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La rebeldía de un futbolista que empezó de extremo

Su vida nocturna le fastidió en Zaragoza, pero parece volver rehabilitado

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Su corte de pelo sugiere un tipo moderno, interesante, venido de las calurosas playas de California. Tiene la rebeldía del futbolista que empezó de extremo, una fotografía chulesca y la sinceridad de hacer lo que dice. En su infancia fue un hijo difícil que siempre se sintió a unos centímetros de la gloria. Tiene esa educación populista, esos desordenes que lo hacen invencible. Ante las digestiones pesadas, impone su uniforme. Por eso es de los pocos futbolistas que quedan capaces de conceder una entrevista sin el permiso de su club. Pertenece a esa clase de hombre casados consigo mismos. Y, claro está, no hay mejor publicidad que la que ellos mismos emplean para definirse.

Ante Ramos, Coentrao vivió un duelo capital en Suráfrica, en aquel España-Portugal: una lucha limpia, viril, con viajes de ida y vuelta entredos zancadas tan extraordinarias. El luso no sólo es fútbol. También es vértigo, gimnasio y línea recta. Nada de egoísmo, porque en su vida apenas hay goles. Aparte de futbolista, es atleta, capaz de amenazar a los 11 segundos en los 100 metros con lo que, a veces, lo difícil es verle pasar. En ese sentido, el futuro añadirá reputación a sus duelos con Alves, en los que se prometen noches violentas de truenos. Pero sí es verdad que, antes,Coentrao deberá aclarar ciertas dudas. En su biografía también hay detalles marginales, que indican que no siempre vivió en paz. De su vida nocturna se ha hecho una publicidad que le fastidió en determinados lugares. Camacho y Marcelino no quisieron saber nada de él en el Benfica o en el Zaragoza por ese motivo. Sólo le aguantaron unos meses. Pero quizá hoy ya sea diferente. El resto, si se exceptúa su alto precio, presenta a un pariente lejano de James Bond. Capaz de todo y hasta de lo que parece imposible.

Coentrao cuida el look como a sus uñas, carne de publicidad. Y, sobre todo, esas mechas de peluquería que, en su caso, parecen luces de neón y que, sin querer, anuncian a un tormento de hombre. Ahí radica la fuerza de su mensaje y esa gente tradicionalmente no suele aceptar el fracaso. La prueba está en su amigo Cristiano, que tanto luchó por su fichaje.