Publicado: 15.11.2014 08:59 |Actualizado: 15.11.2014 08:59

Zigmantovich, el futbolista que ni te saludaba

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Desde entonces, lo único que no ha cambiado es la bahía de Santander, que sigue tan maravillosa como siempre. Pero en estos veinte años sus calles cambiaron de personalidad. Aquella era una ciudad en la que encontrar hombres del Este que no fuesen los jugadores del Teka de balonmano o alguno de los tres rusos del Racing era casi imposible. Pero entre ellos hubo uno, Andrei Zigmantovich (Minsk, 1962) que representó mejor que nadie el carácter de la Guerra Fría. "Un soviético de los de la época", explica Walter García, el único periodista que le entrevistó para la radio, en concreto para Onda Cero con un resultado que no olvidará nunca. "Me colgó el teléfono en directo", explica. "Cuando iba a despedirme de él y a darle las gracias, resulta que ya se había marchado". Pero Zigmantovich era así. Un hombre venido de esos países poblados de lagos, mesetas boscosas y deshabitadas que los sentíamos tan lejos. Un hombre que, según Walter, estaba gobernado por su esposa. "Una mujer guapísima que, según la leyenda, lo tenía a raya. No lo dejaba ni moverse. Así que Andrei no se relacionaba con nadie. Me han llegado esta semana Whatsapps de sus vecinos de esa época en los que me dicen que ni siquiera con ellos se relacionaba".

"Parecía un hombre de muchísima más edad de la que tenía, Andrei parecía el padre de 'Aquí no hay quien viva"Zigmantovich vivía en Valdenoja, un barrio recién construido en el que se asomaba a la ventana y veía lo que nunca vio en Minsk: el mar. Pero fue un personaje tan distante que no te hacía participe de sus ilusiones. A lo sumo, nos atrevíamos a imaginarlo con un lingotazo de vodka en la intimidad o jugando al ajedrez con Quique Setién, actual entrenador del Lugo, en los viajes en autocar. Pero era toda información muy aislada acerca de un futbolista que no parecía futbolista. Vestía sin ninguna elegancia, con una cazadora de cuero, que casi siempre era la misma, con un pelo muy descuidado, en el que asomaban las canas sin timidez. "La primera vez que fueron a recogerle al aeropuerto los responsables del club se pensaban que no era él, sino su padre, el padre de Zigmantovich", explica Walter. "Parecía un hombre de muchísima más edad de la que tenía. De hecho, cuando lo vio aparecer el entrenador no se atrevía ni a ponerlo. Se creía que era una broma, porque Andrei parecía el padre de 'Aquí no hay quien viva'".

"Fue el último libero del Racing en un puesto que ya se extinguió"Sin embargo, el tiempo descubrió un futbolista capital. Un hombre que jugaba de libre. En el césped tenía una calculadora en la memoria. Había jugado el Mundial de Italia 90 con la URSS, un año antes de que Bielorrusia declarase su independencia. Así que en su país era un ídolo y todavía lo es como recuerda Walter desde los micrófonos de MixFM. "La pasada semana tuve a Faisulin en el programa y me decía que en Bielorrusia Zigmantovich tiene categoría de héroe nacional". Por eso hoy se sentará en el banquillo para remediar un problema como tantas veces hizo en el Racing jugando de libre. "Fue el último libero del equipo en un puesto que ya se extinguió", insiste Walter que, sin embargo, no tiene nada que reprochar al futbolista. "Jugó de lujo en el Racing. Pero era eso. Jugaba, entrenaba y se marchaba. Era imposible que aprendiese el idioma. No se relacionaba con nadie. No sabíamos siquiera si sabía castellano, porque a lo sumo contestaba con monosílabos".

Ahora es todo un seleccionador nacional, un hombre mayor que perdió esa cintura de avispaVeinte años después, ahora como entrenador, no se sabe la clase de personalidad que defiende Zigmantovich entre sus jugadores. Una pregunta que nos traslada al tipo de futbolista que fue él. Un hombre sin ninguna vocación en el escenario público. No tenía ni teléfono en casa. O eso decían desde el club, donde te recordaban lo obvio. Venía de un país como la URSS que era otro mundo. Entonces no te atrevías ni a soñar que hoy, 20 años después, su campeonato estuviese poblado de futbolistas brasileños. Pero así cambia la vida y quién sabe si Zigmantovich.

En las entrevistas de esta semana, al menos, se le ha visto mirar a la cara. Quizá porque ahora ya no es el jugador que fue, el hombre que no se irritaba ante nada. Ahora, es todo un seleccionador nacional. Un hombre mayor que perdió esa cintura de avispa. Conservó ese bigote raso. Rebajó su melena. Volvió a Minsk que, por lo visto, es una gran metrópoli y apenas se le volvió a ver por Occidente.

Walter García nunca tuvo oportunidad de volver a entrevistarle. Pero jamás se olvidará de él, porque Zigmantovich fue un futbolista inolvidable en el Racing. Tuvo la suerte de pertenecer a otra época. Las nuevas generaciones tal vez ni lo entenderían. Pero Zigmantovich fue así. Un hombre que no se reía ni cuando celebraba los goles y celebró muchos. Jugaba de libre y en el césped tenía una calculadora. Fue uno de los héroes del Racing de Vicente Miera que ganó 5-0 al Barça de Cruyff. Pero aquella madrugada puede que fuese el único futbolista del equipo al que no se vio celebrando la hazaña en Cañadio ni en el Río de la Pila ni en ningún lado de la ciudad. Ganó y desapareció, como siempre, cada vez que lo veías.