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Negredo y Llorente llaman con fuerza a la selección

Del Bosque puede incluir hoy uno de sus nombres en la lista para el amistoso contra Chile 

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Después de varias convocatorias de toma de contacto y transición desde la Eurocopa, parece que Vicente del Bosque va a empezar a confeccionar una selección española con su sello personal. Las entradas de hombres como Capel o Iraola, Amorebieta o Bojan eran el inicio de una transición tranquila hasta el grupo que llevará al Mundial de Sudáfrica. Hoy Del Bosque ofrece una rueda de prensa en la que dará a conocer la convocatoria para el partido amistoso ante Chile del próximo 19 de noviembre en Vila-real. En ella pueden estar dos de las sensaciones de este inicio liguero: Álvaro Negredo y Joseba Llorente.

'Soy un futbolista de plazoleta. He jugado muchos partidos de banco a banco. Ahí nació mi pasión por el fútbol'. En las paredes de los bloques de la colonia del taxista, ubicada en Vallecas, aún retumban los zambombazos de Álvaro Negredo. Se crió en esos partidos donde primaba la imaginación. Un banco era una portería, y el regate y el gol, los caminos para ser reconocido por encima del resto.

Madrid se ha quedado huérfana de futbolistas callejeros. Puede que la generación de Negredo sea la última de peloteros forjados en la calle. Apenas quedan descampados y los pisos de nueva construcción enclaustran a los críos en frías urbanizaciones cerradas y presididas por el cartel 'prohibido jugar a la pelota'.

'En el barrio, jugaba a ser Batigol, que por entonces estaba en pleno apogeo. Le veía en la Copa América, en partidos que ponían de madrugada. Me impresionaba su remate de cabeza, esa fuerza con la que entraba. Eran cañonazos con la cabeza'. En el juego aéreo, se concentran las mejores cartas de su repertorio para ser convocado por primera vez para la selección. Ni Torres, ni Villa, ni Güiza tienen en la testa su mejor cualidad.

Del Bosque aprecia en Negredo un recurso rompedor. Un 9 para ganar avasallando cuando el fútbol tocado se atasque. En apenas temporada y media en Primera, Negredo se ha ganado el cartel de ser el mejor delantero español cuando hay que elevarse por encima de los defensas. 'He trabajado mucho el remate de cabeza. Me quedaba después de los entrenamientos para perfeccionarme. Lo más difícil es darle dirección'.

En la escuela de fútbol de la AFE, donde jugó hasta cadetes, aún le recuerdan, aunque por entonces el sacrificio no formaba parte de sus planes. '¿Álvaro Negredo?, ¿ese es un niño nuestro?', dice al otro lado del teléfono una secretaria que trata de localizar a uno de los profesores que le tuvo bajo su tutela. 'Había que estar detrás de él. Le costaba el esfuerzo, al contrario que sus hermanos. Ellos, en la carrera continua, siempre iban delante y él, en el grupo de atrás. Aquí le enseñamos a jugar en todas las posiciones y a mejorar la derecha, que no fuera un gesto extraño golpear con su pierna mala', recuerda Francisco Tocón, uno de sus maestros.

De la AFE pasó al Rayo. 'Un orgullo para un vallecano. Soy socio del club y allí admiré a Luis Cembranos. Me hacía disfrutar en la grada con su técnica', asegura. De allí se lo llevó el Madrid, deslumbrado por su potencia y viveza en el área. 'Lo que más me duele es no haber podido pisar el Bernabéu vestido del Madrid'.

Negredo se tuvo que buscar la vida fuera del Madrid ante la falta de oportunidades. 'Hay un momento en el que tienes que tomar una decisión. En el Madrid, no dan demasiadas oportunidades a los chicos de la cantera'.

Rechazó una oferta de Osasuna 'porque quería un equipo que me garantizara minutos y no se comprometía a dármelos'. Los 13 goles que logró la temporada le revalorizaron y le situaron en la senda de la internacionalidad: 'Tengo 23 años y soy joven, pero la selección es mi sueño. Trabajo para ello a diario. No me gusta marcarme una cifra de goles, sino superarme año a año.

