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23-F: Las teorías que siguieron a las balas

El oscurantismo ha alimentado tres décadas de relatos sobre el intento de golpe de estado. Varios expertos encaran de forma crítica las ya tradicionales tesis sobre los beneficiarios de la asonada militar 

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El rastro de las balas en la bóveda del hemiciclo y en las paredes de la tribuna de medios se mantiene intacto, inamovible, como prueba fehaciente de lo ocurrido en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981. La intentona golpista del grupo de militares encabezados por el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, dejó otras huellas que sí han sido permeables con el paso del tiempo. Se han construido multitud de relatos que han tratado de aportar luz sobre unos hechos para los que ni siquiera hoy, 30 años después, parece que vaya a perfilarse una sola verdad que ponga fin a tres décadas de teorías hechas de luces y sombras.

Un hilo conductor hilvana los supuestos que defienden algunos politólogos, críticos con la idea de que instituciones como la monarquía o los partidos políticos vieran reforzada su legitimidad de cara a la opinión pública tras la asonada militar. "Que el rey se presente como el defensor de la democracia parte más de la narrativa que de los hechos, dando lugar a interpretaciones sesgadas", sostiene el profesor de Ciencia Política de la UCM, Pablo Iglesias Turrión.

La lectura que se ha hecho sobre el fortalecimiento de la democracia gracias al efecto del 23-F también es puesta en entredicho por algunos analistas, como el catedrático de Políticas Públicas de la Pompeu Fabra, Vicenç Navarro.  "El intento de golpe militar no reforzó la democracia española, al contrario. El gesto de desacuerdo del monarca hacia el presidente elegido —Suárez— era una expresión antidemocrática", indica.

"En una democracia el rey no puede ni expresar su desacuerdo ni admitir comportamientos antidemocráticos entre sus asesores", sostiene Navarro para recordar que el rey había expresado abiertamente sus críticas al presidente Suárez y era también consciente de las visitas y encuentros de sus colaboradores,  con lo cual "dio pie a toda una serie de conspiraciones que concluyeron con el intento de golpe militar".

El politólogo Ariel Jerez Novara también adopta la tesis de que el 23-F no fortaleció el actual sistema político y añade otro elemento que incide en la existencia de un contexto anterior que vigorizó las dinámicas democráticas: las grandes manifestaciones populares de finales de la década de los 70. "La agitación que generaron las fuerzas de la izquierda, como el movimiento vecinal, el estudiantil, etc, está en la base de todo y fue lo que propició que la élite franquista se desarrollara hacia la democracia sin el uso de la fuerza", explica.

"Las bases estadounidenses de Rota y Morón se pusieron en alerta y una flota se desplegó frente a la costa de Valencia"

Uno de los efectos del 23-F fue el que contribuyó a fomentar los temores. Navarro explica que en España "no se ha resuelto el constante miedo que existe en las instituciones hacia las estructuras e instituciones heredadas del régimen anterior y que incluyen desde las fuerzas armadas a los tribunales de justicia". El catedrático de Políticas Públicas evidencia la resistencia a juzgar los crímenes de la dictadura como ejemplo del miedo.   

Por otro lado, la intención de volver a un régimen militar no parecía que estuviese entre los objetivos que buscaba el golpe, según algunos autores. "Observando la postura de la banca y del capitalismo español, que tendían a la integración europea, parece difícil pensar que los sectores más conservadores pretendieran volver a una dictadura militar", indica Iglesias, quien sí admite la existencia de ciertos sectores que aspiraban a limitar los avances democráticos del país: "Algo que sí consiguieron y que se comprueba en la escasez de personas procesadas por el intento de golpe de estado y el poco tiempo que pasaron en prisión".

Otra prueba de esta tesis es la que evidencia Navarro al señalar algunas de las decisiones que se adoptaron después, tales como "acentuar el centralismo del Estado", algo en lo que influyó el temor que tenían las instituciones democráticas sobre la actitud de las fuerzas armadas.

Hacia los autores intelectuales de la intentona golpista apunta el periodista Alfredo Grimaldos en un ensayo sobre el papel que jugó la CIA en connivencia con el CESID (actual CNI) en el 23-F.

El autor de La CIA en España (2006), sostiene que los servicios de inteligencia estadounidenses estaban al tanto de las intenciones de los militares pero no les interesaba mover ficha a favor de los demócratas. "Adolfo Suárez se había convertido en un personaje molesto para la administración Reagan, pero advirtieron al comandante José Luis Cortina, del CESID, sobre la intención de los Estados Unidos de mantenerse neutrales". Los hechos, en cambio, tal y como narra Grimaldos, fueron contradictorios. "En las horas que duró la ocupación del Congreso por parte de los militares, los norteamericanos dispusieron de su equipo bélico de las bases de Rota y Morón en alerta y la Sexta Flota se instaló frente a las playas de Valencia en misión de 'vigilancia mediterránea'". Las razones de estas maniobras no se llegaron a explicar nunca. 

Navarro, en cambio, no da rédito a estas teorías ya que a su juicio la CIA "es una agencia bastante impotente e ineficaz" y considera lejana la posibilidad de que estimulara el golpe. "El Departamento de Estado de Estados Unidos sabía de la posibilidad de un golpe militar pues era ampliamente conocida la existencia de grupos muy desafectados con la democracia en el Ejército".

La confluencia de muchos golpes en uno solo es otro de los relatos sobre los que se construyen las otras realidades en torno al 23-F. Teorías, no obstante, difíciles de trazar por la "clandestinidad" con la que se operó.  Un oscurantismo que para Jerez Novara es fruto de la "ausencia de cultura institucional" que tenía España en ese momento. 

"Muchos ciudadanos quemaron papeles, prueba de que la derecha en este país aún podía volver a enseñar los dientes"

El crisol de golpes de estado afectó en primera instancia el rey, según el relato de Grimaldos, una idea que también recoge el periodista Jesús Palacios en El rey y su secreto (2010). Todo pudo haber girado en torno al monarca y en ello podría estar la explicación del tiempo que tardó Juan Carlos I en lanzar el mensaje televisado que puso fin a la tensa espera. Para Grimaldos, la confluencia de golpes hizo que cuajara por inercia el de los militares bajo las órdenes de Tejero. "El rey no sabía a qué corriente golpista se estaba enfrentando, si a una que iba contra él o a la que estaba de su lado", señala. 

Por su parte, Pablo Iglesias sostiene que frente a la tesis que defiende la convergencia de muchos golpes en uno sólo que "nos vacunó" de otros, "lo que sí existía era un estado de opinión de sectores vinculados a las oligarquías del franquismo que tenían que ver con la Iglesia, con los militares o con sectores económicos que pudieron temer una pérdida de sus privilegios".

Asociar el intento golpista a un estado de opinión es deducible, a juicio del profesor de Ciencia Política, a partir de hechos posteriores como el miedo que pasó mucha gente de las organizaciones de izquierda. "Muchos ciudadanos quemaron papeles o rompieron carnés, prueba de que la derecha en este país aún podía volver a enseñar los dientes en cualquier momento".

Como el eco de los 37 disparos que agujerearon el salón de plenos del Congreso, los relatos edificados en torno al 23-F seguirán resonando a consecuencia de la clandestinidad con la que se gestionaron los acontecimientos. Tal y como recuerda Vicenç Navarro, "en una sociedad democrática se hubiera creado una Comisión Parlamentaria para analizar tales hechos", algo que nunca sucedió.