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Querido Mirandés

Lillo vivió su primera etapa como técnico profesional en Anduva

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La vida es un juego de riesgos, sí. Vivía en Tolosa en casa de sus padres. Tenía 21 años y una novia, Cristina, que ya trabajaba de esteticién y que sólo se comprometió a ir a verle los fines de semana. Pero, en realidad, la duda nunca existió en aquel 1988 para Juan Manuel Lillo. Sólo tenía una oferta como entrenador. Era la del Mirandés, un club de Tercera División que nunca le prometió lo que no tenía. La tentación fue discreta, pero los inicios son así. 'Dinero, nada, lo mínimo, imagino'. A cambio, el club le pagó una vivienda en el hostal La Picota que regentaba Pepe, en el barrio viejo, cruzando el río. 'Allí vi el 5-0 del Milan de Sacchi al Madrid'. Y también trabajó por las mañanas en la joyería de Mari Tere y Juan Luis Madariaga, donde Lillo serigrafiaba trofeos. A veces, a un ritmo altísimo, como en la época de las comuniones. No era su vocación, pero significaba un sueldo. Una mano amiga que le permitía vivir y ejercer de entrenador.

A las siete de la tarde, iba a entrenar a Anduva, a los jugadores del Mirandés, entre los que se acostumbró a lo inevitable. 'La mayoría eran mayores que yo y me avisaron de lo que me iba a pasar después en la Cultural Leonesa. A los 25 años, dirigía a Manzanedo, con 35, que había sido campeón de la Recopa'. Pero entonces Lillo ya era un tipo peculiar, un gigante de la palabra que se desplazaba en un Peugeot 309, un coche de la época que le ayudaron a comprar sus padres. 'Yo no tenía dinero'. Pero la importancia entonces no estaba en el dinero, sino en la oportunidad. Y Lillo tampoco olvida al hijo del presidente, Felipe Lanedo Fernández, que grababa los partidos con una cámara de vídeo que se quedó arcaica. '¿Quién nos lo iba a decir?'. Pero así es el tiempo. Así es la vida ahora de Lillo, que la semana anterior pasaba al disco duro esas antiguas cintas VHS. Una legión de recuerdos que memorizan a esa etapa y a esos periodistas Constantino Merbosa Ortiz, de la Cadena SER, o Fernando Transpaderne, de RNE, que formaron parte de su vida. De una vida quizá más romántica. 'Sí, eran otros tiempos en los que se llegaba con más facilidad a la escencia de las cosas'.

'Vivía en una pensión y tenía que trabajar en una joyería'

Han pasado más de veinte años y Lillo tal vez sea el entrenador más reputado que pasó por el Mirandés. Su biografía ha viajado por infinidad de sitios (Salamanca, Tenerife, Oviedo, Real Sociedad...). Pero no olvida la primera piedra. Y esa estuvo en Miranda, que hoy goza de una propaganda que no tuvo nunca. Lillo, en realidad, hace tiempo que no va por Miranda. Sabe que, en una ciudad tan industrial, la crisis ha dejado sin oportunidades a gente que las merece. Pero ahora su memoria habita en el pasado, 'en una ciudad llena de jóvenes, que llegaban a hacer el servicio militar, y en la que la RENFE daba mucho trabajo' como nudo ferroviario de la línea Madrid-Irún. Y en esa Miranda se resumió, para él, el principio de todo, de una época que le pidió lo que le iba a pedir el resto de su vida: arriesga y verás. Y arriesgó para no dejar de ser como es. Y por eso se despidió del pueblo antes de dejarse arrastrar. Fue a principios del año 91. 'Me quedé compuesto y sin novia con fecha para casarme. Me echaron, porque querían que el hijo del vicepresidente jugase a toda costa. Yo no acepté'.

El destino tampoco se lo perdonó al Mirandés, que descendió a Tercera. 'Cuando me fui, estábamos en la mitad de la tabla'. Pero fue otro presagio de lo que significa la vida de entrenador, que a veces puede ser absurda. Y eso lo conoció en Miranda, donde el hambre de fútbol tiene trienios. 'Yo recuerdo un pueblo muy futbolístico y dolido con un pasado que estropeó de mala manera un ascenso a Segunda A'. Pero allí Lillo fue un tipo feliz que conoció historias humanas como la de Adolfo, el Chafa. 'Era un masajista de los de antes. Un tipo magnífico de los que dejaba caer el aceite en las manos'. Ahora, se pregunta si ese tipo de personajes están permitidos en el fútbol de hoy, pero sí sabe que 'Adolfo merecía haber vivido todo esto'. E imagina que alguien, que hoy le lea en Miranda, se emocionará con este recuerdo que promete una etapa literaria y honrada.

'Estaba soltero, tenía 21 años y ya dirigí a gente mucho mayor que yo'

El dinero vivía en paz, porque no lo había. El frío era importante. 'Había que quitarse los mocos con alicates'. Los días dejaban sin horas a un entrenador tan entusiasta con el que Olabe desafió el récord de imbatibilidad que ese año estableció Abel (Atlético de Madrid) en la portería. Y en esa Miranda, aún sin ser la de hoy, claro que se podía soñar. Y sufrir. Y viajar a otra época, a otra España en la que existía la mili, inclu-so para los entrenadores. Lillo lo era y tuvo que hacerlay quedarse sin entrenar.

'El segundo año debí dejar el Mirandés, porque me tocó hacer el servicio militar en Burgos, en Castrillo del Val. No hubo manera de que me destinasen a Miranda'. Sus lágrimas no valieron de nada. 'Al enterarme, lloré como nunca. Me acababa de sacar el título de entrenador nacional en Albacete'. Pero dejó tan buen recuerdo que volvió al Mirandés y duró hasta que le ordenaron alinear al hijo del vicepresidente. Y no fue una rareza del fútbol para los entrenadores. Lillo las ha conocido peores. Pero, a los 46 años, ya sabe que la vida es así. Y, como en 1988, sigue siendo un juego de riesgos.