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Los grandes especuladores avistan una oleada de fusiones de hasta 7 billones de dólares

Se avecinan grandes operaciones de adquisición de empresas en los mercados. No tiene por qué suceder exclusivamente en este 2017, pero la oleada será intensa y se concentrará en sectores como farmacéuticas,  telecomunicaciones y tecnológicas

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Un broker rabaja en la Bolsa de Nueva York (NYSE) en Manhattan, Nueva York, EE.UU. REUTERS / Stephen Yang

La suerte está echada. Pese al alto riesgo geopolítico y financiero que asola los mercados. Con amenazas de proteccionismo comercial, barreras inversoras, guerra de divisas, altas tensiones prebélicas con Corea del Norte o Siria y una acumulación de conflictos diplomáticos de elevada intensidad como el Brexit duro que pretende activar Theresa May si consigue un amplio triunfo en las elecciones británicas del próximo 8 de junio.

Aun así, los grandes inversores internacionales, los hegde funds, han activado toda su capacidad de convicción y aconsejan a sus clientes, generalmente altos patrimonios, que 2017 marcará el pistoletazo de salida de una suculenta oleada de fusiones y adquisiciones (Mergers and Acquisitions, M&A) que, en valor real (es decir, desembolsos efectivos, por lo general, sumas mucho más elevadas que lo que registran, a priori, los libros contables de las corporaciones llamadas a protagonizar estas operaciones), podría rebasar los 7 billones de dólares.

Una cifra equivalente al PIB conjunto de Japón y Reino Unido, a precios actuales de mercado. Según datos que maneja la agencia Bloomberg sobre operaciones en curso o en negociación y que anticipan que las transacciones serán “de mayor dimensión y más caras” que nunca.

Más de la mitad de este maná inversor lo auspiciará el sector privado estadounidense. Las M&A siempre han sido el gran señuelo inversor de la globalización.

Los negocios con cada vez más activos intangibles, en una era digitalizada, con interconexión planetaria, han impulsado las mega-fusiones de las últimas décadas.

Con independencia del tinte ideológico de gobiernos, tanto en EEUU como en Europa o Japón, cuyos mercados han protagonizado la mayor parte de estas integraciones empresariales, o las grandes potencias emergentes, que se han apuntado a este boom para ganar tamaño corporativo.

El gran combustible para las fusiones ha sido la  tasa de refinanciación de las deudas del sector privado global, de más de 6,6 billones de dólares, casi la mitad adquirida por los grandes bancos centrales

Entre las razones de peso que los hegde funds encuentran para proclamar estos rallies alcistas sobresale, en especial, una. El sector privado global ha conseguido refinanciar sus elevadas deudas hasta cotas desconocidas desde 2006, su ejercicio récord, superiores a los 6,6 billones de dólares, tal y como alerta Dealogia, institución de investigación especializada en este tipo de estadísticas.

Al calor de los bajos tipos de interés de los principales bancos centrales; sobre todo, de EEUU (Fed), Europa (BCE) y Japón (BoJ). Unas políticas monetarias laxas y simultáneas desde casi el comienzo de la crisis que han facilitado colocaciones de deuda corporativa a mansalva.

Y la segunda, asociada a la anterior, el billón de dólares que las autoridades bancarias de los países industrializados (también Reino Unido, Canadá y Australia, entre otros), han incorporado a sus balances como activos financieros en el último año procedentes de sus programas de compra de deuda soberana o empresarial.

Así, al menos, lo reconoce abiertamente Michael Hartnett, estratega jefe de Bank of America Merrill Lynch, en una reciente nota de este banco de inversión. Aunque, en conjunto, han adquirido más de 3,6 billones en el último decenio. O lo que es lo mismo.

Placa del banco de inversión americano Merril Lynch. REUTERS/Michael Buholzer

Desde el comienzo del tsunami financiero de 2008. Este lavado de cara financiero ha sido intenso. Petrobrás, con casi 100.000 millones de deuda asumida por el Banco Central de Brasil, encabeza este lifting. Seguido de Sinopec, Walgreens Boots, AT&T y Petrochina, en una lista en la que también copan los primeros lugares firmas como Shell, Wal-Mart, Verizon, Fedex, Deutsche Telekom o BP.

Sólo en el sector tecnológico, más concretamente, en la industria del software, los hedge funds preparan un cheque inminente de 1.400 millones de dólares. Para los próximos meses. “El tipo de compañías que buscan adquirir divisiones de software se han propagado recientemente”, asegura un análisis de Praesidium Investment Management, con el 40% de su cartera de clientes vinculado a firmas informáticas.

