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Nilmar se mantiene en alto

Cazorla y Cani engañan por los extremos, porque lo suyo es tirar diagonales en busca de Rossi y Nilmar

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El Villarreal aprovechó el buen juego de la primera parte para deshacerse de un Sevilla que fue de menos a más, mucho más de lo que ofreció de salida. Nilmar, de nuevo, sacudió el árbol para recoger un fruto que le mantiene bien arriba. El Sevilla dilapidó el partido en ese primer triste periodo, para ahuyentar fantasmas tras el descanso: nada que ver el equipo con el que especuló Manzano al comienzo, con el decidido que compareció después. Atosigó al Villarreal hasta el final, pero entonces Diego López apareció para frenar las embestidas.

El Villarreal es un equipo cada vez más hecho, subiendo su cotización como tercero en discordia, tras los estratosféricos Barça y Madrid. El Sevilla, si no deshecho, está en proceso de reconstrucción. Saltó temeroso a El Madrigal, con precaución, dejando la iniciativa a su rival, en la gloria con el balón en los pies. Fue cuestión de tiempo, un rumiar el gol poco a poco, sin prisas. Cazorla y Cani engañan por los extremos, porque lo suyo es tirar diagonales en busca de Rossi y Nilmar, que se mueven como anguilas, muy escurridizos. Ese continuo cruzamiento de posiciones, de paredes y juego de trileros, dibujó desde el principio un peligro de alta tensión en el que no tardó de electrificarse el Sevilla.

La conexión Rossi-Nilmar fue letal: pase del italiano, gol del brasileño

La conexión Rossi-Nilmar fue letal. El italiano trazó un pase con la zurda, Nilmar se fue entre líneas, encaró a Palop, se escoró y marcó cruzado. Así de limpio, así de fácil, así de bello. La especulación del filósofo Manzano quedó en evidencia. Lo hizo con el rácano juego, pero se materializó a la media hora. Romaric y Zokora, dos tanques, perdieron la batalla del centro del campo, chocando con Senna, mientras Bruno se paseaba en bicicleta. Y los zapatazos a Kanouté de nada servían: eran balones sonda, un insulso tirar dados a ver si en algún envío la cosa cuadraba.

Manzano, viendo apático al Sevilla, metió a Capel y Negredo, para ver si el extremo inyectaba sangre por su banda y el delantero un poco de mordiente al romo ataque sevillista. El Villarreal apretó sus líneas y dejó que fueran los andaluces quienes pusieran sus argumentos para el empate. El partido se igualó. Kanouté ahora sí apareció con fuste y de no ser por Diego López hubiera equilibrado el marcador mediada la segunda mitad, una parte jugada de tú a tú, entre dos equipos de altura.

El Villarreal, peligroso al contragolpe, se puso serio atrás: el Sevilla era otro bien distinto al desangelado equipo del primer periodo. La suerte estaba echada: los de Juan Carlos Garrido, apretando los dientes, mientras Rossi y Nilmar buscaban a la contra la puntilla; los de Gregorio Manzano, definitivamente dominadores, acorralando a su rival con el semblante muy mejorado. El acoso y derribo del Sevilla se amplió en los últimos minutos y Diego López sacó una mano salvadora. Para entonces, el Villarreal ya se había puesto el mono de trabajo, que la grada celebró. Victoria de seda, pico y pala. El Villarreal sigue en todo lo alto.