivalidad, que vibraron en sus golpes y sufrieron cuando su favorito perdía. Por duelos como este el deporte mueve pasiones.

Nadal sólo se mostró competitivo en el segundo set, cuando los primeros saques entraron a un ritmo superior incluso a lo habitual. En lo demás Federer impuso su ritmo alto y sus puntos cortos, un estilo en el que nadie puede toserle. Él es este año el último maestro. Quizá su brillo ya no es el de antaño, las piernas ya no le dan para apabullar en los grandes como hizo en otros tiempos, pero, como ha demostrado esta semana, aún le quedan lecciones por dar. Y a Nadal, ya resabiado de tanto viaje victorioso por el mundo de la raqueta, también le quedan unas pocas clases por tomar.

 

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