Publicado: 17.04.2014 07:00 |Actualizado: 17.04.2014 07:00

El peor trago de Martino; un limoncello para Ancelotti

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Su semblante cariacontecido en la sala de prensa de Mestalla era fiel reflejo de los sentimientos del Tata Martino. Un entrenador que en una sola semana ha visto esfumarse los tres grandes títulos a los que aspiraba el Barcelona: la Champions, la Liga y anoche la Copa. "El golpe es muy duro", acertó a resumir la tremenda decepción. Y pidió perdón a la afición: "Uno lo que siente es un profundo dolor por la derrota y gran sentimiento de deuda con la gente que viene y te alienta". Eran las palabras de un técnico que, lejos de saber transmitir tensión competitiva a sus jugadores, tiene pie y medio fuera de Can Barça.

Perder contra el Real Madrid la final de Copa ha sido la puntilla para un técnico que cayó como paracaidista en la Ciudad Condal y que va a terminar saliendo cual submarinista sin oxígeno y ahogado por las circunstancias. Alejado de un buen felling con los jugadores, afectado por los embrollos extradeportivos, deudor sin quererlo del estilo impuesto, el Tata se ha visto fagocitado por el monstruo culé. Siempre respetuoso con los suyos y afectuoso con la prensa, la ternura que destilaba se terminó por contagir a un equipo que ha hecho de la posesión la manera más efímera de llevar los partidos.

En una semana ha resumido todas sus dolencias. El Atlético le barrió en los cuartos de Champions, en Granada se esfumaron casi por completo las opciones en Liga y anoche el Real Madrid le volvió a birlar una Copa del Rey y sin Cristiano. Con serias lagunas en defensa, transiciones lentas y pesadas y ataques teledirigidos. La indolencia del equipo ha salido a relucir en el momento más decisivo de la temporada y con Messi en su exponente más preocupante. El '10' se quedará, su apadrinado tiene las maletas hechas.

Aterrizó Martino sonriente, sabedor de encontrarse ante una oportunidad única, un tren que debía coger sí o sí. Pero también de que caía de rebote en el Barça, por el contratiempo que significó la recaída de Tito Vilanova en su enfermedad. Fue una solución de emergencia de Rosell en mitad del verano. El debate desde que llegó el argentino ha sido infinito, interminable, irrespirable. Cuestionado día tras día, partido tras partido. Ganara por goleada o por la mínima. Despachaba el ex de Newell's las dudas y críticas con resultados: el equipo llegó al ecuador de la temporada líder de la Liga con una clara ventaja y muy vivos en el resto de competiciones. 

Pero ni los resultados fueron suficientes; nunca lo son en el club azulgrana cuando se pone en cuestión el estilo de juego, como hizo el Tata. Prometió en su presentación que no tocaría la filosofía. Sin embargo, modificó lo más sustancial del método con el que Guardiola y su grupo alcanzaron cotas de deidad en la ciudad condal. Pasó el Barça en muchos partidos del toque y la posesión al juego vertical y directo que podían reclamar algunos choques. Salió victorioso en la mayoría, pero la incertidumbre agarró a Martino desde que el equipo goleó al Rayo pero con menos balón que los vallecanos.

Jamás se sintió cómodo el de Rosario. Quizás por esa tradición en el club culé de polemizar sobre todo. "Cuando un equipo ha rayado la excelencia siempre pasa este tipo de situación, y más con un entrenador que no es de la casa ni holandés", se defendió. Y le salió del alma. Pero había razones de sobra para las dudas. La declaración de intenciones que pudo significar el 7-0 inicial a Osasuna se disolvió como un azucarillo en apenas semanas. No supo el argentino estimular a un equipo con ya poca hambre; ni fue capaz de recuperar las virtudes que el conjunto perdió: la presión, velocidad o profundidad. Tuvo que lidiar, además, con otra plaga de lesiones que han dejado hasta esta semana al Barça sin centrales -después de que decidiera no fichar a un defensa- y en el dique seco a los dos cracks: Messi y Neymar. Ambos con un estado de forma y de ánimo más parecido a una montaña rusa que otra cosa.

