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Y Nadal se arrodilló

Las lesiones bajan del número uno al balear, elegido mejor deportista español hace un año. El gran inicio de curso comenzó a torcerse en Madrid

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Las lágrimas de Federer tras la final del Abierto de Australia anunciaban el cambio de guardia definitivo, la definitiva sucesión atisbada meses antes en Roland Garros y Wimbledon. Aquel 1 de febrero de 2009, Nadal era el mejor, el número uno indiscutible. Sin embargo, la realidad se mostró tiempo después tozuda. Ni Federer era una figura en retroceso ni Nadal invulnerable. El español, con porte más señorial tras haber añadido mangas a sus camisetas, fue perdiendo fiereza. Aunque todo eso sólo se supo meses después de diciembre de 2008, cuando Rafa fue elegido mejor deportista español del año en la encuesta de Público.

El brazo de hierro del balear dominó el circuito durante el primer tercio de la temporada. Su victoria en Australia será recordada tanto por el llanto de su rival suizo como por la eterna semifinal en la que venció a Verdasco (partido del año para la revista especializada Tennis). Y por ser la primera vez que un español conquista el torneo de Melbourne.

Nadal termina 2009 como número dos del mundo, pero llegó a ser el tres

Tras eso, el éxito siguió de su lado: venció en Indian Wells por segunda vez en su carrera y ganó un Masters 1.000 de rango mayor con historia y estrellas de Hollywood en las gradas. Y de ahí a la tierra a mantener la corona: Montecarlo, Barcelona, Roma... Hasta que llegó a Madrid.

La atmósfera era distinta, su halo invencible se había quebrado y las sonrisas se transformaron en críticas y refunfuños hacia el torneo. Paradójicamente, firmó su última actuación memorable del año en la semifinal frente a Djokovic. El serbio rozó la perfección, pero, como le había ocurrido en la final de Montecarlo, acabó perdiendo ante Nadal, un rival que parecía inalcanzable.

La final de Madrid se barruntaba imposible para el manacorí. Y no por la tan manida altura de la ciudad, ni la pista, ni los angostos vestuarios, sino por un sublime Federer que volvía a llamar a las puertas de la gloria derrotando al que parecía indiscutible número 1 en su casa. Muchos daban por muerto al suizo, que eligió la capital española para resucitar y voltear el curso tenístico de 2009.

Doha, primera cita de 2010 dentro de dos semanas, mide su estado de forma

En Madrid, amaneció el ocaso de Nadal. En aquel momento, las rodillas del español ya dolían en cada carrera y la preo-cupación entre sus técnicos, aunque soterrada y escondida entre sonrisas , era evidente. Las sensaciones eran contradictorias: grandes resultados, sí, pero con físico limitado. La tendinitis de las dos rodillas, una lesión que acompaña a Nadal desde hace tiempo, empezó a dolerle en febrero y desde entonces no hubo momento para la recuperación real.

Con ese panorama llegó mayo y, consecuentemente, Roland Garros. Nadal llevaba cuatro años acudiendo a París y no conocía la derrota, las apuestas no daban dinero por él ya que todo el mundo le veía invencible. Los años anteriores ganó con autoridad y este 2009 estaba cuajando la temporada perfecta. Cualquier cosa que no fuese un éxito absoluto del español significaría la gran sorpresa del año. Y así fue. Eran los octavos de final y al otro lado de la red se atrincheraba el pegador sueco Robin Soderling, un nombre menor que iba a pasar a la historia por acabar con la tiranía de Nadal sobre la tierra.

Entonces, decidió parar y ya nada volvió a ser como antes. Nada sorprendía ya en el entorno del jugador, que pasaba su peor momento. Las rodillas daban otra mala noticia: Nadal no defendería Wimbledon. Renuncia al torneo inglés y pierde el número 1. La vuelta no fue mejor. Desde el retorno, en Canadá, el balear siempre ha estado en las rondas finales, pero se ha visto incapaz de superar a los diez mejores del mundo. Sus declaraciones, casi siempre quejas por el calendario, por los controles antidopaje o por el lugar de la final de la Davis, suenan más que su juego.

La frustración fue constante. Las rodillas mejoraban, pero el juego no

La frustración fue constante. Las rodillas mejoraban, pero el juego no. Una lesión en el abdominal impedía al español sacar con normalidad, los torneos pasaban y siempre faltaba algo para dar el esperado golpe en la mesa. La pelea por la clasificación mundial estaba perdida. Llegó incluso a ser número tres, superado por un Murray que, como él, también empezó el año fuerte y se desinfló en la segunda mitad.

El Abierto de Estados Unidos fue otra piedra en el camino. Del Potro, que posteriormente sería campeón, fue esta vez el verdugo. El Master de Londres, la gran cita final del año, también se unió a la espiral de desdichas de Nadal. Sólo en los últimos días el túnel pareció arrojar alguna luz. La Copa Davis, cuya final se había perdido en 2008 por lesión, terminó en alegría. El manacorí, que ganó el primer partido de la eliminatoria, renunció a los focos y siempre se situó en un segundo plano. La Ensaladera se quedó en casa, pero la recuperación está en el aire. Doha, primera cita de 2010 dentro de dos semanas, medirá el estado de sus rodillas.