Publicado: 15.06.2014 16:47 |Actualizado: 15.06.2014 16:47

Prohibido dudar de Maradona

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Él dice que daría un brazo por volver a tener 30 años y nosotros por volverle a ver en una cancha. Volver al Mundial de México'86, por ejemplo; volver a ese Argentina-Inglaterra marcado por la guerra de las Malvinas; volver a ese gol que Valdano presenció dentro de la cancha. De hecho, fue Valdano el que sacó la pelota de la portería y el que fue corriendo hacia donde estaba Diego Armando Maradona para entregársela. "Fue una jugada tan suya que entonces el cuerpo, más que ir a abrazarle, me pedía hacer algo útil". Valdano recuerda que, desde aquel día, desde aquel gol, Maradona se convirtió en el nuevo general San Martín en Argentina y Argentina, que siempre fue un país de buena memoria, le perdona todo. Y no sólo lo perdona. También lo necesita, por encima de su verdadera utilidad, como símbolo de motivación y de victoria.

Diego Armando Maradona, el último futbolista capaz de ganar un Mundial él sólo, es ahora un hombre de 53 años, achatado, volcánico y fumador, que nunca deja de comparar su vida a un partido de fútbol. Sigue siendo un hombre de filias y fobias, acompañado siempre por un séquito de personas que lo protegen de la multitud como si se tratase del Papa Francisco. Pero esa es la eterna corte de Diego, que ahora es uno de los empleados estrella en el Centro de Prensa de Río de Janeiro.

Allí, en realidad, ejerce de 'free lance', marcado por un espléndido contrato mercantil como comentarista de Telesur, la poderosa cadena venezolana desde la que Maradona se ha presentado como "un soldado más de Venezuela" y ha quedado en ir a ver a Caracas al presidente Maduro una vez que termine el Mundial. Hace años ya fue capaz de tatuarse una imagen de Fidel Castro en su pierna izquierda, que fue la que ganó en México'86 cuando Víctor Hugo Morales, el hombre con el que ahora comparte programa, le preguntó en voz alta: "¿de qué planeta viniste?"

28 años después, todavía no se conoce la respuesta y ya nunca se conocerá. Maradona no lo permite. Dejó de ser futbolista, pero no dejó de reinventarse. Excepto volver a la cancha, ha probado todo en su vida. Se ha acercado y se ha alejado constantemente del fútbol, incluso como seleccionador de Argentina en Sudáfrica 2010, donde acabó llorando en el banquillo. Pero, pase lo que pase, no hay forma de desenamorarse de este hombre, cuya profesión actual, la de ejercer como un personaje de dimensión mundial, a cualquier otro le podría hastiar. Al menos, eso pensó Valdano la última vez que estuvo en Bariloche, Argentina, y vio "una bandera donde estaban el Che Guevara, Evita, Gardel y Maradona" y se dijo a sí mismo: "Si uno está muerto sale indemne de todo eso, pero ser un mito viviente es incomodísimo".

Sin embargo, Maradona disfruta de esa vida, de que se le pida opinión hasta de la huelga de Metro de Sao Paulo, de aconsejar a Dilma Rousseff, de torturar a Joseph Blatter con el que ya nunca se tomará un café o de menospreciar a los que menosprecian el rendimiento actual de Messi, a los que esta última semana llamó "gilipollas". Pero así es Diego. De lo contrario, no sería él ni se sentiría un héroe cada vez que abre la boca, porque ahora la palabra es su pelota de fútbol. Así es como Argentina recupera la memoria y se esfuerza por seguir creyendo que Diego, como pasó tantas veces en la cancha, siempre tiene razón. Y una de las cosas que acaba de dejar bien claro, antes de que el balón empiece a rodar frente a Bosnia (00.00, Maracaná), es que "Messi es más argentino que yo". Así que prohibido dudar de Leo ni de su número 10. Palabra de Diego Armando Maradona.



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