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Los violines regresan a tiempo

La reedición de la final de la Eurocopa precisó más épica

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Esta vez, el gol bajó del cielo. Tampoco tuvo Fernando Torres opción de desafiar la velocidad de Lahm. Ni pisó la hierba un tipo con tan mal genio como el Ballack de entonces. Pero España volvió a Viena, al maravilloso verano de 2008. Lo hizo en la segunda parte cuando llenó a la pelota de motivos y veneno. El fuego se encendió en la bota de Pedro, en sus fabulosos regates por la derecha. Iniesta pidió la jefatura a pie de área, y los alemanes retrocedieron al pasado, a aquella noche en el Ernst Happel de Viena cuando el país entero sintió la necesidad de modernizar su fútbol. Aunque parezca mentira en 90 minutos, aquella vez Frings y Hitzlperger no consiguieron una salida potable para un solo balón.

Hace dos años, España nunca admitió el negocio. Su jefatura empezó desde el primer cuarto de hora cuando Ballack le tiró los tacos a Xavi sin importarle la vida que corriese su tobillo. No fue Ballack. Fue la rabia del perdedor. Pero anoche Alemania tuvo más educación sin la pelota y con ella. Es más, para lo poco que la tuvo sacó peligro. Primero, Klose, al que jamás se le debería quitar el permiso de conducir en el área: la piedad no existe para él.

Y después Trochowski con un zurdazo que sacó lo mejor de Casillas. Así que la noche se despidió al descanso con la duda envalentonada, sin una decisión que nos hiciese fuertes. España tenía la pelota, como en Viena. Incluso, acompañaba a la bella mujer hasta el portal. Pero una vez en el área, el deseo se quedaba huérfano, sin un inocente hombro al que abrazarse. Y en ese territorio despegaba Alemania, las ingeniosas piernas de Özil, las voces contra lo que pasó en Viena y a esa maldita noche sin dentadura.

En la segunda parte, sin embargo, se vivió un cambio descomunal. Fue un ejercicio de decisión, que lideró Pedro. De repente, se saltó todos los semáforos en rojo con la pelota, como hizo Cazorla en Viena. Y, de repente, volvió ese discurso casi imparable, en el que Xabi Alonso reivindicó los poderes de Senna hace dos veranos. Y la noche se llenó de violines. Löw trató de evitarlo al retirar a Boateng de la banda izquierda.

Salió entonces Jensen, que ya tenía la experiencia de lo sucedido en Viena, pero dio igual. El fútbol regresó al pasado. Alemania se divorció, casi definitivamente, de la pelota. Y apareció una de las cosas que faltó en la final de la Eurocopa: el supremo carácter de Iniesta. Entonces fue un buen futbolista, al que no salieron más de la mitad de los regates que intentó. Anoche, fue un futbolista magnífico, que mejoró con la dificultad. Nunca se cansó de jugar al escondite con la pelota. Lo hizo con tanta decisión que pasó por encima de tipos que le sacan la cabeza. Y llegó con voz y voto a la línea de fondo para programar la decisión.

El partido pasó a ser el diluvio, con la épica que no hizo falta en Viena. Hace dos veranos, el gol llegó al amanecer. Esta vez no y, en medio de ese diluvio, Kross sacó una oportunidad que fue dinamita. La duda regresaba, así que era imposible, la noche no tenía la paz de Viena. Pero los misterios son como las heridas. Al final, siempre tienen cura.

Y la cura se solucionó del modo que menos se imaginaba, por los aires, y de la manera que España nunca había probado en este Mundial, a balón parado. Fue la hora de Puyol, que es de esa clase de tipos para los que la vida siempre reserva un momento especial. Ya lo tiene. Ya no sólo es el futbolista de toda la vida, cuya fotografía ha recorrido medio mundo. En su biografía habrá un gol con el que sueñan todos los futbolistas de la tierra.