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En 20 días, el dinero se acaba

María, Josefa, Olena y Javier explican cómo es sobrevivir con la mínima subvención que reciben de las autonomías donde viven

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María Alcaraz tiene 22 años y un hijo de 19 meses al que mantener. Desde hace un año sobrevive gracias a la Renta Mínima de Inserción (RMI) de 488, 22 euros mensuales que recibe de la Comunidad de Madrid. Afortunadamente, explica, vive en casa de sus padres, un jubilado y una ama de casa. El padre del niño, en la cárcel por maltrato, no le pasa ni un euro.

'Sobrevivo como puedo, siempre haciendo cuentas', explica. Su hijo, un bebé rollizo y rubio que ha heredado los ojos verdes y enormes de su madre, requiere pañales, papillas y 'todos los cuidados, caros, que necesita un bebé', destaca. Así que el dinero dura lo que dura. 'En 20 días se ha agotado', confiesa. El resto del mes sobrevive con lo que le pueden dejar sus padres, que también viven con el agua al cuello.

María (22 años): 'Yo no hubiera imaginado nunca verme en estas'

María es de El Pozo, uno de los barrios más pobres de Madrid, formado por bloques de viviendas de protección oficial. La inmensa mayoría de sus vecinos no lograría llegar a fin de mes si no fuera porque pagan por su vivienda unos 30 euros al mes.

Cuando María consiguió su primer trabajo, como dependienta en una zapatería, decidió emanciparse. Afortunadamente, sus tíos tenían un piso vacío y se lo dejaron. Fue entonces cuando conoció al padre de su hijo. Al poco tiempo él se fue a vivir con ella.

Javier (19 años): 'Desde que a los 16 dejé de estudiar no encuentro trabajo'

Pero el trabajo sólo le duró a María medio año. 'Bajaron las ventas y tuvieron que despedir a gente. Yo era la que menos tiempo llevaba, les salía más barata', prosigue. Su contrato era de formación y no le correspondió cobrar el subsidio por desempleo. Su pareja, también sin trabajo, sí cobraba el paro, así que continuaron en el piso de los tíos de María y ella se quedó embarazada.

A la crisis económica que entonces emergía se sumó una tormenta con su pareja. 'Me maltrataba, me amenazaba... Un día me hizo un corte en la pierna, estando yo embarazada', sube la intensidad de su voz mientras traza una línea desde su muslo hasta su rodilla izquierda. Cuando su bebé cumplió dos meses, María dijo basta. 'Llegó un momento que o me mataba o le mataba yo a él. No podía más', confiesa. María le denunció y fue condenado. Pero tras unos meses en prisión, a su salida, el agresor quebró la orden de alejamiento. Afortunadamente, relata esta chica, la Policía le volvió a detener y hoy sigue en prisión.

La joven lucha cada día por olvidar ese episodio y salir adelante. 'Yo nunca hubiera imaginado verme en estas', confiesa. Asegura que no hay forma de encontrar trabajo. '¿A mí qué me gustaría? Pues salir de casa de mis padres, tener mi trabajo, criar a mi hijo y vivir', cuenta. Pero, tal y como están las cosas, ve lejano ese momento. Menuda y expresiva, María explica que su cabeza no para de darle vueltas a su situación: 'A veces, una piensa que se va a volver loca'. Por eso, de vez en cuando baja a despejarse al bar de enfrente de su casa, donde el propietario le sirve gratis una cerveza con limón y escucha sus penas.

El apoyo de la familia es clave en la subsistencia de estas personas

Raro es el vecino de El Pozo que no conozca a nadie que esté cobrando la renta básica. Sentado en un banco, en una de las numerosas plazuelas escondidas entre los bloques de viviendas, Javier, de 19 años, mira cabizbajo al bebé de dos meses que duerme en un carrito. Es su hijo. La madre, de 16 años, está estudiando en casa. 'Quiere acabar los estudios', explica. Hace tres semanas que pidió 'el remi' (por sus siglas) y le han dicho que hasta dentro de al menos cuatro meses no sabrá si le dan la ayuda o no. Mientras, Javier, que pide que no se publique su apellido, vive en casa de su joven novia, con sus suegros. 'A los 16 dejé de estudiar y empecé a buscar trabajo; me di de alta en la bolsa del paro, pero nada, no hay forma', explica de forma pausada con una mirada triste que sólo mira al suelo.

El apoyo de la red familiar está siendo clave en la subsistencia de quienes viven en el umbral de la pobreza. Padres, hermanos, hijos que impiden que la crisis ahogue a sus seres queridos. Lo que nadie sabe predecir es hasta cuándo, alertan los expertos.

Con 22 años, Josefa Amaya, a la que todos llaman Morena, también sobrevive con 488 euros al mes. Cuando se separó de su marido, hace dos años, y se quedó con su hija, de cuatro años, sus suegros le cedieron su casa, donde ya vivían sus cuñados. 'Mis suegros viven en una parcela', explica la joven, morena y delgadísima que dice que quiere para su hija lo que ella no tuvo. Morena se casó a los 16 años. 'Nunca trabajé y cuando ahora lo intento, me dicen que no tengo experiencia. Además, soy gitana, y eso pues marca', asegura. Teme que esta situación se alargue.

En l'Hospitalet de Llobregat (Barcelona), Olena Kovalchuk, licenciada en Historia de 33 años, aún recuerda cuando daba clases en una escuela de Ucrania. En su país las cosas no iban bien y hace seis años y medio vino a España. Lo que ha encontrado aquí aún es peor, confiesa. Vive en un piso tutelado con su hija de cinco años y cobra 703 euros de renta mínima de inserción.

Aún así, expresa jovialidad cuando a través del teléfono explica que nunca llegó a cotizar por los trabajos que ha desempeñado en España y que el padre de su hija la maltrataba. Pese a su formación, no le está siendo fácil encontrar trabajo, y eso que cuenta con el apoyo de Drecera, una cooperativa miembro de la Federación de Entidades de Atención a la Infancia y la Adolescencia (FEDAIA). Olena está preocupada porque el pasado julio la Generalitat de Catalunya no le pagó el subsidio. 'Me han dicho que me pagarán a partir del 15 de septiembre, pero tengo miedo. No sé cómo sobreviviré', confiesa. 'No tengo familia aquí', expone.