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Las vuvuzelas indomables

Suráfrica se echa a la calle y convierte el Soccer City en un infierno para los mexicanoS (1-1)

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La pelota no pudo con el ruido. Suráfrica se expresó a través de sus vuvuzelas. México quiso hacerlo desde el balón. No le sirvió tener en tramos del partido más de un 60% de la posesión para ganar. No, esta vez el cuero no pudo con un país entero que no durmió. Que se echó a la calle ya el día anterior. La noche previa la cubrió el estrepitoso manto de esas cornetas que se han convertido en el símbolo de Suráfrica hacia el exterior. No callaron.

La carrera de Tshabalala camino del gol tiene mucho que ver con el significado de las vuvuzelas. Imitan el sonido de los trenes que devolvían a los negros a su reclusión de Soweto, donde se crió Tshabalala, en los tiempos del apartheid. Tshabalala cabalgó como una de esas locomotoras convencido de que había encontrado el raíl del gol. Puso el balón en la escuadra. Fue un golpeo desde el sentimiento; por qué no, desde el corazón de Soweto. La celebración, ese baile armonioso y cadencioso, de cadera dulce y alegre, reafirmó que el Mundial es de África.

Aunque no ganara, el autobús de Suráfrica atravesaría triunfal de noche las calles de Soweto. En el suburbio más representativo de la ciudad, los niños se colgaban de las tapias amarillentas de las casas para ver pasar la caravana de aficionados que trataban de llegar en medio de atascos que estiraron un trayecto de media hora a tres. Un colapso de camisetas amarillas. En las estaciones de tren, en los puentes que atraviesan las autovías.

Una riada que desembocó en el Soccer City. Allí, en esa calabaza que imita las cacerolas que utilizan los nativos para cocinar, se desbordó el sentimiento de todo un país con ese gol. No estaba Mandela en presencia, pero sí en espíritu. Es cierto que el fútbol tiene una vertiente despreciable desde su veta económica.

Pero abajo, lo que se produce en la hierba crea un magnetismo capaz de fundir a dos razas que hasta no hace mucho se odiaban. No se le puede negar al fútbol esa capacidad. Ni tampoco la de realizar sueños imposibles. En esa carrera de Tshabalala está el sueño de un chico salido de un gueto. Sus zancadas hacia el gol son las de la libertad. Todo se lo ha dado el balón y es innegable.

Ni siquera el gol de Márquez acalló las vuvuzelas. Son indomables e ingobernables, como lo eran aquellos deseos de libertad, de igualdad, de poder gritarle al blanco que los tiempos de su bota sobre su cuello se iban a acabar. Mphela tuvo otra cabalgada similar a la de Tshabalala. Allí fue cara a cara con Pérez.

El poste reventó su destino glorioso, pero tampoco apagó las vuvuzelas. Son el motor que mueve a Suráfrica y que la cohesiona como nación en este Mundial. Es su mejor jugador y su mejor seleccionador. Es un ruido que desata un fútbol pasional contra el que tendrán que pelear todos los que se midan a Suráfrica. Ruido orgulloso contra balón.

1. Sudáfrica: Itumeleng Khune, Siboniso Gaxa, Aaron Mokoena, Siphiwe Tshabalala, Katiego Mphela, Steven Pienaar (m.85, Bernard Parker), Teko Modise, Reneilwe Letsholonyane, Kagisho Dikgacoi, Lucas Thwala (m.46, Tsepo Masilela) y Bongani Khumalo.

1. México: Óscar Pérez, Rafael Márquez, Francisco Rodríguez, Ricardo Osorio, Carlos Salcido, Efraín Juárez, Paúl Aguilar (m.52, Andrés Guardado), Gerardo Torrado, Giovani dos Santos, Guillermo Franco (m.73, Javier Hernández) y Carlos Vela (m.67, Cuauhtémoc Blanco).

Goles: 1-0.m.55: Siphiwe Tshabalala. 1-1.m.79: Rafael Márquez.

Árbitro: El uzbeko Ravshan Irmatov. Amonestó a Dikgacoi (m.27), Masilela (m.70), a Juárez (m.18)

Incidencias: Partido inaugural del Mundial 2010. Tercer mundial para Sudáfrica, decimocuarto para México, que abre por quinta ocasión un Mundial. El estadio repleto de amarillo con manchas verdes de mexicanos en una tarde soleada y fresca. El presidente de México, Felipe Calderón fue uno de los 84.490 espectadores.