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Una venganza con suerte y suspense

Hamilton gana el Mundial en la antepenúltima curva. La victoria de Massa fue insuficiente, ya que el británico acabó quinto. Alonso echa el cierre con un gran segundo puesto y el miércoles anunciará que se queda en Re

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Los enemigos son como la familia. No se eligen. Y Lewis Hamilton tiene muchos, quizás demasiados, en la parrilla de la Fórmula 1. Este domingo, el piloto inglés se vengó después de sufrir lo indecible. Vio crecer la esperanza de un nuevo fiasco, rozó, como en 2007, la frustración, y en la penúltima vuelta del último gran premio de la temporada, alcanzó la quinta posición, lo mínimo que necesitaba para proclamarse el campeón del mundo más joven de la historia.

El inglés lo ha sido con 23 años, nueves meses y 27 días frente a los 24 años, 1 mes y 27 días de Fernando Alonso. Arrebatarle al español, su enemigo número uno, el único y más preciado récord de precocidad es la primera y gran revancha. Una venganza fría tras el festín en caliente que se dio sobre el asfalto de Interlagos.

Con el Mundial perdido, con sus rivales relamiéndose de placer y el box de Ferrari en plena fiesta de celebración del que creían título de Massa, Hamilton alcanzó la gloria en el último suspiro. En el antepenúltimo exactamente. En la decimotercera de las quince curvas de las que consta el trazado y en la vuelta 71ª. Ya no había más opciones. Metros después esperaba la bandera a cuadros que marcaba el final de carrera. El cierre del curso.

El inglés había caído en la trampa urdida por otro de sus más tenaces oponentes, Kubica. El polaco, doblado y sin protagonismo, adelantó a Hamilton, le taponó y, en medio de la distracción, Vettel aceleró y le birló al inglés la quinta posición. La que necesitaba para ser campeón.

Llovía sobre Sao Paulo y la sombra del desastre repetido ennegreció el box de McLaren. Lewis quiso pegarse al Toro Rosso, pero el piloto alemán, poco amigo de favores y de Lewis, no es presa fácil. Impuso un ritmo infernal, imposible para Hamilton, cuyo McLaren serpenteaba desesperado sobre el asfalto. Ron Dennis sudaba, el hermano del piloto se echaba las manos a la cabeza y su padre, el famoso Anthony, ponía cara de póker ante el monitor.

Y de pronto, cuando el asfalto se acababa y el tiempo expiraba, apareció Glock. Otro declarado enemigo de Lewis desde el incidente mantenido por ambos este mismo año en la pista italiana de Monza. El alemán era cuarto, pero no había entrado a cambiar los neumáticos, calzaba gomas de seco y a duras penas lograba mantener su Toyota sobre la pista. Circulaba con extrema lentitud, así que Vettel y Hamilton le pasaron como sendas exhalaciones. Le arrancaron las pegatinas y, segundos después, el inglés cruzó la línea de meta y se supo portador del número 1 en cuanto arranque 2009.

El angustioso final tapó una carrera enorme de Massa, el aspirante que acabó llorando con sus 120.000 desconsolados seguidores, y una discreta actuación del nuevo rey de la F1. El brasileño hizo lo que debía, ganar, con dominio y control absolutos, mientras que el inglés vivió demasiadas vueltas en el alambre, jugando con la arriesgada quinta posición.

La lluvia inicial retrasó la salida, en la que todos cumplieron excepto Kovalainen. El finés rebasó a Alonso, pero el español le devolvió el golpe y Hamilton tuvo que batallar en solitario durante toda la tarde. Cuando la pista se fue secando y los coches entraron a cambiar neumáticos, el inglés regresó a la carrera sexto. Durante cuatro vueltas, hasta que pasó a Fisichella, fue subcampeón. Reinó la calma, pero el regreso del agua retrató a McLaren. El baile de gomas volvió a perjudicar a Hamilton, que pasó de la angustia a la dulce venganza.