Publicado: 23.05.2014 07:00 |Actualizado: 23.05.2014 07:00

El tercer grado de 1974

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:

Hoy, sí; hoy, prepárense para la nostalgia, porque claro que hay motivo para la nostalgia. Tenemos que retroceder 40 años, al 15 de mayo de 1974 en el que no existía el cholismo, pero sí existía el Atlético, 40 años más joven en el estadio Heysel de Bruselas, donde jugó José Armando Ufarte (Pontevedra, 1941). Un fabuloso extremo, capaz de someterse hoy a un tercer grado en su domicilio de Alcobendas, donde ya no guarda más vinculación con el fútbol que la de los recuerdos. Recuerdos que pudieron ser mágicos como el de aquella noche en Bruselas. Entonces el Atlético, a falta de un minuto para que acabar la prorroga, era campeón de Europa. No sólo era importante. También era maravilloso. Pero un gol de Schewarzenbeck impidió que Ufarte, como Luis, como Gárate, como Irureta, como Bejarano, como todo el Atlético en pleno, se fotografiase al lado de la Copa de Europa en aquel año 1974 que nos acababa de dejar el triunfo de Abba en el Festival de Eurovision con Waterloo. Una canción cuya letra representó como nadie lo que le pasó al Atlético aquella noche. "Siento como que gané cuando perdí...".

Hoy, Ufarte pelea con esos recuerdos. Al menos, a mi lado, en esta pequeña oportunidad que le presta Público para regresar a Bruselas, a esa noche en la que "los jugadores no nos acostamos hasta las cinco de la mañana. No dejábamos de preguntarnos como había sido posible. Fue duro. Yo, por ejemplo, era un hombre que jamás había perdido una final. El partido había sido nuestro. Controlamos a un equipo que físicamente era muy superior. Porque entonces aquel prejuicio de que los alemanes eran más altos y más corpulentos que nosotros era una verdad como un templo". Pero llegó ese último minuto, ese gol de Schewarzenbeck que, 40 años después, no ha pasado de moda. El partido de desempate dos días después cogió al Atlético destrozado. "Yo lloré. Claro que lloré. Sabía que no iba a volver a tener esa oportunidad", explica Ufarte, que tenía 33 años. Vivía su última estación en el Atlético, el cierre a diez magníficos años que llegaron a postularlo como el mejor regateador del mundo. Pero, claro, en el césped no hay amores que duren toda la vida. "Al terminar esa temporada, me fui al Racing de Santander".

"En realidad, no me acuerdo ni de la prima que perdimos. Seguro que don Vicente Calderón nos hubiese recompensado bien. Siempre fue un hombre generoso", insiste Ufarte. "Pero en un partido así jamás se piensa en el dinero. No sólo se trataba de ganar, sino de pasar a la historia". Un sueño que ha tardado 40 años en regresar a casa. "Pero ahora yo ya no merezco nada. Ninguno de los que perdimos ante el Bayern necesitamos una venganza. ¿Que entonces pudimos haber tenido más? Sí, claro, pero supongo que llega un momento en la vida en el que eso le pasa a todo el mundo, no sólo a los futbolistas". De lo contrario, es posible que la canción de Abba nunca se hubiese titulado Waterloo. Ni siquiera en ese querido 1974 en el que el Atlético era otra cosa. "Yo estuve diez temporadas en los que ganamos tres Ligas y dos Copas. Ahora, es diferente porque ha habido que esperar 18 años para ganar la Liga". Por eso Ufarte sólo premia a los que están ahora. "Son ellos los que lo merecen, no los que perdimos hace 40 años. Son ellos. Son los aficionados que nunca se rinden. Son los jugadores de Simeone, que acaban de darnos una lección de valentía en el Camp Nou, capaces de reaccionar en un partido que se puso mal. Son ellos los que se merecen que no dejemos de confiar en ellos".

"Yo lloré. Claro que lloré. Sabía que no iba a volver a tener esa oportunidad"

Ufarte imagina que "el Luis Aragones de entonces sería el Koke de ahora, con más llegada a gol" o que "Garate haría una gran pareja con Diego Costa". Pero en el fútbol de hoy le cuesta encontrar sitio para un futbolista como fue él. "Es más, creo que no hay un jugador así en el actual Atlético: ya no se lleva ese tipo de futbolista. Yo era extremo puro, el clásico futbolista que se pega a la raya de banda, que llega a la línea de fondo y que da el pase de la muerte. Entonces levantaba la cabeza y tiraba el balón hacia atrás donde si no aparecía Garate lo hacia Luis. Y si no era Luis era Irureta. O hasta Adelardo, que llegaba desde atrás". Y todo eso es una diferencia con lo de hoy. "Los extremos ya murieron en el fútbol. Para mí, que lo fui o que me crié en Brasil al lado de Garrincha, es difícil de explicar. Pero el fútbol cambió tanto que lo único que no ha cambiado es el escudo del Atlético. El resto no se parece casi nada".

Hace 40 años, efectivamente, tampoco existía el cholismo, pero en ese Atlético del 'Toto' Lorenzo (Buenos Aires, 1922) sí existían historias tan bellas como la de este hombre, José Armando Ufarte Ventoso. Un niño criado en Pontevedra, al lado del viejo estadio de Pasarón, que a los 12 años marchó a Brasil, donde su padre encontró un trabajo de mecánico; un niño que a los 15 entró a jugar en el Flamengo, un club con 40 millones de seguidores en Brasil, y que, antes de llegar a la final de Bruselas, había sido "suplente de Garrincha en la selección brasileña". Una historia que hoy pertenece a un pasado, sí, al que sólo le faltó fotografiarse al lado de lo que esta semana en Lisboa parece más cerca que nunca: la Copa de Europa. Ufarte no irá, lo verá desde casa, "ya me cansé de viajar", y hasta es posible que se deje invadir por la nostalgia de aquel Waterloo, que cantaba Abba y que entonces, triunfador en Eurovisión, sonaba por todas partes. "Bueno, ya veremos", asiente.