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El testamento de la dinastía Forlán

Abuelo, padre y nieto han ganado la Copa América con Uruguay

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Montevideo es una ciudad difícil, donde la belleza de su bahía no oculta la inseguridad de sus gentes ni las horas de comisaría. Sin embargo, es la única ciudad del mundo que Eduardo Galeano, su escritor más reputado, define como 'un campo de fútbol con casas' y en la que una de sus dinastías, la de los Forlán, abuelo, padre y nieto, han ganado una Copa América. En 1959, 1967 y 2011 respectivamente. Quizá porque pertenecen a un extraño país al que Obdulio Varela convenció en el Mundial de 1950 en Maracana, ante 203.850 espectadores, 'de no mirar para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada'. Y en todo caso el problema pasa cuando no se gana, como recordó Galeano en esas décadas, en las que la nostalgia destrozó a la esperanza para Uruguay. Y eso sí que no parece un buen trato. 'La esperanza exige audacia; la nostalgia no exige nada'.

Diego Forlán (Montevideo, 1979) tenía siete años cuando su abuelo materno Juan Carlos Corazzo murió en 1986. Aquel día falleció un tipo grande, que pasó a la historia como un defensa correcto y un técnico memorable que hizo dos veces a Uruguay campeón de América (1959 y 1967). Diego apenas recuerda nada de lo que le decía su abuelo, un entrenador valiente con un mensaje que definía el corazón de un pueblo. 'Los partidos se ganan con los huevos en la punta de los botines'. Corazzo se lo escuchó decir a Obdulio Varela en un país que adora a ese hombre, porque su declaración descubrió toda la diferencia: 'Sólo tres personas silenciaron Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo'. Y en ese país, 60 años después, continúan pasando cosas raras: los Forlán son el ejemplo.

Los tres familiares directos fueron campeones en 1959, 1967 y 2011

Las cifras siguen sin importar. Se sabe que en Brasil hay 3,5 millones de futbolistas federados y que la población total de Uruguay, cifrada en 3.344.938 habitantes, no llega a tanto. Pero en el césped su selección asalta la Bolsa, quizá porque Uruguay es un país raro, 'en el que la esperanza se levanta varias veces al día'. Y lo dice Eduardo Galeano, que no se cansa de recordar 'el complejo de superioridad de las grandes potencias' ni el fuego de la cancha, 'donde el mundo gira al revés'. Y entonces no importa que la pirámide (2-3-5), que fue la táctica que Corazzo empleó para ganar la Copa de América de 1967, ya no se use. Importa más una charla en un hotel de Buenos Aires, horas antes de la gran final, en la que un padre, Pablo, le recuerda a su hijo, Diego, que todavía se gana como antes: 'No hay que dejarse llevar por la emoción'. Y la victoria sigue sin ser propiedad de nadie.

Pablo, el padre, fue uno de los futbolistas que Corazzo, su futuro suegro, utilizó en la Copa América de 1967. Era un defensa enérgico, de los que pensaba que ser joven y no ser revolucionario era una contradicción casi hasta biológica. Pero en ese torneo fue un actor de reparto, porque sólo jugó 16 minutos, divididos en dos partidos. Diego, en cualquier caso, tampoco sabe mucho de eso. 'Mi viejo no es de estar sentado y empezar a contarnos sus vivencias'. Sí sabe que su padre fue el precursor de lo que sucedió en el Monumental. Diego se acuerda de ir de la mano de su viejo 'a la cancha de Peñarol, sobre todo a los clásicos y a los partidos de la Copa Libertadores' en esa ciudad capaz, como casi ninguna, de elegir sus destinos con la pelota. 'Porque es un poquito raro que a un chico de estas tierras no le guste el fútbol', dice Diego que, curiosamente, tiene el gol que les faltó a sus antepasados. Cuenta la leyenda 'o al menos eso dice mi padre', rememora Diego que entre los 5 y los 12 años superó los 300 goles en las Ligas escolares de Montevideo. Por eso el padre le advirtió que no fuese un intrépido defensa como él. 'Si querés ganar plata, anda a jugar arriba y mete goles, que son los que más plata dan'.

'Se gana con los huevos en la punta de los botines', decía Corazzo, el abuelo

Después, como su abuelo, Diego emigró a la Argentina, donde logró administrar las velocidades de la pelota. Luego, aprendió de sí mismo, de las ovaciones y de los fracasos. Y entonces su padre Pablo ya no tenía casi nada que decir y sí mucho que escuchar. Su abuelo, desde el cielo, prefirió celebrar los goles en silencio y esperar una noche como la del domingo, en el Monumental de Buenos Aires, en la que el cielo dibujó la luna. Y apareció una dinastía sin edad, la de los Forlán, en cuyo testamento siempre figura la misma herencia: la Copa América.