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Y tras el Mundial, los Juegos Olímpicos

La organización surafricana obvia los problemas y las desigualdades para ponerse un esperanzador notable

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Organizadores y autoridades se echan todas las flores del mundo. 'Nuestra organización de este Mundial histórico en territorio africano reivindica la fuerte convicción del señor Blatter de que éramos capaces de ofrecer con éxito un torneo espectacular', aseguró ayer el presidente de Suráfrica, Jacob Zuma. Tan seguro está de su país que en los últimos días ha dicho en más de una ocasión, tras reunirse con el presidente del Comité Olímpico Internacional, que se está planteando presentar su candidatura a los Juegos de 2020.

'Estamos seguros de que las inversiones que hemos hecho contribuirán a aumentar el turismo, el comercio y la inversión'. Remanentes que servirán al Gobierno, según Zuma, para efectuar 'cambios sociales' que los surafricanos están cansados de esperar. Suráfrica se ha gastado unos 4.000 millones de euros en los últimos siete años para preparar el torneo: estadios, infraestructuras, seguridad y servicios turísticos. Como contrapartida, 130.000 puestos de trabajo creados y un aumento del 0,4% en el Producto Interior Bruto del país este año, dice el Ministerio de Finanzas. Durante el mes del Mundial, además, el número de turistas superó los 370.000, un incremento en torno al 30% con respecto a las mismas fechas del año pasado. Es difícil evaluar si la imagen que a veces ha dado el país, con precios excesivos, graves problemas en el transporte y la consabida falta de seguridad, será convincente para que el boca a boca espolee el necesario turismo.

En 64 partidos ha habido 3.178.856 espectadores, la tercera mayor asistencia tras Estados Unidos 94 y Alemania 2006. La capacidad total de los estadios se ocupó en un 92,9% y en total se vendieron 3.003.479 entradas. Nadie habla, por supuesto, de los enormes agujeros en el sistema de entradas personalizadas que, según había anunciado la FIFA a bombo y platillo, impedirían el fraude. Pese a que no hay porcentajes, la cantidad de espectadores que entraron con entradas revendidas no ha sido nada desdeñable. En la semifinal de España contra Alemania, barras bravas argentinos vendían a precio de ganga las entradas que habían conseguido a través de su federación cegados por el optimismo. El día de la final, revendedores profesionales y policías charlaban amistosamente a las puertas mientras los primeros pedían tres veces el precio de los boletos.

Toda la prensa, hasta la más crítica, se congratula del éxito del Mundial y coincide en que el espíritu de reconciliación de la Copa del Mundo de Rugby de 1995 se ha vuelto a vivir. No ocultan, sin embargo, que quienes más disfrutaron el torneo fueron las capas más altas de la sociedad, debido al elevado precio de las entradas y el transporte para el común de la población.