“Creemos que se acaba de iniciar una oleada de M&A de largo alcance que será mucho más intensa que en cualquier otro periodo del pasado”, admiten dos de sus principales gestores, Kevin Oram y Peter Uddo, que también recuerdan que compañías tecnológicas como Cisco, Google o, incluso, Microsoft, que no compraron especialmente firmas de software en los años recientes, se muestran ahora muy impacientes por comprar este tipo de activos”.

De igual forma, grupos industriales como General Electric, Siemens o Honeywell ven en esta tendencia un clima adecuado para vender el software que sus clientes empresariales han venido utilizando para controlar, analizar y prestar servicios a sus proveedores, precisan.

Bancos de inversión, firmas de capital riesgo y hedge funds señalan a los sectores de la Salud y farmacéuticas, las Telecomunicaciones y las Tecnológicas y Medios de Comunicación entre los más activos en fusiones

El pasado ejercicio, según un estudio de JP Morgan, ya dejó señales nítidas de que se avecina una nueva era de bonanza. Por ejemplo, que las empresas, de manera global, acumularan más de 6 billones de dólares de reservas financieras; sobre todo, las firmas relacionadas con la Salud -entre las que se encuentran la farmacéuticas-, Telecomunicaciones y las Tecnológicas y Medios de Comunicación.

En línea con los cálculos estadísticos del Instituto para Fusiones, Adquisiciones y Alianzas (IMAA), que contabilizó, en 2015, más de 44.000 transacciones empresariales, por valor de 4,1 billones de dólares, lo que supone un incremento de operaciones del 2,7% y de valor del 16% respecto al año precedente. De entre estas fusiones, destacan la compra, por parte de AT&T, de Time Warner, completada en 2016, por 85.410 millones de dólares; la novena más cara de la historia y la de SABMiller por Anheuser-Busch, por 101.100 millones (sexta) -pendiente del desembolso de otros 109.280 millones-, aunque todavía lejos de la gran megafusión de 1999, cuando Vodafone adquirió Mannesmann por 202.790 millones de dólares. Hernan Cristerna, estratega de fusiones globales de JP Morgan, afirma que en 2016 el 62% de los procesos de absorción de empresas fueron pagados en cash, ocho puntos más que en 2015, lo que revela la recuperación de liquidez de los emporios privados, con China como protagonista de las compras en EEUU y las compañías europeas y del Golfo Pérsico como los motores de este dinamismo.

Dos  mujeres pasean delante del edificio de Lehman Brothers en Nueva York, Estados Unidos. REUTERS/Lucas Jackson

A su juicio, en 2017 esta actividad se incrementará. Hasta el punto de que, sólo los hedge funds y el capital riesgo gestionarán casi un billón de dólares; en concreto, una cartera de 822.000 millones de dólares. Al calor, también, de los reducidos costes de transacción por los, todavía, bajos tipos de interés. Y en unos tiempos en los que valores refugio como el oro o el franco suizo, han perdido credibilidad, debido a la elevada volatilidad cambiaría generada por la dubitativa política de retorno al dólar fuerte que intenta instaurar la Casa Blanca.

En parecidos términos se manifiestan Cristina Ferrer y Andy West, analistas de la consultora McKinsey, para quien las compañías globales “han recobrado el aliento” en 2016 después de un largo periodo de hibernación, de casi diez años. Esta nueva oleada, con cambios regulatorios hacia un nivel de requerimientos y exigencias a los grandes sectores e industrias más laxos, si triunfan las tesis liberalizadoras de Donald Trump en EEUU parece que vuelve a asumir, sin tapujos, el viejo aforismo de que el mercado siempre tiene razón.

Un teorema que adoptaron banqueros centrales e instituciones reguladoras al unísono en los años que precedieron a la demoledora crisis de 2008. En sintonía con los mensajes de Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, de que los precios bursátiles son el mejor juicio del valor real de las acciones corporativas.

O que la formación de burbujas especulativas era muy improbable que sucedieran en las bolsas y que, en todo caso, los actores del sector financiero tenían la suficiente sabiduría y autocontrol como para limitar sus riesgos.

Gracias, en exclusiva, a las equilibradas presiones del libre mercado. Cuando precisamente, el error en el cálculo y en la predicción del valor del riesgo inversor fue uno de los factores determinantes del estallido del tsunami financiero que surgió tras la quiebra de Lehman Brothers.

Pese a que el propio Greenspan, Robert Rubin (secretario del Tesoro) y Arthur Levitt (entonces presidente de la Securities and Exchange Commission, SEC) miraron, todos y al unísono, para otro lado cuando Brooksley Born, responsable de la Commodities Future Trading Commission (CFTC), les previno unos años antes de 2008 sobre la necesidad de regular los sobrevalorados productos derivados, estructurados y swaps, ya bajo el doble mandato de Clinton, en la década de los noventa.