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Una resaca en Soweto

La ciudad festeja por todo lo alto el debut de Suráfrica y los vendedores hacen el agosto con los turistas

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Las calles de Soweto daban pistas a primera hora de la maña de que hubo jarana nocturna. No ganó Suráfrica, pero dio igual. En los cubos de basura se apilaban botellas de cerveza y guisqui. El paisanaje está por encima del resultado y eso siempre es una buena noticia. Un hombre de unos cincuenta años que nos narra la noche, a mí, al conductor y a su padre, que ha venido como refuerzo, abre su chaqueta y desenfunda una petaca. Es la prueba inéquivoca de su disfrute.

Soweto se desespereza resacosa bajo un sol castigador. Los primeros vendedores ambulantes colocan sus puestos; Soweto hace negocio con Soweto. Salvo en los alrededores de la casa de Mandela, convertida ahora en un museo con restaurante incluido. Es inevitable hacer el guiri, comprar algunos souvenirs con tierra de la zona a precio europeo.

El vendedor es duro de regatear. Sale ganador sin demasiados esfuerzos. La escuela de la venta por labia es universal. A mí ya me ha ganado. Aquí empieza la ética sobre si se debe de pagar de más, sobre si hay que decirle al tercer mundo que solo la caridad y la compasión no es el camino para el progreso. Yo qué quieren que les diga, el cuerpo me pide no pelear más.

La cabeza se me revoluciona entre pensamientos y se impone ese lado compasivo. No sé si hago bien, si soy un panoli o un sentimental. Lo cierto es que me quedo tranquilo con el mal negocio hecho. Según nos cuenta el vendedor la arena pertenece a las antiguas minas de oro que rodean la zona. Hemos pasado cerca de algunas construcciones en las que vivían los mineros. Extintos barracones de sudor y esclavitud que ahora forman parte de los primeros metros de la rampa de la dignidad emprendidos aquí por la población negra.

Hago el guiri'; la escuela de la venta por labia es universal

El cuerpo me pedía ir a Soweto desde que lo atravesamos el viernes con el autobús de la prensa camino del partido inaugural. Sentía cierta claustrofobia al ver esas riadas de gente sonrientes camino del estadio.

La ventanilla me parecía que me separaba de la realidad demasiado, que no me dejaba respirar la verdadera esencia de la calle. Me reventaba no poder mezclarme, poder inyectarme en vena uno de mis vicios favoritos: las atmósferas futboleras que rodean a las grandes competiciones. Ya he vuelto a mi jaula.