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Ni saben la que han liado

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Habrá nuevo campeón. El club se amplía a ocho. Brasil, Argentina, Italia, Uruguay, Alemania, Inglaterra, Francia y, desde el domingo, Holanda o España. En suelo español, la ilusión no se puede contener, se cuela por cada rendija y se sube por las paredes. Está en el corazón de todos, en las ganas incontrolables de cada uno. No se respira igual desde Suráfrica, incrustados entre la frialdad de un país satisfecho por su organización que mira hacia la final con simpatía pero absoluta indiferencia. Se siente el cosquilleo por dentro, compartido por la proximidad de unos jugadores que son leyenda aunque no se dan cuenta, que están ante el descomunal reto de estrenar el palmarés mundialista de su selección, que se han instalado en la cima más alta del planeta, y que, sin embargo, comían ayer como si fueran vulgares turistas accidentales, con toda naturalidad y sin agobios, casi como ciudadanos anónimos, en un restaurante italiano de un centro comercial de la tranquila Potchefstroom.

Impacta el contraste. En Suráfrica no son casi nadie y, sin embargo, allá arriba, en la otra punta del mapa, lo son todo. A partir del lunes, cuando lleguen, no podrán salir del portal. Se los comerán a besos, fotos y autógrafos. Tienen a un país entero entusiasmado, pendiente de su baile con el balón y de la dimensión de su hazaña. Llega lejano el ruido al hotel de concentración, pero llega. A través de las imágenes de internet o de los mensajes de los amigos. Da pena no disfrutarlo en el bullicio de esas calles repletas de fiesta y espontánea alegría. Pero al tiempo, es impagable poder contarlo desde el mismo escenario en el que La Roja cruza las puertas de la historia.

Lo decía Mata hace dos días, 'lo mejor del fútbol es que haciendo bien tu trabajo eres capaz de hacer feliz a tanta gente'. España vive apretada en muchos hogares por la crisis, lo pasa mal, y, sin embargo, ahora es enormemente feliz. No es una alegría diseñada bajo el guión del pan y circo. Es simplemente el natural estallido del fútbol, que, como dijo, Bill Shankly, no es un asunto de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Basta bajar a la calle un rato y mirar.

Quizás los chicos aún no son conscientes, pero posiblemente ayer degustaron su último plato de pasta en la intimidad. A la vuelta serán dioses, ya no personas normales.