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Villa sobrevive al caos a base de goles

El asturiano anota los dos tantos del Valencia ante el Málaga (0-2). El conjunto ché se mantiene como líder de Primera 

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Fue un partido sin descaro, sin cabezas pensantes. El balón fue una piedra que podría haber bajado de Sierra Nevada o de Los Alpes. Y lo peor es que los futbolistas, sean buenos o malos, tienen excusa para justificar el tiempo perdido: el césped era una pena. Para atletas de campo a través, todavía. Para futbolistas, no. En Suramérica, la hierba está alta para que la pelota corra menos y se sabe. En Europa, se rasura para que se embale. En Málaga, la capital de la Costa del Sol, no se sabe lo que pasa. O la hierba está de mal genio o los jardineros continúan de vacaciones.

Con ese campo, los futbolistas deberían jugar en pantalón largo para evitar rozaduras y ahorrar en agua oxigenada, porque ya se sabe lo que son las piedras para los tobillos. En Málaga, deberían darse cuenta. Pero los espíritus radicales no han esperado a que bajen las temperaturas para pedir la dimisión de Tapia, el entrenador. Anoche había pancartas desagradables en ese sentido. Así es difícil maniobrar, sobre todo cuando la cuota de talento parece limitada. La zurda de Duda ya está mayor. Y para mantener la casa, no basta con la esperanza que anuncia Barros. De esperanzas sólo viven los poetas.

El partido no debió ganarlo nadie. Pero el Valencia tiene mejores jugadores que el Málaga. Entre Mata y Villa, fabricaron la jugada del primer gol en un ejercicio muy profesional. Es gente que maniobra sin prisa en el área, donde diferencia entre el bien y el mal. Lo contrario de lo que les pasó a Adrián y a Barros cuando tiraron a la basura dos opciones de gol extraordinarias para el Málaga. A los dos les entró entonces un ataque de pánico. Es la diferencia de toda la vida. Los entrenadores quieren que ganen los equipos, pero no es verdad. La mayoría de las veces ganan los futbolistas.

Más allá de eso, la noche estuvo muy quietecita. Tras el gol, la precariedad de medios del Málaga fue la esperada. Ni siquiera fue capaz de gobernar la pelota. Y Salva, que es de sangre caliente, la pagó con el primero que pasó a su lado. Y fue la expulsión más merecida del mundo, claro.