Tampoco contempla con obsesión un hipotético regreso al Madrid: 'Tienen una opción de recompra que, si no ejecutan en junio, me desvinculará de ellos para siempre'. Hoy, puede ser otro internacional que comprueba que el fútbol no se acaba en el Madrid. 

Hace cuatro años, a Joseba Llorente le costaba creer que hubiese poesía en el fútbol. Su cláusula de rescisión era de 450.000 euros. Con el Eibar, había marcado 18 goles. Pero ni siquiera así le llegaron grandes ofertas. Sólo apareció el Valladolid, entonces en Segunda y que regateó lo indecible por él hasta quedárselo por 300.000 euros.

No era un futbolista que inspirase confianza. Al juzgarlo, siempre aparecía alguna pega, que él justificaba malamente: 'Las dudas sobre mí surgen porque no me han visto hacer rabonas, bicicletas ni goles de tacón. Hay entrenadores y periodistas que valoran más eso que al que pelea, presiona y hace goles'. Han pasado cuatro años y ahora Joseba sí cree en la poesía. Su vida ha cambiado de escenario. Juega en el Villarreal, donde le pagan lo que nunca hubiese imaginado. Juega la Champions, viaja al extranjero y golea. Hasta tres goles en diecisiete minutos le marcó al Aalborg.

Pero, por encima de todo, ha acabado con esa agria corriente que no le dejaba en paz. De hecho, este verano, cuando fichó por el Villarreal, se pensaba que iba a quemar todo el banquillo del mundo. No es verdad. Llorente juega casi siempre. Se podría decir, incluso, que está de luna de miel. La crítica debate sus opciones de acudir al equipo nacional. Y sólo el mero hecho de estar ahí es para vaciar cualquier destilería próxima a Hondarribia. Si es que las hay. Y si no las hay, habrá que buscarlas en otra parte.

Joseba Llorente nació hace casi 29 años en ese maravilloso pueblo costero de Guipúzcoa llamado Hondarribia. De siempre tuvo facilidad para localizar el gol. Pero había un problema. Nunca hacía nada especial con la pelota. Y ahora, que casi ha ascendido al cielo, tampoco lo hace. 'Yo no engaño', dice. 'Me ha ido bien porque hago lo que sé hacer, la A y la B, nunca la W, y hay algunos que se creen que por estar en Primera lo deben hacer, aunque sean incapaces', añade.

En realidad, Llorente no es un producto de hoy. De lo contrario, no estaría en el Villarreal. Su despegue se inició la temporada 2005-06, después de triunfar en el Eibar con el que casi subió a Primera. Lo entrenaba Mendilibar y en ataque, aparte de Llorente, estaba Silva, entonces cedido por el Valencia en Ipurua.

Con el Valladolid, Llorente ascendió a Primera. Y ahí jugó el año pasado pegado al área enemiga. El premio acompañó a su idea. Marcó 17 goles, uno de ellos al Espanyol en 7.08 segundos, el más rápido de todos los tiempos. Y, a final de temporada, tuvo opción de elegir un destino mejor, lo que apenó de veras a la ciudad. Pero hasta el presidente del Valladolid, Carlos Suárez, se lo aconsejó: 'Los trenes pasan una vez y Joseba ya tiene casi 29 años. Si se marcha a otro club, el fútbol le podrá devolver todo lo que él le ha dado'. Era de ley: 'Hay pocos jugadores que hayan sido tan honrados con esta camiseta'.

Llorente se crió en la Real y, ante la falta de respuesta, se buscó la vida. La encontró en Valladolid, aunque su inicio tampoco resultó fácil. Fue suplente de Aduriz. Después, una inoportuna lesión le impidió ser máximo goleador de Segunda. Pero daba igual. Llorente es el delantero que nunca se resigna. 'Soy un currante', insiste. Paciente como lo era Bakero, su gran referencia de cuando iba a verle jugar al viejo Atocha. 'A él le pasaba un poco lo que a mí. La gente decía que sólo era un peleas, pero sin calidad no habría llegado ni al Barça ni a ganar lo que ganó'.