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Victoria sin sello

David López desperdicia un penalti y el Valencia gana en Bilbao

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Apareció Zigic, al que sólo se acude cuando no queda otro remedio. No se sabe por qué razón, da igual los entrenadores. Pero casi siempre que sale desordena la casa del enemigo. En cuanto fue expulsado Koikili, el gigante serbio tuvo la orden para salir al césped y la primera vez que la pelota pasó a su lado se salió con lo suya. Atascó a los centrales del Athletic y se la puso a Mathieu como a Felipe II. El lateral, que corría desde atrás, clavó el gol.

Lo hizo en medio de un final enérgico, en el que el Athletic con diez tuvo un penalti para recuperar el empate. Pero David López lo tiró al poste, algo que ya no es una novedad en San Mamés. El día que se marchó Larrazabal el Athletic perdió a su símbolo desde los once metros. Desde entonces, no ha aparecido nadie con esa autoridad, aunque siempre, incluso anoche, quedará el consuelo de Muniain. Aún batallando con lo imposible, él sólo en el área, estuvo a punto de encontrar el empate.

Villa empató con un gran gol, el undécimo en lo que va de Liga

En realidad, Muniain es una bendición de dioses. Salió y lo cambió la fisionomía de la noche. Mide casi veinte centímetros menos que David Navarro. Entre los dos, la fotografía se descompensa totalmente. Pero no todos los futbolistas son esclavos de la fuerza. Aún queda el ingenio, esa habilidad nocturna para cazar las sombras. A los 16 años, Muniain ya no necesita heredarla. A este tipo de futbolistas, que no levantan dos palmos del suelo, también se les acepta en San Mamés.

Dani fue la prueba en el Athletic de los ochenta. Anoche, Muniain apareció en el único rastro que quedaba libre entre César y David Navarro. Sólo llevaba un rato en la hierba. Hasta entonces, el partido era una pena, con muy poca cosa que dibujar en las áreas. Pero sí había algo. Un par de minutos antes de que apareciese Muniain, Villa acaba de equivocarse. Un pase nítido de Marchena le colocó a solas frente a Iraizoz lo que significaba medio gol. Villa, sin embargo, no dejó a su cerebro pensar. Su intuición sacó la vaselina que esperaba el portero. Pero el pasado demuestra que, siempre que Villa perdona la primera, la segunda es gol seguro. Así fue. Sólo hizo falta que Pablo Hernández, que es un elemento inteligente, trasladase el balón a su lado.

La noche recuperó el empate que merecía. Y como se iba agotando el partido ganó la intensidad que no tuvo en la primera parte, en la que no se registró ni el más leve signo de romanticismo. Algo que se puede suponer con la estufa de butano que el Valencia puso en medio campo:

Sólo Muniain revolucionó al Athletic, que hasta se adelanto

Albelda y Marchena. Hace dos semanas jugaron como dioses en Pamplona, pero eso entra dentro de lo excepcional. Lo normal es que pase lo de anoche, que se cansen de esconder la pelota y que derribarlos sea tan costoso como tirar una pared con un destornillador.

Ante tanto músculo, sucumbió el Athletic, que tuvo una tarde confusa. De ahí se marchó Fernando Llorente, lesionado, y De Marcos no produjo ni el espacio ni el músculo suficiente. Tampoco apareció Orbaiz para serenar el ánimo. Ni la claridad de Javi Martínez. Aún menos Yeste, que llegó muy tarde al partido. Sólo en los últimos cinco minutos, con San Mamés enfervorizado en busca del embate. Y Yeste se dedicó a tirar todos los saques a balón parado con la dinamita que eso significa. Y no pasó nada, pero por poco, por muy poco.

Así que el Valencia salió milagrosamente victorioso. Pero lo hizo sin sello. En realidad, es una costumbre en el equipo de Emery, que se ha acostumbrado a ganar así. Y en esos escenarios no debe tardar en reconocerse la importancia de Zigic, que la tiene, y mucha. Aún cuando no es él el que marca los goles. Así que nadie lo olvide: más que un tallo, es una mina de oro.