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Nadal resiste y remata

Juega su quinta final en la hierba de Wimbledon en siete participaciones después de remontar un mal primer set

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Uno se siente muy pequeño cuando tiene cerca a un gigante. Lo llaman capacidad de intimidación, y en deporte supone una ventaja considerable. Es lo que sufrió el Manchester United ante el Barcelona en la final de Wembley y es lo que aqueja de forma dolorosa a Andy Murray cuando se enfrenta a Nadal en las grandes citas. Y de qué manera.

El número 1 del mundo (hasta el lunes) se verá las caras en la final con el hombre que lo sustituirá en la cumbre del ranking, Novak Djokovic. Cosas de los números y de los resultados anteriores. Su victoria de ayer (5-7, 6-2, 6-2, 6-4) lo coloca sin embargo en una posición casi infranqueable en la hierba de Londres. No ocurre a menudo que ganas una semifinal de Wimbledon con un juego unos puntos por debajo de tu mejor nivel.

Nadal comenzó el partido entregando por completo la iniciativa al británico. Murray jugaba descaradamente al revés de Nadal construyendo con paciencia los puntos. Fueron sus mejores momentos. El español sustituía la brillantez por la serenidad. El partido podía ser largo y no convenía perder la cabeza. Se limitó a conservar el servicio, lo que ya era mucho porque su primer saque estaba siendo bastante pobre (58% de acierto).

El primer set sólo podía ser para Murray, animado con pasión por un público entregado al límite. Se había creído que esta vez era la buena. La prensa se lo había dicho. El lenguaje corporal de Murray era el mejor de los últimos años. Este era su Wimbledon.Hasta que llegó el cuarto juego del segundo set. En el anterior, Murray desperdició una muy buena oportunidad de romper el servicio de su rival. Con el 15-30, lanzó fuera una bola que no olvidará fácilmente.

No fue un drama fallar ahí. La tragedia vino después. Nadal elevó su intensidad varios grados, Murray bajó la suya al sótano y encajó tres roturas de servicio consecutivas. Dobles faltas, bolas a la red, dejadas que se quedan cortas... Fue un museo de los horrores. La capacidad que tiene Murray de anularse a sí mismo es sorprendente en un jugador de tanto talento. Con esos tres servicios arrebatados, Nadal en cierto modo se hizo con dos sets. Con los dos primeros, ganó el segundo y con el otro, arrancó el tercero con ventaja. Además, el español había dejado atrás la vulnerabilidad del primer set. Soltó el brazo y ya no le importó cómo le jugaba Murray. Los intercambios desde el fondo era un juego de las cuatro esquinas en el que siempre Nadal terminaba ejecutando al pobre Murray. El público comenzó a resignarse.

El escocés salió brevemente de su agujero negro en el último set, pero en ese momento Nadal, su némesis, ya era imparable. Para no variar, Murray empezó el set perdiendo el servicio. Antes del torneo, Pat Cash había avisado que su gran punto débil era su segundo servicio, y eso se confirmó al pie de la letra. Como también el hecho de que encaja de pena la presión de una final o semifinal de Grand Slam (39 errores no forzados ayer por siete de Nadal).Sólo le hubiera salvado que Nadal se relajara, pero eso era una quimera. Ya en modo martillo pilón, el español fue acercándose a su objetivo: jugar su quinta final de Wimbledon en siete participaciones. Una marca impresionante.