Y como a perro flaco todo son pulgas, el Tata vio como los problemas extradeportivos acuciaron al club y convirtieron lo que hasta hace poco fue una balsa de aceite en un barco a la deriva tras una tormenta perfecta. Ha tenido que lidiar el grupo comandado por Martino con los problemas de Messi con Hacienda, la investigación judicial sobre el fichaje de Neymar que acabaron con la dimisión de Rosell y la sanción de la UEFA que prohíbe fichar al club.

Al otro lado del puente aéreo, diametralmente distinto ha sido el aterrizaje de Ancelotti. El italiano, sin llegar a estar nunca cuestionada su continuidad para el próximo curso, recibe un espaldarazo al conquistar la Copa. Su tercer título copero en tres países distintos. Ya la logró en Italia con el Milan y en Inglaterra con el Chelsea. Además, el técnico se desquita en los grandes duelos. Acusado de empequeñecerse ante los rivales de enjundia, anoche dio un paso al frente.

En Liga había perdido los dos partidos contra el Barcelona y tampoco había salido favorecido de sus choques contra el Atlético. Y todavía el madridismo llegaba a Mestalla con el tremendo susto de Dortmund. Pero Ancelotti ya avisaba en la previa que con "coraje y personalidad" el Madrid se llevaría el título. Y así fue. Empezando por él mismo. No se arrugó y sacó a Isco. Apostó por el talento, sujeto al sacrificio. Buena combinación y mejor respuesta. Ya nadie le puede acusar de arrugarse ante los grandes y su proyecto toma bríos para el reto de alcanzar al Atlético en Liga y conquistar la Décima. 

Y eso que Ancelotti llegó en verano a un club en ebullición. El vestuario estaba dividido tras tres años con un Mourinho que devastó buena parte de lo que tocó, como la imagen del club o las relaciones en la propia plantilla. El italiano ha sido todo un pacificador, pese a que rechazara ese mismo apelativo el día de su presentación. Ha logrado regenerar en gran medida el trato en el vestuario y su comunicación con los jugadores es máxima. De la misma manera, ha acabado con la crispación y tensión que ocuparon el Bernabéu los años del luso.

De menos a más, su Madrid logró superar unos primeros meses complicados en los que muy cerca estuvo de perder el tren de la Liga. Lograron los blancos salvar partidos en los que estuvo al borde del precipicio para mantenerse en la pelea por el torneo hasta el final. Tardó en encajar las piezas hasta decidirse por jugar con tres mediocentros, pero lo logró gracias a que sacó lo mejor de un Modric ya indiscutible en el centro del campo y a su elección por Di María en vez de Özil. Optó por la permanencia del argentino y el tiempo le ha dado la razón. Retrasado a una posición radicalmente distinta, se ha ganado la titularidad con un despliegue defensivo y ofensivo nunca visto hasta ahora en el de Rosario.

Ha sido capaz, asimismo, de conseguir el mejor rendimiento visto de Benzema y favorecer la máxima aclimatación de un Bale de quien ya pocos dudan. En su haber, el ostracismo de Isco, que llegó como uno de los fichajes del año, pero que se ha visto condenado al banquillo precisamente por el buen hacer de Di María y la llegada de Bale. Clave el malagueño en el inicio de temporada, le exige el transalpino un mayor desgaste defensivo y en la recuperación para hacerse un hueco en el once y en una nueva posición, la de mediocentro.

Ha mantenido también este año el debate abierto la temporada anterior por Mourinho sobre Diego López y Casillas. Sorprendió en su llegada cuando todos apostaban por la vuelta a la normalidad y se la jugó con una decisión salomónica que convence a pocos y que pone al de Móstoles en la dicotomía de si seguir o no en el club de sus amores. Se le reprocha, asimismo, en el Bernabéu las dudas que ha mostrado el equipo ante grandes como Barça y Atlético en Liga y el sufrimiento en la vuelta de Champions en Dortmund. Y, pese a todo, tiene al Madrid otra vez a sólo dos pasos de la ansiada Décima. Sigue con opciones en la Liga. Y ya ha ganado la Copa.