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Un partido que dura 45.000 minutos

Un relato de la convivencia de un ciudadano medio con un Barça-Madrid que en realidad empezó hace un mes

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El bar-restaurante Vivares es uno de esos típicos chigres del centro de Madrid: abre a las siete de la mañana, cierra pasadas las doce de la noche y lo mismo te ponen un croissant a la plancha que un vino, una ración de calamares o un gin-tonic. Situado en una orilla de Chueca, en la calle de Hortaleza, a primera hora del día conviven en su barra obreros rumanos de carajillo, adictos a la tragaperras, varios jubilados y algún travesti. La tele siempre está puesta.

Son las nueve de la mañana del miércoles 29 de octubre, cuando el altavoz de la televisión escupe un timbre de voz inconfundible: 'Hay jugadores que han costado lo mismo que Benzema y no le meten un gol a nadie'. Es José Mourinho, en rueda de prensa. La pareja de cuarentones que desayuna ron-colas y lleva media hora dándole una chapa insufrible al camarero se queda en silencio: 'Este es un bocazas como no se ha visto otro igual', suelta el hombre, 'pa darle dos hostias. Menos mal que gana, que si no'.

En ese instante y en ese lugar, un bareto cualquiera con el suelo lleno de servilletas y colillas, empezaba el clásico. Justo un mes antes del Día D. La primera señal era la vengativa indirecta de Mourinho a la sequía goleadora del Villa que mató a su querida Portugal en Suráfrica; la segunda, un joven leyendo El Mundo Deportivo, en cuya portada se lee con letras gigantes: 'Xavi, a tope para el mes clave'. Dos días después, el timón del Barça volvía a renquear, pero el clásico ya estaba en juego.

'Este es un bocazas como no se ha visto otro igual', dicen en un bar de Mourinho

Faltaba un mes para el Barça-Madrid, 744 horas, pero el planeta fútbol ya se agitaba de emoción pensando en el partido de Liga que más expectación ha levantado en los últimos años. No era sólo Messi frente a Cristiano, sino (y sobre todo) Guardiola frente a Mourinho. El técnico del Barça decía el 30 de octubre que el clásico le importaba 'cero' y lo mismo pensaba el resto del mundo no futbolístico, todavía ajeno a un acontecimiento que ya ardía en las páginas deportivas. Un día después, desde su columna de El Mundo Deportivo, Raül Llimós se echaba las manos a la cabeza: '¿Cómo se le ocurre a Montilla poner las elecciones el fin de semana del clásico?' Este Montilla, un auténtico antisistema...

De repente, el 5 de noviembre, cuando el debate futbolístico se centraba en si el clásico se debía jugar un sábado, un domingo o un lunes, ocurrió algo inesperado. A Iker Casillas se le ocurrió decir lo siguiente: 'El derbi será un gran partido'. ¿Derbi? '¿Pero eso qué es?', pensaría alguno.

Y es que ese fin de semana se jugaba un Real Madrid-Atlético sin el fuste ni la grandeza de antaño, a causa de una Liga psicológicamente enferma con diagnóstico claro: bipolaridad. El Mundo Deportivo, neurótico perdido, insistía: 'El plan físico del Barça llega a su punto culminante. Al cien por cien contra el Madrid'. A este paso, que jueguen una eliminatoria de ida y vuelta y le den el título al vencedor, ¿no?

Sin embargo, el derbi madrileño finalmente hizo su efecto y, durante los siguientes días, la palabra clásico se volvió a asociar a sus referentes habituales, como Tolstoi o el teatro. 'Escuchando Creep, de Radiohead, un clásico', escribía una amiga en su muro de Facebook. Sí, el mundo volvía a respirar tranquilo, aunque no por mucho tiempo.

'Mi novia y su hermano, culés hasta la médula, están acojonados', dice un taxista del Atleti

El jueves 11 de noviembre se acabó el descanso: ese día se anunciaba que el Barça-Madrid se jugaría en lunes. 'Estarán contentos los hosteleros, así el fin de semana no pierden clientela', decía un entrevistado cualquiera en el telediario. Otros hablaban de anticlímax, lo que deja bastante claro el nivel de intensidad con el que muchos aficionados seguirán el encuentro. Mejor no preguntar más.

El 13 de noviembre el Camp Nou calentaba el clásico: '¡Madridista el que no bote, es, es!', coreaba la afición culé, mientras su equipo enderezaba un choque endiablado contra el Villarreal. 'Es el último partido en casa antes del clásico y la gente ya se prepara', explicaba el comentarista. El Barça-Madrid llegaba a las gradas del estadio, pero lo que nadie esperaba es que pocos días después, bastante antes del esperado 29-N, el clásico iba a empezar sobre el césped.

Porque sí, el clásico, el partido de fútbol en sí, lo crean o no, ya empezó. El 18 de noviembre, en el amistoso entre España y Portugal en Lisboa, Sergio Busquets le hacía una entrada muy poco amistosa a Cristiano Ronaldo. 'Eso fue indicación de Guardiola', malmetían en la radio. Los portugueses (bastante pocos, por cierto) que seguían el encuentro en el estadio Da Luz de Lisboa vieron una entrada fea, pero en España muchos entendieron que aquello había sido un intento frustrado de que Cristiano no viajara a Barcelona dos semanas después. En un ataque de clásico-esquizofrenia, alguien ya se imaginaba a un Villa fuera de sí encarando a Casillas mientras Piqué y Puyol intentaban atajarle con gritos de '¡que hoy Casillas es de los nuestros, Guaje!'.

El partido ya empezó, lo hizo con la entrada de Busquets a Cristiano en Lisboa

Fue en un taxi, no muy lejos del Bernabeu precisamente, donde el clásico de este año desveló uno de los secretos que mejor tenía escondidos. El Barcelona, grácil, inteligente y estético, le tiene miedo al Madrid, potente, inmisericorde y explosivo. Así lo revelaba Félix, el conductor: 'Mi novia y su hermano, culés hasta la médula, están acojonados. Este Madrid no es el del año pasado. Los del Barça están cagados, aunque no lo digan. Guardiola también. Saben, por primera vez en mucho tiempo, que el Madrid tiene posibilidades muy reales de ganarles', argumentaba Félix bajando la voz, como para que no le oyeran. Su razonamiento era creíble: su corazón es atlético.

Un mes de dimes y diretes, casi 45.000 minutos de preparación para los 90 reglamentarios que mañana concentrarán la atención de España y parte del mundo sobre el césped del Camp Nou. Once contra once, tres árbitros, dos entrenadores y un balón. Al final, se trataba sólo de eso.