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"Una tormenta en el ecuador es como entrar en el infierno"

Navegante oceánica. Alucinaciones, tormentas, hambre, sed... En el Atlántico ha vivido las aventuras que de niña ni siquiera soñó

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Una feliz paradoja preside la vida de Anna Corbella, esa intrépida navegante que un día de 2009 decidió enfrentarse al Atlántico en solitario, lo surcó desde La Rochelle (Bretaña francesa) hasta Salvador de Bahía y arribó a las costas brasileñas convertida en la primera española en completar la Transat 6.50, un desafío humano frente al piélago. La hazaña aún deja perpleja a la propia Corbella (Barcelona, 1976), una niña que soñaba con ser veterinaria y, cuando lo fue, ya mujer, triunfó convirtiendo en pasión lo que de chica había vivido como un soberano aburrimiento.

Eternas y mareantes se le hacían las travesías a la pequeña Anna cuando papá y mamá cogían el velero familiar, ponían rumbo a Mallorca, destino habitual de veraneo, y el barco decidía pararse en medio del Mediterráneo porque el viento había cesado. La aventura podía prolongarse entonces por más de un día y eso, recuerda ella, era mucho tiempo. 'Me mareaba en el barco y quería llegar a la cala para bañarme y jugar con la colchoneta o plantarme en tierra para estar con los niños de la urbanización', cuenta Corbella que, unos cuantos años más tarde, viviría aventuras durante casi un mes (28 días) sola en el Atlántico.

«De pequeña me mareaba en el barco y sólo quería volver a tierra para jugar»

Pero quién le iba a decir de niña que se convertiría en toda una resistente marina, si el mar y los barcos apenas la divertían cuando un fallo del motor convertía a su padre en grasiento mecánico ocasional o disparaba el velero, a todo trapo por el puerto, para espanto del resto de navegantes, que los saludaban al grito de '¡Estáis locos!'. 'Eran situaciones cómicas', dice la regatista que, por entonces, sólo pensaba en los animalitos y daba la lata para que, además de periquitos, hámsteres y pollitos, le compraran un perro. Tardó en conseguirlo había cumplido los 10 años y la llamó Laika.

Fue todo un acontecimiento, un premio a la niña que brillaba en las asignaturas de ciencias, sufría un mundo con las de letras, practicaba todo tipo de deportes y tocaba el bello piano que ahora preside el salón de la casa de su madre en una escuela 'alternativa' de música. 'Hacíamos conciertos y nos lo pasábamos muy bien', cuenta Corbella que, entretanto, le fue cogiendo el gusto a la vela casi por contagio. 'Mi hermano competía, hacía amigos y se lo pasaba bien, así que me fui introduciendo en el mundillo', explica la navegante.

Ninguna de sus amigas se aventuraba en el mar y a ella nada le parecía más fascinante que aquella ballena que, con 13 años, se encontraron en el Mediterráneo y la hizo soñar con ser veterinaria de mamíferos marinos. 'Recuerdo a mi madre diciendo vámonos, vámonos, que nos romperán el barco', pero para mí aquello era como estar en el National Geographyc', dice Corbella sin abandonar aquel viejo sueño. 'Me gustaría trabajar en un centro de recuperación o en un barco que enseñe los animales en estado salvaje', confiesa con mirada de niña.

«A los 13 años vi una

Tal vez lo haga en el futuro, cuando la navegación vuelva a ser una afición que esquilma los bolsillos así fue durante muchos años y recupere la bata que lucía en Formentera como veterinaria de la isla. 'Aquella fue una gran experiencia. Una vez salvé un gato que tenía un 99% de posibilidades de morirse porque un perro lo había dejado con la tráquea fuera. Se llamaba Albi, resultó ser un cabrón, pero la operación fue emocionante', cuenta Corbella.

Nunca la asustaron las vísceras, gajes del oficio al que accedió tras repetir la selectividad porque en la primera intentona se quedó a 0,02 de la nota de corte. Tampoco esas tormentas brutales que sacuden la zona de convergencia intertropical, en el ecuador del planeta. 'No había visto nubes así de negras y de altas en mi vida. Es horrible, como entrar en el infierno confiesa. Pero miedo, no, otros lo han hecho antes. Dices ¡1, 2, 3, allá voy!, como en el túnel de la bruja'.

Muchas guardias en las urgencias animalísticas, la cara oscura de su pasión veterinaria, le ayudaron a costearse esas aventuras transoceánicas que descubrió en 2002, cuando la vela ya la había atrapado. Y ahora que puede vivir de ellas, piensa seguir aventurándose, aunque su perra Piuleta la mire mal cada vez que la abandona para hacerse a la mar.