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El silencio de los goles

Simao y Maxi certifican el pase del Atlético a octavos de final en un Calderón fantasmagórico por la ausencia de público. El equipo madrileño fue superior al PSV Eindhoven, aunque sufrió al final

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Simao es extremo. Una raza hedonista por definición. Vive en la banda. Pegado a la hinchada, que le jalea los regates que le gusta mostrar. Ayer le despojaron de las ovaciones, una de las razones de la existencia de los regateadores. Sentó a Salcido y a Pieters cuantas veces se lo propuso. Sus regates fueron igual de dañinos que siempre, pero más fríos que nunca. Las gradas estaban vacías nadie sabe aún por qué. Salvo la UEFA.

Cuando Simao ganó la puja por el balón que incrustó en la portería de Isaksson, el cementó no vibró. Se escuchó de fondo la megafonía preparada por el club. Un grito de calor artificial. Una rebeldía en medio del silencio sepulcral impuesto. Unos metros más allá, fuera del recinto, justo detrás del fondo sur, se escuchó la algarabía de los indestructibles aficionados que la UEFA despojó, no se sabe aún por qué, de la emoción de ver a su equipo.

Tampoco pudieron ver los hinchas rojiblancos la rabia contenida de sus jugadores, traducida en un gobierno del partido inusual para lo que es este equipo. El PSV fue tan fantasmagórico como el ambiente. Apenas hubo noticias de Kovermans, uno de esos nueves con el molde de la escuela holandesa. Buenos movimientos de espaldas y un témpano en el área.

Heitinga lo retrató como tal. Lo dejó frío, inmóvil, anónimo, como los asientos vacíos que helaban el paisaje. Marcó un gol, pero no hubo más noticias de él. Y fue porque Ujfalusi y Pernía no tuvieron la concentración necesaria.

En medio de esa gelidez, sólo el Atlético pareció entender en el primer tiempo que allí se jugaba un partido de fútbol. En esa calma ambiental, las cuchilladas de Agüero cuando arranca eran más sangrantes para Rodríguez y Brechet. También menos incendiarias. Cuando el Kun recibe, el Calderón acostumbra a rugir. Ayer sólo se escuchaba a Forlán pidiéndosela con ansias de gol.

Las mismas con las que Maxi reventó las redes de Isaksson en el segundo tanto. Un disparo seco que retumbó: ¡boom!

Y de nuevo esa alegría falsa salió de la megafonía. Y otra vez, detrás del fondo, se escucharon los gritos verdaderos que inundaron el vacío visual.

Un tanto que certificaba el pase del Atlético a los octavos. No había nadie para celebrarlo, pero sí para sentirlo. En la lejanía, la afición atlética puede sentirse orgullosa. Su equipo está entre los 16 mejores de Europa. Un éxito sensacional, teniendo en cuenta del páramo del que venía el club.

El gol del PSV también estuvo despojado de los malos augurios que suelen planear por el Calderón en estos casos. Puede que existiera en los bares, o en los hogares de sus aficionados. También sus jugadores dieron motivo para ese desconcierto. Se metieron atrás, a esperar rematar el partido con un contragolpe.

No pudo hacerlo ni con Agüero, ni con Forlán, ni con Sinama. Aunque este tuvo la sentencia a dos metros de Isaksson. Un buen pase de Seitaridis lo estrelló en el cuerpo del portero sueco. También retumbó, pero no fue seguido de esa megafonía grabada para dar calor donde se tocaba el frío. La sustitución del Kun tampoco pudo ser reprochada por sus incondicionales. Aunque sí por él. Se fue encabritado. Acompañó su salida con una mirada volcánica a su entrenador. En medio del frío espeluznante, sus ojos eran de fuego. Se encaminó al banquillo sin aplausos, en una marcha muda, como cuando su nombre fue mentado por el speaker en las alineaciones.

Ese fútbol silencioso que se adueñó del ambiente también desnuda a los jugadores. A simao, las roscas le suenan a balón bien tocado. No tanto las de Pernía o Seitaridis, aunque se les vio más sueltos sin la presión de la grada. Los gritos de Maniche, pidiendo el repliege rápido, le radiografiaron la posición.

A medida que se acercaba el final, se le escuchaba más. Quizá de él sí se apoderaron esos episodios que tienen a mal traer a los atléticos. El pitido final sonó frío, como el desfile de jugadores. No había afición. Faltaba el sentimiento.